Nadie quiere vivir en una casa llena de remiendos. El proceso es simple, una gotera aquí, una grieta acá, un muro defectuoso, en algún momento el remiendo, la reparación se hace necesaria.
Pero nadie quiere que el remiendo sea visto. Generalmente gastamos mucho con la estética final de la casa. El remiendo es entonces siempre hecho de tal manera que podamos -en algún momento- cubrirlo de tal forma que parezca que la casa nunca tuvo grietas.
En la vida personal también es así. No queremos que nadie perciba nuestros remiendos. Básicamente queremos aparentar perfección y no errores estructurales, grietas en el carácter, o simples imperfecciones o goteras en la vida espiritual.
El anhelar ser como Dios es bueno, aparentar la perfección de él no tanto.
Sucede que en nuestra vida, las reparaciones estructurales (las esenciales) sólo pueden ser hechas por el propio creador. Por supuesto que al tratarse del creador, la reparación de él va a ser el mejor de todos los arreglos que puedan ser hechos.
Pero aquí entre nosotros, si la reparación es una acción de Dios,¿no sería interesante que sea vista? ¿No es por acaso fruto de su gracia? ¿No es justamente allí que reside su gloria en mostrar que es posible restaurar el caído? ¿No es exactamente esto lo que el mundo necesita ver? ¿O sea, la acción de Dios restaurando lo que el Pecado ha estropeado?
Entonces, tal vez sea mejor vivir en una casa remendada por el Señor que una construida por nosotros mismos sólo para que quien pasa por afuera admirar.