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Acerca de Esteban D. Dortta

Esteban es pastor evangélico. Cursó teologia en el Seminário Teológico Bautista del Uruguay entre 1991 y 1994. Nacido en 1971, vive en Brasil desde 1995. Entiende que las libertades de pensamiento, expresión y reunião son esenciales al desarrollo no apenas cristiano mas de la sociedad completa.

Yo, Jonás

Y de repente, todo se oscureció.

El ruido ensordecedor de las olas desapareció. El viento frío, los gritos de los hombres, la cubierta bajo mis pies — todo se esfumó. Primero vino el agua. Luego, una oscuridad tan completa que ya no sabía dónde terminaba mi cuerpo y comenzaba lo que me rodeaba.

Había sonidos. Pocos. Extraños. Sonidos que no sabía identificar.

Intenté gritar.

Nadie respondió.

Entonces me di cuenta de algo aún más incomprensible: estaba vivo.

Todo lo que sabía sobre el mar me decía que, a estas alturas, debería estar muerto. Bien muerto. Pero no lo estaba.

Tal vez lo supiera porque aún sentía la ropa empapada pegada al cuerpo. Tal vez por el miedo. Tal vez porque imaginamos que los muertos no sientan soledad. ¿O sí sienten?

No sé. Nada más hace sentido.

Solo sé que estaba vivo y no tenía cómo explicar eso.

Entonces me arrodillé como pude. Me incliné ante mi creador. Y oré.

No como esa repetición litúrgica y vacía que conocía de memoria. Sino con el corazón. Con todo mi ser.

Lloré. Supliqué. Clamé por la misericordia de aquel que vive por siempre. Porque además de vivo, me sentía expulsado de su presencia. No había cómo ir más profundo. Más lejos.

Entonces desde allí, decidí hacer lo obvio: volver mi mirada hacia el Creador. En la oscuridad. En el silencio. Sin nada más que mi voz. Me volví con todo y con nada al mismo tiempo hacia mi Creador.

Fueron días así.

Y por más que no podía ir más profundo ni más lejos, aun así, la angustia subía y lo llenaba todo. Y yo oraba. Y era arrebatado por su misericordia. Su compasión era tan palpable como la oscuridad que me rodeaba.

Y llegué a conocer otro tipo de paz. En oscuridad. En angustia. En paz. No tenía yo cómo revertir mi situación. Pero la paz de mi Creador estaba ahí. Y yo la disfrutaba.

Tan repentinamente como entré en esta situación, fui devuelto a tierra firme.

Nunca el sol me pareció tan radiante ni el cielo tan azul.

Las palabras de Job no salían de mi cabeza: «Yo sé que mi Redentor vive». El hecho de que yo estuviera vivo era — para mí, en ese momento — la prueba de que mi Creador estaba vivo y era misericordioso. Sí, si había algo que sabía de antes, pero ahora lo había experimentado, era su misericordia.

Si había sido lanzado a las profundidades del mar no era sino por mi negligencia, por mi desatino, por mi desobediencia, por mi confrontación con aquel que me había llamado para ir a la ciudad grande.

Y allí estaba yo en la playa. Solo. Mis pensamientos y yo. Solo. Solo disfrutando la bendición de poder ver.

Sin embargo, también podía oír. Entonces él me llamó de nuevo. Lo mismo que semanas atrás: «Ve a la gran ciudad de Nínive y predica contra ella el mensaje que te daré».

Nínive era una ciudad importante. La economía de la región pasaba por allí. Y era enorme. Tres días eran necesarios para poder atravesarla.

Me acerqué por un camino que pasaba por una pequeña colina antes de entrar a la ciudad a la distancia. Me senté para observarla. Era realmente grande. Enorme. Y con un movimiento de gente que no había visto antes.

Entonces obedecí al Creador. Mensaje simple: «de aquí a cuarenta días Nínive será destruida«. Sin muchas explicaciones. Sin mayores frases que esa. La destrucción de la ciudad estaba decretada. La fecha de la ejecución de su pena ya estaba prescrita. Y yo ya sabía que no se arrepentirían. Entonces, ¿para qué alargar el mensaje? Una frase simple y directa bastaba.

Y ahí sucedió algo que no entendía. O tal vez, sí entendía pero me negaba a aceptar.

¿Cómo era posible que este pueblo se detuviera y se arrepintiera con una frase tan simple? Es verdad que sus pecados estaban escandalosamente visibles. Pero ¿ellos lograban llegar a ese nivel de reconocimiento? ¡No lo creía! ¿Cómo así que se arrepentían?

Y peor, no fue algo que vino de arriba hacia abajo. Primero fueron las personas comunes. Los obreros. Los mercaderes. Todas las personas, desde las más importantes hasta las más sencillas proclamaban ayuno en cuanto el mensaje iba llegando.

Era increíble. Y mirá que de los tres días que necesitaba para recorrer la ciudad, apenas hice el primero de ellos.

Las noticias llegaron al Rey.

Yo, embrutecido como estaba, dije: listo, ahora sí va a llegar quien ponga orden en todo esto y la ciudad vuelva a ser lo que era y así podrá ser destruida como lo merece. Porque, gente, si había alguien que merecía ser destruido era este pueblo. ¡Oh sí! ¡Cómo lo merecían! Hasta Dios estaba de acuerdo conmigo. ¿No fue para eso que me llamó?

Pero no. El rey proclamó ayuno. Y no era poca cosa no. Todo ser vivo debía hacer ayuno. Las vestiduras lindas, suaves y vistosas debían ser cambiadas por otras toscas de tejido grueso que lastimaban la piel.

Más allá de eso, ordenó que se abandonara la violencia y los malos caminos. Eso sí confirmaba mi tesis. Hasta el rey de la ciudad no solo sabía de la barbaridad en que vivía Nínive, él era cómplice y ahora… ¿y ahora? ¡Ahora él también se arrepentía y con él toda la ciudad!

¡Ahh qué rabia! ¡Qué dolor en la boca del estómago! ¡Qué sabor amargo en mi boca!

¿Cómo así que el rey también se arrepentia? Ah no, no quería ni ver lo que el Creador iba a hacer. Yo lo conocía.

Ese corazón blando suyo. Te voy a contar.

Furioso quedé.

Estaba tan rabioso y embrutecido que busqué un lugar solitario para orar. Y le dije: «¿Ves? ¡Es por eso que no quería venir! ¿Te acordás cuando estaba tranquilo en casa? Entonces, fue exactamente por eso que decidí huir a Tarsis. Y vos lo sabés muy bien. Yo te conozco. Sé de ese tu corazón propenso a perdonar. Sé que prometés castigar, pero después cambiás de idea. ¡Estoy harto de todo esto! ¡Matame! Dale. Basta. Arrancá mi vida. ¡No puede ser peor que vivir!»

Tenía mucho más que decirle. Pero la rabia me dejaba ciego, tartamudo, confundido.

Todo bien que él usara de misericordia conmigo y me rescatara de dentro de ese pez enorme en el fondo del mar. Pero ¿a estos de acá? ¿Qué tipo de broma bizarra es esta?

No podía decir nada más. Un nudo en la garganta se me formó. Las lágrimas rodaban de mis ojos. No podía creer una cosa así. Mejor dicho, no podía aceptar porque yo lo conocía. Sabía que él era así.

Entonces, escuché nítidamente su voz. No la había oído en el gran pez. Pero ahora ahí estaba esa voz suave suya de nuevo. Él me preguntó: «¿Tenés alguna razón para esta furia?»

Lo dejé sin respuesta. Preferí dejarlo ahí sin decirle siquiera una frase. No lo merecía. Una vez más me había decepcionado. Y no porque — insisto — no lo conociera. Sino porque yo esperaba que su justicia sobresaliera esta vez en lugar de su misericordia.

Todo bien que él sea misericordioso con los de su pueblo elegido, pero ¿con estos? Broma. Solo podía ser broma.

Opté por hacerle el vacío.

Entonces terminé de atravesar la ciudad. Me senté a distancia y en lo alto. Hice un tapial para evitar un poco el viento seco mientras aguardaba lo que — de hecho — iba a pasar con la ciudad. Por un lado guardaba esperanza de que el arrepentimiento de ellos fuera pura farsa. Y por el otro esperaba que el Creador destruyera todo como había prometido.

Y esperé.

Entonces mi Creador, en su misericordia, hizo brotar una planta para que el sol no pegara tan fuerte en mi cabeza. Oh cómo me alegré. Sí, podía unirme a Job y decir una vez más «yo sé que mi redentor vive». Él me cuidaba. Él me sostenía. Con toda certeza él me amaba.

Fui a dormir tranquilo. En la dulce esperanza de que el juicio del Creador se abatiera sobre la ciudad de una vez por todas. Al final de cuentas, Dios había mostrado su bondad para conmigo. Mañana podría ser el día de mostrar el juicio sobre estos otros.

Al otro día desperté y vi que una oruga había acabado con la planta y esta se había secado. Furioso quedé. Pero estaba naciendo el sol y junto con él se formó un viento fuerte, seco, caliente. El día prometía.

¡Quién sabe y esto todo no era parte de la destrucción que Dios estaba trayendo sobre esta gentuza! ¡Quién sabe y no iba yo a poder asistir de palco todo lo que iba a venir! Si el día comenzaba así, ¿qué sería para el mediodía?

Pero el calor no paraba de aumentar. Y la ciudad parecía continuar normal. Mis ojos dejaron de distinguir la realidad de la imaginación. Y me sentía casi desmayando.

Llegué a la conclusión de que lo mejor era morir. Ah… sí… nada como la muerte para poder resolver todo de una vez.

Entonces volví a orar. No le había vuelto a dirigir la palabra desde aquel día. Esta vez no anduve con vueltas. Simplemente le dije que para mí la muerte era mejor que la vida. No había necesidad de decir más nada. Ya había gastado demasiada saliva con él. Era solo un último favor que le estaba pidiendo. Simple. Eficiente. Mi muerte. ¡Nada más tenía sentido!

Y entonces él de nuevo me preguntó lo mismo. Bueno, o al menos casi lo mismo. Como si no hubiéramos tenido ese tiempo de silencio: «¿Tenés alguna razón para estar tan furioso por causa de la planta?»

No podía creerlo. Solo podía ser provocación. Él que todo lo sabe. ¿Por qué preguntaría algo así de nuevo?

Él no tiene necesidad de que nadie le enseñe ni le instruya pues él es fuente de todo conocimiento y sabiduría. Nada hay que suceda sin que él lo sepa. ¿Qué tipo de pregunta era esa!!??

Entonces le dije «¡¡¡¡SÍ!!!!! ¡¡¡¡TENGO!!!!. Y estoy furioso. Tan furioso que solo la muerte me parece apetecible!»


Mirando en el espejo de Jonás

Hay algunos pasajes que me gustaría alinear con el relato de Jonás. La historia de Jonás es bien conocida. Pero generalmente pasamos por alto algo que – personalmente – me parece muy relevante. Parece que el objetivo final de Dios no era solo Nínive sino el profeta.

Todas las palabras de Dios dirigidas a Jonás se pueden agrupar en dos: a) instrucciones – que en realidad es solo una: anunciar a Nínive que su tiempo llegó. b) preguntas retóricas. Son tres preguntas que Dios hace a Jonás. Las primeras dos resaltan que Jonás no tenía razón para toda esa furia. Y la tercera abre para una conclusión bien simple: Así como Jonás tuvo lástima de la planta, ¿no debería Dios tener compasión de toda esta gente en su ignorancia?

El material en Jonás es abundante y da para muchas cosas.

Pero dejame solo pescar una característica de Jonás para luego ver juntos su dolor.

Jonás conocía a Dios. No era un conocimiento intelectual solamente. Era algo más visceral. Al punto tal que sabía cómo sería el comportamiento de Dios en esta situación. Fijate que Dios no contradice ese conocimiento. Parece como si Dios dijera: exactamente, ese soy yo. Claro, eso no quiere decir que Jonás conociera plenamente a Dios. Eso es imposible. Pero tenía suficiente conocimiento de Dios como para entender hacia dónde iba la historia.

Jonás no es sorprendido por Dios en este punto. Y ahí vemos una virtud de la lectura completa de un texto corto como el de Jonás ya que encontramos esto en Jonás 4:2 o sea, casi al final del libro. Entonces es válido decir que ese conocimiento de Dios se deja ver en la ira de Jonás. La ira nace del desencanto. Hay una expectativa frustrada. La huida de Jonás no parece estar anclada en el miedo sino en esta vida frustrada con Dios.

Toda la ira de Jonás no es solo una reacción a un resultado político o externo; está dirigida a Dios, cuya acción frustra lo que Jonás consideraba que era justo que sucediera. La ambivalencia existencial del ser humano hace perfectamente posible que haya en la misma persona sentimientos positivos hacia Dios coexistiendo con resentimiento o ira. Una cosa no niega a la otra. La ira interna no invalida la creencia en el Creador.

Y una de las cosas frustrantes del libro de Jonás es exactamente que esa ira flota en todo el texto, pero no hay transformación de la misma.

Esto me hace recordar a Mateo 25:14-30. El siervo negligente entierra su talento. ¿Por falta de conocimiento de su Señor? No. Exactamente lo contrario. Una vez más, Jesús — en su parábola — no contradice ese conocimiento. Forma parte de la revelación. Sí: El Señor cosecha donde no sembró (¿o has visto a Jesús — que persiste en forma humana y está sentado a la derecha de Dios — sanando, predicando, expulsando demonios?) Entonces el conocimiento estaba correcto, la emoción y la acción no.

Y también me lleva a pensar en el hermano del hijo pródigo. (Lucas 15:25-32) ¿Conocía él a su padre? En cierto sentido sí. Sabía cuánto había costado formar todo aquello. Incluso tal vez queriendo disfrutar un poco de lo que era suyo por derecho no lo hizo. ¿Por qué? ¿por falta de conocimiento? No. Sabía del costo. Sabía del dolor del padre por el hermano menor. El conocimiento estaba correcto. Las emociones y las acciones no.

Y lo que más me toca: Mateo 18:21-35. El siervo recibe el perdón de una deuda impagable. Cuando llega el momento de hacer lo mismo con un siervo menor, no lo hace. Él conocía lo que era el perdón. Lo acababa de experimentar. ¿Podía aplicarlo para su consiervo? no. Conocimiento correcto. Acción y emoción no.

Jonás conocía al Señor. El siervo negligente también. El hermano del hijo pródigo de igual modo. Y no es diferente con el siervo de la deuda enorme.

Obvio que el conocimiento de ellos es parcial. Eso ya fue establecido. Pero me sorprende en los cuatro relatos el espacio vacío entre lo que es de la posibilidad de la acción de Dios y el lugar de la acción humana. O dicho de otra forma: alguna particularidad del Señor conocían. Y esa particularidad la conocían de forma hasta profunda podríamos decir. Sin embargo, ese conocimiento no se traducía en tener el mismo corazón del Señor. Sí, eran conocimientos parciales. Por eso pensamos que deberían haber sido suficientes para alterar sus emociones y conductas.

No lo fueron.

Todas estas historias tienen ese toque amargo al final. Alguien no entendió cómo funciona la cosa.

Y — en la Biblia — debe ser así. No es Hollywood.

Debe quedar claro que el mismo mensaje produce efectos diferentes en las personas. La misma acción de Dios provoca cosas distintas dentro de cada uno de nosotros.

No se trata, entonces, de conocimiento intelectual.

Y peor, no se trata de falta de experiencia.

La angustia más profunda de estos textos es que estas personas pasaron cerca de la verdad eterna. Y no lograron ser tocados por ella.

Jonás tenía todo para ser una persona feliz. Anhelaba la muerte porque conocía a su Señor, pero no lo entendía con el corazón.

La próxima vez que el Señor te haga llorar; no corras.

En lo concreto, no en lo etéreo

En lo concreto, no en lo etéreo

Es muy lindo imaginar cómo deberían ser las cosas.

Una única Iglesia, sin placas, sin divisiones, sin historias de ruptura, sin disputas doctrinales, sin diferencias de gobierno, bautismo, cena, liturgia o misión. La idea tiene su belleza. Jesús mismo ora para que sus discípulos sean uno (Jn 17:20-23).

Solo que nosotros existimos de este lado de la eternidad.

Y, de este lado de la eternidad, la Iglesia necesita existir en lo concreto.

El Nuevo Testamento no conoce solo una Iglesia abstracta. Conoce iglesias en Corinto, Éfeso, Filipos, Tesalónica. Conoce presbíteros siendo establecidos (Hch 14:23; Tit 1:5), responsabilidades siendo asignadas (Hch 6:1-6), conflictos siendo tratados y decisiones siendo tomadas (Hch 15:1-29).

La Iglesia concreta necesita decidir.

¿Quién enseña? ¿Cómo gobierna? ¿Cómo recibe nuevos miembros? ¿Cómo bautiza? ¿Cómo celebra la Cena? ¿Cómo disciplina? ¿Cómo entiende los dones? ¿Cómo se relaciona con el Estado? ¿Cómo maneja el dinero? ¿Cómo envía misioneros?

En algún momento, la bella frase “somos solo cristianos” necesita sentarse a una mesa y votar algo.

Y ahí comienzan las diferencias.

Quizás ese sea uno de los motivos por los cuales la idea de abolir denominaciones suele sonar tan seductora cuando somos jóvenes. El tiempo parece infinito, las decisiones parecen reversibles y tenemos una convicción impresionante de que nuestro punto de vista —y el de quienes están de acuerdo con nosotros— es el correcto, puro, equilibrado y sensato.

Descartes ya se burlaba de esto al observar que nada parece tan bien distribuido como el buen sentido: todo el mundo cree que recibió lo suficiente.

La historia de la Iglesia es un excelente antídoto contra esa seguridad.

Pensemos solo en luteranos, presbiterianos y bautistas. Ninguno de estos movimientos surgió porque alguien se despertó un martes con ganas de inventar una marca nueva. La Reforma luterana atravesó conflicto político, excomunión y riesgo de muerte. El presbiterianismo escocés se formó en medio de disputas religiosas y civiles profundas. Los primeros bautistas ingleses enfrentaron persecución por convicciones que hoy muchos de nosotros consideramos banales, como libertad de conciencia y bautismo de creyentes.

Claro que hay orgullo en esa historia. Hay pecado. Hay terquedad. Hay rupturas que quizás podrían haberse evitado.

Pero reducir todo eso a “no lograron vivir en unidad” es demasiado cómodo para quien observa siglos después, sentado en una silla que esas mismas luchas ayudaron a hacer posible.

Las denominaciones también son memoria.

Guardan respuestas que comunidades cristianas dieron, en tiempos y lugares concretos, a preguntas que no podían simplemente ignorar. Algunas respuestas fueron mejores. Otras, peores. Algunas necesitan ser corregidas. Otras merecen ser preservadas justamente porque costaron caro.

Por eso no tengo gran interés en una iglesia sin identidad.

Tengo interés en una iglesia cuya identidad sepa su lugar.

Pablo plantó. Apolos regó. Dios dio el crecimiento (1Co 3:6).

Quizás una denominación sea algo parecido: una forma histórica, limitada y concreta de plantar o regar dentro de una obra que nunca le perteneció.

El problema comienza cuando se olvida de eso.

Unidad sin monotonía

Unidad sin monotonía

¿Te diste cuenta de la creación? ¿No es hermosa?

A veces me pongo a pensar cómo debería haber sido antes de la caída, ya que Pablo dice que toda la creación fue sujeta a la corrupción y gime esperando la redención (Ro 8:19-22). Aun así, la diversidad sigue presente ante nosotros.

El Salmo 104 mira esta multiplicidad y exclama: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría” (Sal 104:24). Proverbios dice que el Señor fundó la tierra con sabiduría (Pr 3:19). La variedad no aparece como ruido. Aparece como obra del Creador.

Y entonces llegamos a un texto que siempre me pareció lindo y, en cierto sentido, hasta gracioso: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn 1:27).

No conozco dos expresiones humanas más evidentemente distintas que hombre y mujer.

Y, sin embargo, ambos están bajo la misma afirmación: imagen de Dios.

Unidad de origen. Igual dignidad. Distinción real.

Tal vez deberíamos guardar esta combinación.

Tenemos una inclinación curiosa hacia la uniformización. La moda viene en olas. Las casas empiezan a parecerse. Los autos pierden rasgos que antes permitían reconocer una marca de lejos. Las iglesias también hacen esto. Un modelo parece funcionar y pronto todo el mundo empieza a cantar parecido, hablar parecido, organizarse parecido, iluminar parecido, predicar parecido.

No hay pecado necesario en parecerse a alguien.

Pero existe una diferencia entre aprender y desaparecer.

Pablo habla de un cuerpo en el cual los dones son diferentes, los servicios son diferentes, las operaciones son diferentes, pero el Espíritu y el Señor son los mismos (1 Co 12:4-6). Y va más allá: el ojo no puede decir a la mano “no te necesito” (1 Co 12:21).

La unidad del cuerpo depende justamente de que no sea una sola cosa repetida muchas veces.

Esto ya debería dejarnos un poco desconfiados de la idea de que la iglesia ideal sería aquella en que todas las comunidades locales pensaran, sirvieran y se organizaran exactamente de la misma forma.

Y hay aún una cuestión más profunda. La fe cristiana confiesa un Dios trino. Padre, Hijo y Espíritu Santo no son tres dioses, ni tres máscaras sucesivas de un mismo personaje. Dios es uno. Y, sin embargo, el lenguaje cristiano no elimina la distinción de las personas (Mt 28:19; 2 Co 13:14).

No estoy diciendo que las denominaciones son una imagen de la Trinidad. Sería forzar demasiado el argumento.

Estoy diciendo algo más simple: la diferencia no es, por sí sola, una ofensa a la unidad.

En la creación hay diferencia. En el cuerpo hay diferencia. En los dones hay diferencia. Entre los apóstoles había diferencia. Y, al final, Juan aún ve delante del Cordero una multitud de pueblos, tribus y lenguas (Ap 7:9).

Curiosamente, la eternidad no parece resolver la diversidad borrándola.

Tal vez nuestro problema no sea haber demasiada diferencia.

Tal vez sea que hemos desaprendido a convivir con la diferencia sin transformarla en amenaza.

Cuando la diferencia ocupa el centro

Cuando la diferencia ocupa el centro

La división en capítulos ayuda mucho a localizar un texto bíblico, pero a veces entorpece el razonamiento. En 1 Corintios esto pasa con facilidad. Leemos el capítulo 1, llegamos a la discusión sobre Pablo, Apolos y Cefas, damos vuelta la página y parece que Pablo empezó otro tema.

No empezó.

Después de preguntar si Cristo está dividido, Pablo sigue hablando de la cruz. “La palabra de la cruz es locura a los que se pierden” (1Co 1:18). Los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, pero él anuncia a Cristo crucificado (1Co 1:22-24). Y cuando llega al capítulo 3, las facciones reaparecen: “cuando uno dice: Yo soy de Pablo; y otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?” (1Co 3:4).

El razonamiento está entero.

La cruz desarma los criterios humanos de grandeza. Elocuencia, prestigio, inteligencia, carisma, influencia: todo eso puede ser útil. El problema empieza cuando deja de ser servicio y se convierte en centro.

Pablo conocía el riesgo. Era un hombre instruido, formado a los pies de Gamaliel (Hch 22:3). Podría haber apoyado su autoridad en la formación, en la historia, en la capacidad argumentativa. En vez de eso, dice que decidió saber entre los corintios “a Jesucristo, y a éste crucificado” (1Co 2:2).

No porque pensar fuera pecado. Sería una lectura bastante extraña de Pablo.

Sino porque hasta una cosa buena puede ocupar un lugar que no le corresponde.

Es exactamente por eso que la discusión sobre denominaciones suele salir mal de ambos lados. Por un lado, hay quienes tratan su tradición como si fuera la forma final del cristianismo. La iglesia correcta, la teología correcta, la liturgia correcta, la lectura correcta, la música correcta. El apellido eclesiástico empieza a funcionar casi como prueba de fidelidad a Cristo.

Por otro lado, hay quienes tratan toda identidad como sospechosa e imaginan que abolir los nombres resolvería el problema.

No lo resuelve.

Corinto no tenía bautistas, luteranos, presbiterianos o pentecostales. Y logró producir facciones muy bien sin ninguna de esas placas.

El corazón humano no necesita estatuto denominacional para competir.

Es ahí donde el texto de Pablo incomoda más de lo que parece. El problema no está primero en la existencia de diferencias, sino en lo que hacemos con ellas. Pablo no niega que él plantó y Apolos regó. Niega que cualquiera de los dos pueda recibir la gloria por el crecimiento.

“Dios es quien da el crecimiento” (1Co 3:7).

Esa frase debería ser lo suficientemente ofensiva para todos nosotros.

Porque pone en su lugar tanto al pastor famoso como a la denominación histórica, tanto a la iglesia que crece como a la iglesia que se enorgullece de no crecer, tanto al intelectual como al anti-intelectual, tanto al tradicional como al moderno.

Ninguno de ellos es el centro.

La cruz lo es.

Tal vez la pregunta no sea, entonces, si podemos tener identidades. Tal vez sea si nuestras identidades aún pueden arrodillarse ante Cristo sin exigir que él se parezca a nosotros.

¿Está Cristo dividido?

¿Está Cristo dividido?

Nací y crecí en el entorno evangélico bautista de Uruguay. Hace unos meses, mi hijo me decía que sería prácticamente imposible que yo fuera otra cosa que bautista. Y algo de razón tiene.

Mi formación, mi manera de leer la Biblia, mi experiencia de iglesia y hasta mi vocabulario fueron profundamente moldeados por ese ambiente. Pero eso nunca significó vivir encerrado dentro de él. Desde pequeño tuve contacto con pentecostales, católicos e iglesias libres. Más tarde vinieron menonitas, luteranos, valdenses, presbiterianos y otros. Tal vez por eso la pregunta siempre me ha parecido más interesante que incómoda: si formamos parte de una única Iglesia, una en Cristo, ¿por qué tantas identidades?

La respuesta más rápida sería decir que no deberían existir.

Y no es un argumento tonto.

En Corinto, los de la casa de Cloé buscaron a Pablo porque la iglesia se estaba dividiendo en preferencias: “Yo soy de Pablo”, “yo soy de Apolos”, “yo soy de Cefas”, “yo soy de Cristo” (1 Co 1:11-13). No es difícil imaginar cómo funcionaba esto. Pablo tenía su historia, su formación y su manera de pensar. Apolos era elocuente y conocedor de las Escrituras (Hch 18:24). Pedro llevaba otra trayectoria, otro temperamento, otra forma de hablar.

Si quisiéramos ser simplistas, es fácil resolver: todos abandonan sus preferencias y listo.

Solo que Pablo no lo resuelve así.

Él hace tres preguntas: ¿Está Cristo dividido? ¿Fue crucificado Pablo por ustedes? ¿Fueron bautizados en nombre de Pablo? La respuesta es no, no y no. El problema, por lo tanto, no es que Pablo, Apolos y Cefas sean diferentes. El problema es que esas diferencias comenzaron a disputar un lugar que no les pertenece.

Poco después, Pablo menciona que bautizó a pocos y regresa a lo que entendía como su llamado predominante: anunciar el evangelio (1 Co 1:14-17). Él distingue funciones. No hace de todas ellas la misma cosa. Más tarde dirá con todas las letras: “Yo planté; Apolos regó; pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Co 3:6).

Uno plantó. Otro regó.

Es difícil que quede más claro.

Pablo no borra a Apolos. Apolos no necesita convertirse en Pablo para que la iglesia sea una. La diferencia no se trata como un defecto a ser corregido. El defecto aparece cuando una diferencia relativa se convierte en identidad absoluta.

Esto cambia un poco la conversación sobre denominaciones.

Pablo no está hablando de ellas, claro. Sería anacrónico fingir eso. Pero el texto ya desmonta una presuposición importante: la unidad no exige igualdad de temperamento, función, énfasis o forma.

Y tal vez hayamos hecho una confusión duradera entre dos cosas que la Biblia no confunde con tanta facilidad: diferencia y división.

La diferencia puede servir.

La división adora competir.

La primera puede enriquecer el cuerpo. La segunda comienza cuando el cuerpo olvida quién es la cabeza.

Leé la serie completa

  1. ¿Está Cristo dividido?
  2. Cuando la diferencia ocupa el centro
  3. Unidad sin monotonía
  4. En lo concreto, no en lo etéreo

Denominaciones: ¿para qué tenerlas?

Denominaciones: ¿para qué tenerlas?

Hay algo muy atractivo en la idea de ser simplemente cristianos, sin carteles, sin etiquetas, sin divisiones. Si Cristo es uno solo, ¿por qué tantas denominaciones?

Pablo encontró algo parecido en Corinto. Unos decían: “Yo soy de Pablo”; otros: “Yo soy de Apolos”; otros: “Yo soy de Cefas”; y había aún los que decían: “Yo soy de Cristo” (1 Co 1:11-13). Su respuesta es conocida: Cristo no está dividido. Pero lo interesante es lo que Pablo no hace. Él no borra las diferencias entre Pablo y Apolos. Más adelante dirá: “Yo planté; Apolos regó; pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Co 3:6).

Uno plantó. Otro regó. Dios hizo crecer.

Tal vez el problema nunca haya sido la diferencia.

La creación entera está hecha de diferencias. El cuerpo está hecho de miembros diferentes. Los dones son diferentes. Los servicios son diferentes. Hasta delante del Cordero permanecen pueblos, tribus y lenguas (Ap 7:9). Unidad, en la Biblia, no parece significar monotonía.

Las denominaciones cargan pecados, rupturas, orgullo y mucha historia mal resuelta. Sería ingenuo negar eso. Pero también cargan memoria, convicciones, luchas, formas distintas de servir y preguntas que necesitaron ser respondidas en lo concreto de la vida de la Iglesia.

Tal vez no necesitemos elegir entre unidad e identidad.

Tal vez necesitemos solo recordar cuál de ellas ocupa el centro.

No Pablo. No Apolos. No el cartel de la iglesia.

Cristo crucificado.

Este es el resumen introductorio de una serie de cuatro artículos. Leé la serie completa:

  1. ¿Está Cristo dividido?
  2. Cuando la diferencia ocupa el centro
  3. Unidad sin monotonía
  4. En lo concreto, no en lo etéreo

Yo, Sansón

Jueces 13:1-16:31

Este no es un artículo triunfalista.

Es muy humano, existencial, duro, pesado… realista.

Si te gustan los finales felices, hoy, este no es tu lugar.

Todos conocemos la historia de Sansón. Es tan necesaria como la de José en Egipto.

Pero olvidemos todo el material introductorio.

Enfoquémonos en el último día de su vida. Dejemos volar un poco la imaginación. Sin sentir el paso del tiempo, es solo información.

Después

El último recuerdo que tenía, estaba bien grabado.

No es que tuviera alguna retina en la cual grabar más nada. Él, uno de los mayores jueces de Israel, había sido brutalmente cegado por sus enemigos.

Todavía escuchaba los gritos de alegría de los filisteos cuando eso ocurrió. Recordaba cómo, impotente, fue arrastrado por cuatro hombres no muy fuertes. La frente le fue amarrada al tronco. Y el verdugo le extirpó brutalmente con una tenaza incandescente los ojos de sus órbitas.

Y luego vino el silencio.

No porque la turba entardecida no relinchara victoriosa tras años de ser vencidos por Sansón. Sino porque el dolor que sentía era tan intenso que ningún otro sentido lograba operar bien.

Los años de victorias pasaron por su mente. Las batallas ganadas. El haber sido una persona de coraje y respeto entre su pueblo. El hecho de sentir la presencia de su Creador en su cuerpo de una forma completamente distinta a cualquier otro humano. Los cuidados que sus padres le dispensaron. Los afectos a los que fue expuesto. Las expectativas desde antes del vientre.

Todo se había perdido.

Nada ahora tenía sentido.

Él pensaba: ¿Qué será lo que estoy moliendo? ¿Trigo para los grandes? ¿Cebada para los más pobres? ¿Y cuál sería la diferencia?

Lo pusieron a hacer el trabajo de un animal de carga: moler, aplastar, triturar.

Desde el amanecer hasta el atardecer el cada vez más fuerte Sansón hacía solo una cosa: girar y girar. Empujar y empujar. Moler y moler.

Aquel que antes causaba miedo y pavor en cualquier guerrero filisteo, ahora era motivo de burla para los niños. Le tiraban piedras. Se reían de él. Le escupían en la cara.

Lo importante era que el pueblo filisteo, desde los más tiernos hasta los más duros, supiera que el gran juez de Israel había sido derrotado.

¿Qué más daba si era cebada para los pobres o trigo para los ricos?

La situación se repetiría de la misma forma.

Día tras día. Semana tras semana. Recuerdo tras recuerdo.

La piedra giraba.

El polvo subía.

El cuerpo obedecía.

Empujar. Respirar. Girar.

Empujar. Respirar. Girar.

Y, mientras la piedra volvía al mismo lugar, Sansón también volvía.

Volvía a la mujer de Timna, a aquella primera mujer filistea que sus ojos eligieron antes de que su espíritu pudiera decir no. Volvía al enigma, a la fiesta, a la ira, a los zorros incendiando los campos. Volvía a las puertas de Gaza cargadas en los hombros como si nadie pudiera detenerlo.

Volvía al cuerpo muerto del león y a la miel retirada de dentro de él. A aquello que tocó, aunque no debía tocar. A aquello que comió, aunque su consagración exigía separación.

Volvía a la venganza. Siempre a la venganza.

Un golpe exigía otro. Una humillación exigía una respuesta. Un enemigo derribado nunca era suficiente.

Y volvía a ella…

Volvía a Dalila. A la insistencia de ella. A su vanidad. A su certeza de que podía jugar con el peligro una vez más. Y otra. Y otra.

Hasta que, un día, no quedó más fuerza para jugar.

Lo peor era que él sabía…

Y lo que él sabía, era más pesado que la piedra que giraba día tras día. Pues no lo cargaba del lado de afuera, sino del lado de adentro.

No era Dalila.

No eran los filisteos.

No eran sus padres.

No era su primera mujer.

No era su pueblo.

Ellos habían participado. Habían herido, engañado, presionado, traicionado. Pero ninguno de ellos había puesto a Sansón en esa prisión.

Él sabía dónde todo había comenzado.

No el día en que Dalila cortó su cabello.

No el día en que los filisteos lo capturaron.

No el día en que le sacaron los ojos.

Comenzó mucho antes — cada vez que confundió fuerza con invulnerabilidad; cada vez que confundió deseo con derecho; cada vez que usó el llamado de Dios como si fuera propiedad suya.

Sansón no había caído de una sola vez.

Había descendido escalón por escalón, llamando a cada escalón elección.

Ahora, ciego, giraba la piedra.

Y la piedra no discutía con él.

No lo seducía.

No lo traicionaba.

No huía.

Solo volvía al mismo lugar.

Hay un momento en que la vida deja de ser aquello que aún podemos hacer y comienza a ser también aquello que ya no podemos deshacer.

Sansón debe haber conocido ese momento cuando abrió los ojos y no vio nada.

No había más juventud, fuerza, libertad. No había cómo volver hasta Timna, borrar Gaza, retirar de la boca palabras dichas, deshacer elecciones, recolocar los ojos en las órbitas. Había solo el sonido de las cadenas y el molino girando. Una vuelta. Otra vuelta. Otra.

He pensado que algunas formas de arrepentimiento comienzan exactamente ahí: cuando finalmente entendemos que Dios puede perdonarnos sin devolvernos la vida que desperdiciamos.

¿Qué hice con lo que recibí?

Es posible culpar a Dalila por muchas cosas. Pero Dalila llegó tarde a la historia.

Antes de ella ya había un hombre acostumbrado a desear y tomar, avanzar y luego lidiar con las consecuencias. Un hombre separado desde el vientre, visitado por el Espíritu, extraordinariamente dotado — e incapaz de gobernarse a sí mismo.

Esa es la parte que me asusta.

Porque yo recibí mucho.

Y no sé otra manera honesta de decir esto: desperdicié mucho.

Llega un momento en que explicar la infancia, las heridas, las personas que nos traicionaron y aquellas que nos abandonaron comienza a parecer un intento desesperado de encontrar a alguien que comparta con nosotros una culpa que es nuestra.

David pudo llorar, pero el niño murió. Moisés pudo contemplar la tierra, pero no entró en ella. Pedro salió a la noche y lloró amargamente. Hay cosas que el perdón de Dios cura ante la eternidad sin borrar de la historia.

El molino

Tal vez sea por eso que me incomoda tanto cierto cristianismo incapaz de permanecer ante la ruina.

Todo tiene que terminar bien. Dios va a restituir. Dios va a devolver. Recibirás siete veces más.

Tal vez.

Pero Sansón no recibió los ojos de vuelta.

Hay pérdidas que no son ataques del Diablo. Son consecuencias. Hay puertas que Dios tal vez no vuelva a abrir. Hay años que ninguna oración recuperará. Y llamar a eso falta de fe sería solo añadir mentira al pecado.

El molino sigue girando.

Y tal vez una de las experiencias más solitarias de la existencia sea darse cuenta de que quien está empujando esa piedra somos nosotros mismos.

“Acuérdate de mí”

Entonces queda una oración.

No: “Devuélveme todo”.

No: “Haz que sea como antes”.

Sansón ya sabía que no existía más “antes”.

Queda entonces una pequeña frase. Breve. Dura. Directa:

Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, (Jueces 16:28)

Tal vez esta sea la oración posible cuando ya no tenemos argumentos.

Yo pequé.

Yo desperdicié.

Yo herí.

Yo no fui fiel a lo que recibí.

¿Y ahora?

No sé.

Esa tal vez sea la respuesta más verdadera que puedo ofrecer.

No sé qué hará Dios aún con los restos de mi historia. No sé qué será devuelto y qué permanecerá perdido. No sé si hay nuevamente un púlpito, una casa, un abrazo, un hijo, un amigo, o solamente algunas columnas frente a mí.

Solo sé que ayer ya no existe más.

Mañana aún no me ha sido dado.

Y, por alguna misericordia que no puedo explicar, todavía existe hoy.

Creo, pero no congrego

Cuando no congregarse parece tener sentido

A lo largo de la vida conocí a varias personas y parejas que decidieron no congregarse. Tenían fe en Jesús, pero por diversas razones no se congregaban. Algunos, incluso, tenían vida devocional, profesaban su fe en Jesús a los demás, pero no se congregaban. Ocasionalmente, visitaban una u otra iglesia local o distante, pero no mantenían comunión con ninguna congregación.

Las razones son las más variadas. Y muchas de ellas bien comprensibles.

Había quienes habían sido heridos profundamente e injustamente por un pastor, un diácono, o un grupo de personas de la congregación a la que pertenecían. Esto me recuerda al Salmo 55:12-14 que podemos resumir en que quien convive conmigo no es confiable. Otros textos en este sentido pueden ser Ezequiel 34:1-6 y Juan 10:11-13.

Para otros, la liturgia dejó de tener sentido. Ya no comunicaba algo significativo para su vivencia.

También recuerdo casos en los que sentían que ya no encajaban en ningún lugar. Iban de aquí para allá y siempre se sentían como un pez fuera del agua.

Recuerdo otros que simplemente se agotaron por tanto conflicto interno y desgaste.

Y también conozco casos en los que sucumbieron a los argumentos de amigos, familias, ideas venidas de fuera en las que ser cristiano era motivo de burla y ridiculización.

Y podríamos citar otros casos como períodos de transición, enfermedad, cambios y otras circunstancias que pueden alejar a alguien de la comunidad.

Pienso, entonces, que es perfectamente comprensible que alguien no asista a una congregación durante algún tiempo por las más variadas razones.

El problema comienza cuando una circunstancia se transforma en convicción: “Yo creo en Cristo, pero no necesito pertenecer a su pueblo”.

A veces es necesario salir de esa iglesia

No todo alejamiento de la iglesia institucional significa alejamiento de Cristo. Hay pastores que hieren, comunidades enfermas y ambientes en los cuales permanecer puede significar seguir siendo sometido a manipulación o violencia emocional y/o espiritual.

Me resulta especialmente relevante Ezequiel 34 en este sentido.

Si esto fuera una prédica, cabrían varias divisiones: 1-6; 7-10; 11-16; 17-19; 20-24 y 25-31.

Para los efectos de este artículo, solo consideraremos dos partes: 1-10 y 17-31.

En la segunda (Ezequiel 34:17-31) habla de la responsabilidad de la propia oveja y el profeta dice que el propio Dios “juzgará entre una y otra” y “yo mismo juzgaré entre ovejas gordas y ovejas flacas”. O sea, parte de la congregación es responsable por la debilidad de otra parte.

Sin embargo, me interesa la primera parte (Ezequiel 34:1-10). Los pastores estaban cuidando de sí mismos mientras las ovejas se dispersaban. Y, peor aún, esa dispersión las alejaba no solo de la congregación, sino del propio Creador.

Dice Ezequiel 34:6 “”mis ovejas por todos los montes, y en todo collado alto”“. Para el lector ocasional esto significa que salieron a buscar otros pastos, u otros lugares. Y – si bien esto es cierto – cuando vemos en la Biblia mención a lugares elevados, es una referencia indirecta a los lugares de culto distintos de los lugares de adoración a Dios.

Veamos Números 33:51-52 en que Dios ordena destruir implementos religiosos cananeos “entre ellos los lugares altos”.

O del rey más sabio que la Biblia registra y sucumbió a los deseos terrenales. 2 Reyes 11:7 nos cuenta que Salomón construyó “lugares altos” para Quemos y Moloc, dioses extranjeros.

Personalmente conozco personas que – por razones perfectamente comprensibles – abandonaron la congregación, pero luego se asociaron con formas de creencias contrarias a la fe cristiana fundamentada en la Biblia. Es de esto que los “lugares altos” están hablando.

Pero lo que hace que el texto sea vehemente en su línea argumentativa, es que la razón de todo esto es que los pastores cuidan solo de sí mismos. v4-5: “Coméis la grosura, os vestís de la lana y degolláis lo engordado; mas no apacentáis las ovejas. La débil no fortalecisteis, la enferma no curasteis, la perniquebrada no vendasteis, la descarriada no volvisteis a traer, ni buscasteis la perdida; sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia**”.

Eso es violencia pastoral. Abuso. Violencia. Manipulación.

Entonces, salir de una congregación, puede ser necesario; concluir que no necesitamos más de una comunidad es otra cosa.

La herida explica el aislamiento. La nueva convicción explica la auto-protección.

Si vos sos un pastor que dispersa ovejas, volvé a tu llamado original (si es que es real). Echá un vistazo a Hechos 20:28-30.

El aislamiento puede dejar de ser protección y transformarse en autonomía.

Estar solo trae ciertas ventajas emocionales inmediatas. Una de ellas es que nadie me contradice. Hay una cierta tranquilidad en percibir que ya no hay nadie más mirándome, metiéndose en mi vida, preguntando particularidades, corrigiendo algunas actitudes y creencias.

También puedo – con todos los recursos modernos – hacer un propio menú de predicadores que me gustan ya que dicen lo que me gusta. (2 Timoteo 4:4) Puedo elegir la dieta espiritual a seguir e incluso tener una definición propia de cuáles pecados considero importantes.

Armo, entonces, una “iglesia” particular por internet en la que todos los “pastores” dicen exactamente aquello que me gusta escuchar.

Alcancé la paz. Alcancé el Nirvana. Mi alma ya no tiene de qué preocuparse.

Pero el Nuevo Testamento presenta una fe en la cual no solo conozco a los demás (como en internet) sino que también soy conocido. En esa fe, servimos y somos servidos; corregimos y somos corregidos; soportamos y somos soportados.

En los tiempos que corren, ese tipo de lugar es muy incómodo. Y no hace falta abandonar físicamente la congregación para no estar – de hecho – en comunión. Bien es posible entrar y salir de todos los cultos durante el año y no conocer ni ser conocido por nadie. La sociedad – cada vez más individualista – nos enseña e incentiva a cada vez más aislarnos y llama a eso “vida plena”, “empoderamiento”, etc.

Por otro lado, se equivoca quien piensa que todo esto se debe solo a la modernidad.

La epístola a los Hebreos, escrita durante la segunda generación de cristianos estando en gran parte aún vinculados con la religión judía que era una religión lícita para el imperio romano, levanta un punto especialmente incómodo: existen personas que velan por nosotros y ante las cuales existe alguna forma de sumisión (Hebreos 13:7, 17).

Evidentemente que esto no concede autoridad absoluta a ningún pastor. La libertad de conciencia, creencia y práctica continúa existiendo porque somos plenamente responsables por nuestros actos. Incluso por aquellos que son reacción a una violación explícita de nuestra persona.

Pero tampoco permite una fe completamente autónoma. Y ese es el punto que tanto duele para quien – justificadamente – decidió no congregarse más.

Seguir a Cristo significa identificarse con su pueblo.

La carta a los Hebreos resulta especialmente interesante en este contexto.

Los primeros en creer en Jesús como Mesías (Cristo) fueron judíos. No se veían como un proyecto separado del pueblo judío sino como continuidad. O sea, participar del pueblo elegido creyendo en un Mesías que había sido prometido desde la antigüedad encajaba muy bien en el Mesías ahora revelado y comprobablemente resucitado por muchos testigos.

Por otro lado, la religión judía – como ya dijimos anteriormente – era una religión lícita dentro del Imperio Romano. Y había algunas características especiales que vale destacar, era la única monoteísta y había una forma de convenio entre los romanos y los judíos en que aquellos toleraban la religión de estos, siempre que hicieran oraciones por el emperador. Todo esto en una región (la parte oriental del imperio) en que ya había provincias que pidieron permiso (29 a.C.) para construir templos ligados al culto al gobernante. Esta práctica se consolidaría en todo el imperio para finales del primer siglo.

La epístola a los Hebreos, es escrita al menos a finales del primer siglo. El propio autor declara que tanto él como los lectores no son testigos presenciales del ministerio, muerte y resurrección de Jesús. (Hebreos 2:1 “”es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído”“. Hebreos 4:2 “”también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva”“) Esto es, son al menos segunda generación de creyentes en Jesús como Cristo (Mesías).

Estos judíos creyentes en Jesús no querían separarse de la comunión judía. Y eso, en el tiempo en que vivían, tenía mucho sentido. Inscritos en la religión judía y siendo tolerados por los propios judíos, se volvían intocables por el Imperio Romano.

Ya si se identificaban como seguidores de Jesús como ser divino, y por lo tanto fuera de la religión judía, podían ser considerados revoltosos, paganos y toda suerte de castigos pudiendo llegar hasta la muerte. Es por eso que el autor dice en Hebreos 12:4-5 “Ora, en vuestra lucha contra el pecado, aún no habéis resistido hasta la sangre y estáis olvidados de la exhortación…“

Si trazamos una línea de tiempo las primeras persecuciones a los cristianos se remontan al año 70 d.C. en que – después de la guerra entre judíos y romanos – las tensiones entre judíos y cristianos aumentan y esto frecuentemente repercute también en las comunidades cristianas. Después de eso, el movimiento cristiano pasa a ser percibido con más frecuencia como separado del judaísmo lo que afecta cómo las autoridades locales trataban a los grupos.

Y la cosa empeora con Domiciano (81-96). Es común encontrar referencias a represiones bajo su dominio. Hay tradición antigua como la de Eusebio asociando el período a sufrimiento y exilio de cristianos.

Es más o menos aquí que la epístola a los Hebreos fue escrita. Las cosas estaban poniéndose tensas para los cristianos. Y estos judíos que habían creído, estaban abandonando la congregación (Hebreos 10:24-25) y eso lo hacían buscando evitar la muerte (Hebreos 12:4-5), lo que es una razón ampliamente comprensible.

Todo cristiano (judío o no) sabía que las cosas estaban empeorando. Para el tiempo de Trajano (98-117) ya había persecuciones judiciales y políticas de procedimiento bien establecidas. Aún no hay matanza en masa como cosa diseminada, pero sí podemos afirmar que para el comienzo del segundo siglo ya había represión real por decisión imperial implementada en las provincias.

Entonces, los destinatarios de la carta, sabían claramente el costo de ser públicamente asociados a la fe y a la comunidad cristiana. Algunos cristianos habían sufrido, perdido bienes y sido expuestos públicamente. Lo que hoy llamaríamos cancelación pero en versión más bruta.

En ese contexto, el “no dejando de congregarnos” de Hebreos 10:25 significa muchísimo más que asistir regularmente al culto. Es identificación comunitaria pública.

Algunos podrían ver aquí una convocatoria al martirio colectivo. Pero nada más lejos de la realidad. Como cristianos amamos la vida. Pero la verdad que el evangelio revela es mucho mayor que cualquier esquema religioso social. Y justamente por eso no puede entrar en relaciones de compromiso o de conveniencia con cualquier otro tipo de manifestación espiritual.

Un paralelo cuidadoso y contemporáneo puede establecerse.

Hoy es socialmente cómodo decir: “Tengo mi espiritualidad”. Avanzando un poco más, alguien podría decir “yo sigo a Jesús” o incluso “yo sigo a Jesús con mis propias convicciones”.

Más difícil es decir: “Esos cristianos son mi pueblo. Sí, pertenezco a una comunidad concreta e imperfecta”. Eso sí requiere coraje y plena convicción más allá del status quo.

Cristo no llama solo a individuos. Él incorpora personas a un cuerpo. Su cuerpo del cual él es la cabeza. (Vean Hebreos 2:12 y 12:23; Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18; 1 Corintios 12:12-27)

Congregación no es frecuencia; es vida compartida

La solución para “creo, pero no congrego” no es “entonces andá al culto los domingos”.

Hay una superficialidad y falta de convivencia tremenda en solo participar del culto. Alguien puede hacer eso sin faltar nunca durante cuarenta años y ni por eso formar parte de la congregación. Seguir prácticamente solo. La única variante de la expresión de “creo, pero no congrego” es que la persona cree, pero – de hecho – no forma parte de la congregación.

Mi abuela materna vivía en la capital y con mi madre íbamos de vez en cuando a visitarla. En la calle perpendicular a medio cuadra, había una escuela de karate. Yo debía tener unos 9 a 11 años. Me gustaba mucho ir y verlos practicar ese arte marcial. Los gritos. Los movimientos sincronizados. El kimono. El tatami. El ambiente. El olor. Todo quedó grabado en mi memoria. Años después, cuando tenía 17 años, daba clases de programación en una ciudad vecina a la nuestra. Teníamos un intervalo de veinte minutos entre una clase y la otra. Corría para ver una de dos cosas: entrenamiento de karate o juego de bochas.

De más está decir que no aprendí karate ni a jugar bochas.

Nadie se mantiene físicamente saludable por entrar al gimnasio una vez por semana, ponerse la ropa adecuada para hacer ejercicios, llevar un litro de agua y sentarse durante una hora mirando a otras personas ejercitarse y luego volver a casa. La salud exige una vida en la cual determinadas prácticas se vuelven habituales. Y eso es difícil.

La comunidad cristiana funciona de forma similar solo que mucho más profunda.

Pero primero permitime presentar unas ideas sobre la palabra comunión. Esa palabra de origen latino (communio) deriva de com (es decir “juntamente”) y munis (o sea, “encargo” u “obligación”) y se usa en el sentido de “participación común”, “tener algo en común”. Una forma fácil de recordar el significado sería “común unión” o “común encargo”.

Aquellos que creemos en Jesús como Dios encarnado y Mesías (Cristo) compartimos muchas cosas. Obvio que – por la naturaleza de esta fe – ella excluye cualquier otro tipo de fe semejante, parecida o análoga. Los cristianos comulgamos de la fe exclusiva en Jesús como el único y suficiente salvador. Los cristianos (independientemente de rótulo institucional o tradición cristiana) formamos parte de un mismo cuerpo y tenemos un único mediador (1 Timoteo 2:5; Efesios 4:4-6; 1 Corintios 12:12-27).

No existe forma posible de practicar comunión solo. Vale solo para evitar las dificultades de las miradas de desagrado de los que no creen.

Oramos juntos. Cargamos cargas. Repartimos. Confesamos. Enseñamos. Somos corregidos. Aprendemos. Perdonamos. Celebramos. Lloramos. Servimos. Somos conocidos.

Cosas estas que la sociedad siempre ha enseñado que no son oportunas para el individuo.

La salvación, entonces, no es una cosa solo individual por más que por ahí empiece. Ella es – sobre todo – comunitaria.

Es significativo que buena parte de las instrucciones del Nuevo Testamento contenga la expresión “unos a otros”. No hay forma de practicarlas solo.

(Hechos 2:42-47; Gálatas 6:2; Santiago 5:16)

Tal vez la pregunta esté equivocada

Al preguntarnos si un cristiano necesita ir a la iglesia, puede que hayamos reducido demasiado la cuestión. Como si hubiéramos puesto una lupa sobre solo una parte del asunto.

Puede haber momentos en que no conseguimos congregarnos. Puede haber iglesias de las que nos es necesario salir. Puede haber heridas que llevan tiempo para cicatrizar. Y ninguna de esas situaciones debe ser tratada superficialmente o con indiferencia.

Sin embargo, existe otra pregunta: “¿Es posible seguir por mucho tiempo a aquel que nos hizo parte de un cuerpo negándonos deliberadamente a vivir como parte de ese cuerpo?“

La vida cristiana relatada en el Nuevo Testamento no parece conocer una fe permanentemente solitaria.

No porque Dios esté haciendo control de presencia los domingos, sino porque hay dimensiones enteras de la vida cristiana que simplemente no existen cuando estamos solos.

No puedo cargar la carga “unos de otros” solo.

No puedo perdonar “unos a otros” solo.

No puedo confesar “unos a otros” solo.

Ni puedo descubrir fácilmente dónde estoy equivocado si todas las voces que escucho fueron elegidas por mí.

Tal vez congregarse no sea simplemente una obligación de la vida cristiana.

Tal vez sea una de las maneras por las cuales Cristo mantiene viva y saludable la fe que decimos tener en él.

Miedo de creer

Creer es permitir que la palabra de Cristo tenga más autoridad sobre nosotros que lo que aprendimos a considerar verdadero, seguro y posible.

Túlio era un empleado bancario ejemplar. Pasó los últimos 20 años de agencia en agencia hasta que se estableció en esa ciudad. Formó una familia, tuvo hijos, él y su esposa criaban a sus hijos de cerca y con esmero. Criado en una familia cristiana de tradición evangélica, asistía a la iglesia local con su familia. Domingos, martes y sábados estaban presentes. Contribuía económicamente, era un diácono activo. Internamente era un hombre equilibrado. Sin deudas. De buena reputación. Solo tenía un miedo tremendo de creer. Pero ni él estaba consciente de eso.

El problema no es simplemente creer.

Podemos creer en Jesús sin permitir que él modifique profundamente aquello en lo que ya creíamos antes de él. Llegamos a la fe cargando una interpretación del mundo formada por la familia, cultura, religión, experiencia política. El problema comienza cuando Jesús contradice algunas de esas certezas. En ese momento descubrimos si creemos en él o simplemente logramos acomodarlo dentro de lo que ya creíamos.

Pedro sobre las aguas – cuando la experiencia dice que no puede ser.

El texto de Mateo 14:22-33 es bien conocido. En resumen: los discípulos están en un pequeño barco en medio del mar bajo viento fuerte. Jesús se acerca. Los discípulos lo ven caminando sobre las aguas. Pedro pide para probar que es él caminando sobre las aguas. Jesús lo invita. Pedro va. Camina. Se asusta. Comienza a hundirse. Jesús le extiende la mano y le dice “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

Pedro no es cualquier persona. Es un hombre de mediana edad que tenía por oficio pescador. Conocía el mar. Tenía en su experiencia sobradas razones para permanecer en el barco. Sabía claramente que no era posible para un hombre andar sobre las aguas.

Quizás exactamente por eso, él pide poder caminar hasta Jesús como prueba de que él era quien aparentaba – a la distancia – ser.

Y quizás por el mismo motivo, Jesús no hace ningún milagro, solo dice “Ven”.

Una única palabra.

Por algunos instantes, Pedro permite que esa palabra específica de Jesús tenga más peso que su experiencia. Luego mira nuevamente a aquello que conocía desde hace mucho: viento, agua, peligro. Tuvo miedo. Comenzó a hundirse.

Claro, como todo texto se muestra capaz de sostener una reflexión alegórica. Podríamos decir que el agua y el viento son los problemas y que el camino sobre el mar es el camino que estamos recorriendo, es decir, nuestra vida. Y aunque eso suena muy bonito – y vamos a acabar sacando una lección moral o espiritual de esto, el relato es histórico y como tal debe ser tratado.

El hecho es que el viento no comenzó cuando Pedro tuvo miedo. El viento, el agua, las olas, el barco, Jesús a lo lejos, los otros discípulos en el barco. Todo estaba allí antes. Así estaba cuando él saltó la borda del barquito y comenzó a andar sobre las aguas hasta Jesús.

Entonces, ¿qué cambió? El conocimiento previo entró en su mente y tuvo miedo.

El miedo tiene esa particularidad de querer protegernos de algo. Dicen que es mejor un cobarde vivo que un héroe muerto. (La Biblia dice que “mejor es perro vivo que león muerto” – Eclesiastés 9:4)

¿El conocimiento anterior a la caminata estaba equivocado? No. De hecho, esos datos fueron los que lo habían ayudado mucho en la tarea en el mar, el cual demanda un gran respeto. Entonces, la creencia de él en esas experiencias anteriores (personales o no) no estaba equivocada.

De esta forma, hay momentos en que creer significa admitir que nuestra experiencia es verdadera, pero no tiene la palabra final.

Nicodemo – Cuando la religión no tiene categoría para lo que Dios está haciendo

Otro texto bien conocido e interesante para nuestro punto de hoy es Juan 3:1-15

“Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro”. Esa fue la frase introductoria de Nicodemo aquella noche.

Nicodemo no es un incrédulo ignorante. Es justamente su conocimiento religioso lo que hace la conversación interesante. Eran dos maestros judíos sentados en una noche fresca conversando sobre sus creencias. Un diálogo de igual a igual en cierto sentido. Y sus conocimientos no estaban equivocados. Jesús no los descarta. Solo que él ve una sombra en todo eso. Algo queriendo aparecer detrás de sus palabras que no llegaron a cristalizar en la primera colocación de Nicodemo.

Jesús (en su versión “Corte rápido Tramontina”) no pierde la oportunidad y le propone un dilema existencial que no puede ser respondido por la religión de Nicodemo: “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”

Jesús habla de nacer de nuevo y Nicodemo intenta encajar eso en las categorías que ya posee: “¿Cómo puede un hombre nacer, siendo viejo?”

La pregunta de Nicodemo es más que obvia. Lo era en aquella época y ahora también. Y la respuesta – dentro del plano físico – sigue siendo obvia.

Sin embargo, de la fuente de males que nos aquejan, el cuerpo es el más virtuoso. Ya las aflicciones existenciales radicadas en el alma necesitan otro tipo de respuesta.

Entonces, pará un poco y analizá: ¿El dilema de Nicodemo aquella noche, no se asemeja al nuestro? Él estaba intentando comprender la novedad de Dios usando solo categorías religiosas que trajo consigo. El equipaje.

Por lo tanto, a veces nuestra dificultad para creer no viene de la falta de religión, sino de la dificultad de admitir que Dios sea mayor que nuestra comprensión religiosa de él.

Pedro y los animales impuros – Cuando Dios contradice aquello que aprendimos ser fidelidad

Este otro texto también es bien conocido. Quizás no tanto como los otros, pero creo que se encaja en aquellos textos que merecen una segunda mirada (¿y cuál no?) Hechos 10:9-20

Diferente del Pedro de Mateo 14, aquí nos encontramos con un Pedro diferente. Particularmente fuerte en la fe. Ya es apóstol, ya confesó a Cristo. Ya recibió el Espíritu Santo. Ya predicó valientemente a Jesús. Ya fue encarcelado. Ya dijo aquella frase célebre “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Sin embargo, había un pequeño pedazo de su interior que aún necesitaba ser iluminado. Él necesita tener algunas creencias desmontadas.

Una idea que mucho me perturbó durante años es la transformación plena e instantánea de una persona cuando se convierte. Todo mi conocimiento bíblico me llevaba a concluir que la transformación en el momento de la conversión es profunda, radical y duradera. Eso, inevitablemente, me ponía otras dudas en el corazón: ¿cuándo me convertí? ¿será que de hecho soy convertido? Mis creencias necesitaban ser desmontadas.

Entonces, cuando Pedro oye “levántate, mata y come” la respuesta más directa, correcta, simple y natural que surge de su cabeza está aliada al conocimiento bíblico y a la práctica de una vida: “Nunca comí cosa alguna común e inmunda”.

Así como ocurrió con la traición y en su restauración, Pedro necesitó de tres visiones redundantes (que ni las tres negaciones o las tres preguntas sobre el amor) y una voz clara y fuerte que ponía fin a una época en su vida (que ni el gallo y que ni Jesús en la playa), dijo – en las últimas dos veces – afirmaba: “No llames tú común a lo que Dios purificó”

Pedro, así como Pablo persiguiendo la iglesia. Era firme en sus convicciones. Era fiel. Eso es fe hebraica en la práctica: fidelidad que hace que quien cree sea parte del cuerpo. (“el justo por su fe vivirá” Habacuc 2:4)

Nota a los que ya conocen el texto: El griego “pistis” no logra transportar todo el concepto del hebreo “emunāh” aunque se acerque mucho. La palabra hebrea transmite fe, fidelidad o firmeza/constancia. Ya “pistis” lleva más fe en el sentido de confianza y puede sí llevar algo de fidelidad o adherencia. Sin embargo, no agota el término hebreo, aunque sea el mejor término en el griego para expresar el hebreo sin recurrir a neologismos. El término griego trae la idea de un acto o actitud de creer mientras que el hebreo arrastra el concepto de firmeza, constancia confiable. Por lo tanto, Romanos 1:17 – para Lutero y todo el mundo protestante y luego reformado y por extensión fundamentalistas y evangélicos – se lee como “El justo por la fe , vivirá” (fijate en la coma. Con eso quiero representar que en Pablo podemos entender que la persona llega a la justicia a partir (“ἐκ”) de la fe) al punto que Habacuc podría ser leído “El justo, por la fe (fidelidad, constancia) vivirá” lo que trae consecuencias profundas en los conceptos de justificación, redención, salvación, etc. Ahí surge el problema de las traducciones al español. ¿Qué hacer? ¿Es fiel al texto literal original o sigue la línea interpretativa por entender que Pablo (de fe hebraica convertido a Jesús) escribiendo en griego sigue la septuaginta? Yo soy de la idea que debe permanecer fiel al texto original y nos corresponde a nosotros – por medio de la exégesis y la hermenéutica – mostrar evidencias claras de esa distinción en lugar de adoptar la interpretación de los reformadores como siendo verdad absoluta. Pero eso todo merece otro artículo. Solo basta decir que salvación, justificación y redención dependen de fe y se extienden a la fe. Fuera de ella (y exclusivamente ella), nada hecho.

Volvamos al asunto de Pedro y su visión.

Como estábamos diciendo: Pedro (así como Pablo) estaba siendo fiel a su conocimiento bíblico. La Ley le impedía comer cosas impuras, y él era fiel en eso.

Pero las cosas habían cambiado. Y los discípulos (y muchos de nosotros) no entendían cabalmente de qué se trataba eso todo al final.

Entonces, algunas de las creencias que Dios necesita corregir en nosotros son justamente aquellas que aprendimos a defender en su nombre.

Pedro reprendiendo a Jesús – Cuando Cristo amenaza al Mesías que queremos.

Leé el texto de Mateo 16:13-23. Yo sé que es conocido. Pero con todo lo que leíste hasta aquí, hay algunas cosas que deben saltar a tus ojos ahora mismo que no sea lo que voy a decir a continuación.

Este texto es muy íntimo, personal. Está el grupo pequeño de discípulos y Jesús. Acaban de llegar a Cesarea de Filipo. Y el maestro judío, siguiendo la tradición dialéctica de los rabinos, inicia con una pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” O sea, ¿qué piensan las personas respecto a mi persona? ¿Quién soy yo en la idea de ellos?

Es obvio que Jesús sabía lo que las personas pensaban. Él ya había mostrado eso en repetidas ocasiones por medio de diálogos, discursos y confrontación directa. Sus discípulos sabían que él sabía. Luego, la pregunta apuntaba en otra dirección. Una más íntima quizás.

Y las respuestas vinieron, espontánea y estrepitosamente. “Juan el Bautista”, “Elías”, “Jeremías”, “o cualquiera de los profetas”.

Llegaron al final de las opciones que conocían y yo imagino que se hizo un silencio. Aquel que antecede a la pregunta de verdad. Puedo imaginar a Jesús mirando a todos ellos como quien está listo para presentar su punto más sensible. Luego él habló.

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?“

Imagino más silencio. En la mirada de Jesús la sinceridad de quien con la pregunta busca enseñar algo más. Y Pedro rompe el silencio: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente“

Y yo, adiviná, imagino más silencio. En la cabeza de los otros judíos discípulos con certeza había pensamientos del tipo: “Enloqueció”. “Sí. El calor del desierto le frió los sesos. Llegó aquí con vegetación abundante y desandó de una vez”. “Mi… está blasfemando”. “¿Cómo así un individuo ser hijo de YHWH?”

Jesús se vuelve hacia él y le dice: “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.“

Para los que gustan de estudiar más: la teología natural – aquella que pretende sostenerse solo de la revelación no bíblica y que es obtenida por medio de los sentidos – logra llegar hasta la conclusión de que, teniendo en cuenta lo que la naturaleza revela, debe existir un dios creador. Pablo parece apuntar en esa dirección en Romanos 1:19-23ss. Ya para entenderlo como creador único y personal, es necesaria la revelación especial: la Biblia. Entonces, ese conocimiento general, universal, al alcance de cualquier individuo, sirve – por la conducta que ese individuo tiene después – solo para condenarlo. Ya para abrazar la fe salvadora es necesaria la revelación especial. (Cabe recordar Romanos 2:12-15 y luego el vv16)

Volviendo a la declaración de Pedro, ella es tan grandiosa que es la divisora de aguas del evangelio según San Mateo. Ve el inicio del 16:21: “Desde entonces comenzó Jesús…“

Algo había cambiado. Algo había transformado profundamente el ministerio de Jesús. De haber estado al menos dos años en un plató bien conocido, ahora el maestro estaba resuelto en ir a Jerusalén y él sabía claramente lo que le esperaba en Jerusalén.

El cambio fue muy abrupto. En especial para Pedro. Pedro amaba a Jesús – así como los otros con excepción de Judas Iscariote que estaba en el grupo en esa ocasión también. En ese amor instó a Jesús a practicar lo que hoy la psicología llama autocuidado. “Señor, ten compasión de ti”.

No había dudas de que Pedro estaba plenamente consciente de que el panorama que Jesús pintara, no era nada confortable y acababa en muerte. La parte de la resurrección nadie entendía bien de qué se trataba por más que los fariseos y otros habían introducido esa noción hacía ya doscientos años.

La respuesta de Jesús debe haber resonado en el lugar apartado en que Pedro y Jesús estaban: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.“

Estupefacto debe haber quedado Pedro.

Hace poquito Jesús había dicho que él era muy feliz porque lo que había dicho había sido revelado por el Padre que está en los cielos. Ahora, lo que había dicho solo manifestaba conocimiento terrenal de las cosas. Y Jesús lo llamó Adversario, Tentador, Acusador, Maligno

¿Qué había pasado?

Pedro aceptaba que Jesús era el Mesías (Cristo), pero rechazaba lo que el propio Mesías tenía como misión y método.

En la idea común de la época respecto al Mesías se juntaba todo. El ungido por Dios para liberar al pueblo de la opresión Romana y junto con eso las expectativas político-militares alrededor de esa idea de liberación.

Es posible confesar correctamente el nombre de Jesús y aún intentar subordinarlo al mundo que nos gustaría que él construyera.

Por lo tanto, el miedo de creer aparece cuando queremos que Jesús confirme nuestra visión del mundo, pero él comienza a juzgarla.

Conclusión

Quiero volver a Pedro sobre las aguas.

Vamos a considerar la idea de “salir del barco”

No estamos hablando de abandonar nuestra familia, tradición, experiencia, religión o preferencia política. Eso sería demasiado simplista. Esas cosas forman parte de la formación de quienes somos y pueden llevar mucha verdad.

La cuestión es más profunda, mucho más: ninguna de ellas puede ocupar el lugar de Cristo

Pedro no descubrió que el viento era imaginario. No estaba en la matrix y Neo vino a salvarlo. El viento era real. El mar continuaba peligroso. El barco era, humanamente, el lugar más seguro para estar. Y él estaba exactamente en el lugar y en la acción que quería: andar sobre las aguas como Jesús.

El llamado era real.

Quien llamaba era real.

Pero el miedo, o falta de fe como Jesús indica en el versículo siguiente, se hizo presente.

Todas sus creencias anteriores le pasaban como un lastre. Y lo hacían hundirse.

Seguir a Jesús puede exigir que pongamos los pies donde todo aquello que siempre supimos decía que no había suelo.

El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos

Comienzo mi día tomando estas pastillas. Al final del día, tengo cuatro más.

Hay una canción inmortalizada en la voz de la cantante argentina Mercedes Sosa que dice así: “El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, y el amor no lo reflejo como ayer”.

El envejecimiento es una experiencia universal. Dicen que de nada tenemos seguridad en este mundo salvo de la muerte. Sin embargo (como bien decía Spurgeon) no hay nada más incierto que la hora de la muerte. Entonces, si vos estás vivo (y no habría otra forma de que estés leyendo este artículo), lo más seguro es que estás envejeciendo y ese proceso, si no es interrumpido por enfermedad o accidente, se prolongará algunos años más.

La vejez no llega de golpe. Se va instalando silenciosamente. De repente, vemos que ya no recordamos los nombres. Que el cuerpo exige cuidado. Que los padres envejecen y/o mueren. Que algunos proyectos dejan de ser sueños y pasan a ser recuerdos.

El verdadero choque no es perder la juventud; es descubrir que el tiempo ya no parece infinito.

La juventud vive de la ilusión de la reversibilidad

Mientras somos jóvenes, creemos que casi todo puede ser perfecto. Como tenemos fuerza, energía, vitalidad, el horizonte de la vida parece amplio y distante. Y, peor aún, reversible.

Pensamos que siempre habrá tiempo para pedir perdón, reconstruir relaciones, cambiar de profesión o corregir decisiones. La madurez revela que existen acontecimientos irreversibles. El evangelio no promete devolver el pasado; promete redimir personas que tienen un pasado. Redimir, simplificando, es comprar un esclavo por un precio. Liberarlo y llevarlo a un nuevo plano que, en el caso de Jesús y la fe en él, significa el Reino. Aquí y ahora. Otras palabras similares, pero que, aunque no se acercan, sirven para explicar lo que quiero decir: Manumisión, Emancipación. (En la emancipación/manumisión que conocemos, no se crearon las condiciones sociales necesarias para que el emancipado lograra tener una vida digna. Eso la redención lo trata más profundamente, y eso importa.)

La Biblia no romantiza la vejez

En realidad, la Biblia no romantiza nada. Cuenta dos historias de formas conmovedoras: la periférica, que es el relato de acciones, decisiones, observaciones, consecuencias de las decisiones — buenas y malas — y micro actos de redención alcanzando personas, familias, pueblos. Y también está el relato principal, que es la redención hecha por Jesús en la cruz, apuntando a una redención incluso de la creación. Lo importante aquí: Dios no abandona sus proyectos.

Textos como Eclesiastés 12 describen con realismo la decadencia del cuerpo. El Salmo 90 enseña a contar los días. Juan 21 muestra a Jesús anunciando a Pedro la pérdida gradual de la autonomía.

La Escritura honra las canas, pero nunca trata la vejez como un premio automático ni como sinónimo de sabiduría. Basta ver la multitud de personas mayores amargadas, iracundas, violentas, enojadas con Dios y con el mundo, viviendo en un inconformismo y resentimiento que caben bien en la adolescencia, pero no al final de la vida.

Los cambios en la vida, pueden sí ser de orden violento o instantáneo – un ACV, una parálisis, una traición, el trabajo que se pierde y cambia todo, en fin la lista es larga – pero los cambios sobre los cuales tenemos algún tipo de poder son demorados y dolorosos. Por eso, generalmente, negamos la necesidad de ayuda o la importancia de ver que, haciendo lo mismo que siempre hicimos, no lograremos obtener resultados diferentes.

Esos cambios requieren no solo un objetivo soñado. Necesitan transformarse en un plan bien establecido. No algo del tipo “De aquí en adelante todo será diferente”. Ese estribillo que se repite año tras año en cierta TV pública — el jingle de fin de año de la Rede Globo, el mayor canal brasileño, que promete que el año nuevo lo cambiará todo — ya muestra, en febrero o marzo, que no es verdad.

Las consecuencias permanecen. La condenación, no.

La Biblia está llena de personas que pecaron, obtuvieron el perdón de Dios y tuvieron que continuar viviendo con las consecuencias de su pecado. Tal vez el ejemplo más claro sea el de David.

Hay una edad en que descubrimos que ya no somos definidos por nuestros mayores aciertos ni por nuestros mayores fracasos. Somos definidos por la gracia con que Dios sigue escribiendo la historia a pesar de ellos.

La historia de David muestra que Dios perdona sin borrar todas las consecuencias. Hay pérdidas que permanecen hasta el fin de la vida. David no perdió solo al hijo que tuvo con Betsabé — el embarazo de ella fue justamente lo que llevó a David a enviar a Urías al frente — sino que también enfrentó una fractura de integridad y repercusiones prolongadas en la casa real.

En el episodio de Betsabé, después de que David pecara, la Biblia dice que el SEÑOR envió a Natán a David (2 Samuel 12). Natán confronta a David con una parábola y, luego, anuncia directamente las consecuencias: que la espada no se apartaría de la casa de David y que el hijo moriría, y que eso sucedería “por cuanto” David actuó de ese modo (2 Samuel 12:1-14).

Aun con eso, David no perdió el reinado, y no fue “descalificado” como rey ante Dios: continuó siendo uno de los líderes del pueblo judío y, a pesar de las consecuencias, permaneció en el propósito divino.

Creo que pocos logramos entender la actitud de David al levantarse del ayuno así que el niño murió e ir a celebrar un banquete. Para el observador ocasional, eso suena a psicopatía, o al menos a desinterés. Generalmente lo que se espera es que se haga duelo tras la muerte. Él no. Menos mal que tenemos la explicación bíblica. Por eso sugiero la lectura completa del episodio.

El cristiano anciano puede llevar cicatrices profundas sin seguir viviendo como condenado. Y eso es realmente liberador. Romanos 8 y 1 Corintios 4 muestran que la palabra final sobre nuestra vida pertenece a Cristo, no a la culpa ni a los aplausos.

El envejecimiento desmonta la ilusión de autosuficiencia

La mayor pérdida tal vez no sea la fuerza física, sino la autonomía. El cuerpo deja de obedecer, la memoria falla, otras personas pasan a cuidar de nosotros, la privacidad y la independencia dejan de ser un bien extremadamente preciado y cuidado para convertirse en moneda de cambio con el mantenimiento de la vida.

Descubrimos que nunca fuimos realmente independientes; solo conseguíamos esconder nuestra dependencia. Ahora ya no. La vejez se convierte en una especie de humildad compulsoria.

Por ejemplo, el modo en que Jesús describe el futuro de Pedro muestra que la dependencia no siempre es elegida: en lugar de Pedro seguir el camino que quería, habría un tiempo en que sería llevado “a donde no querés”. El cuerpo — y, por extensión, la voluntad — deja de ser el centro del gobierno, y la vida pasa a ser conducida por un llamado que lo trasciende. Así, la fragilidad no aparece solo como falla; se convierte en lugar de comunión con la gracia y con la misión, porque el “yo” ya no sostiene solo el peso del camino.

La iglesia local debería ser el lugar donde la fragilidad encuentra comunión

A medida que la dependencia crece, se vuelve aún más necesaria una comunidad capaz de acoger confesión, arrepentimiento, duelo y limitaciones.


No te engañes, hasta el más perdido de los pecadores necesita confesión. Hay un libro publicado recientemente sobre los francotiradores occidentales en Sarajevo en los años 1990. Trataré de eso en otro artículo.


Volvamos al asunto del duelo, confesiones, limitaciones.

En lugar de acoger confesión, arrepentimiento, duelo y limitaciones, muchas iglesias esperan que los mayores demuestren estabilidad permanente. La comunión de los santos debería ser un bálsamo justamente cuando ya no hay cómo volver atrás.

Y es en ese sentido que María, puesta bajo los cuidados de Juan (Juan 19:26-27), es una buena ilustración: ella es recibida, sostenida y amparada por alguien designado para no dejar la fragilidad aislada. Si hasta en ese momento, cuando la vida de Jesús estaba siendo llevada, María no fue “abandonada”, sino entregada al cuidado, entonces la iglesia también debe aprender a hacer lo mismo con sus ancianos — no como favor, sino como expresión de amor que no depende de la fuerza de quien recibe.

Cristo da sentido al tiempo que queda

La esperanza cristiana no consiste en recuperar la juventud ni en escapar de la realidad. Consiste en descubrir que el tiempo, incluso cuando nos quita las fuerzas, oportunidades y autonomía, sigue perteneciendo a Dios. Cristo no elimina la finitud; él impide que tenga la palabra final.

Ahora, sin romantizar ni endulzar la píldora del envejecimiento, vamos a anclar la reflexión en 2 Corintios 4:16: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.” El cuerpo puede “dejar de obedecer”, pero la vida interior no queda sin gobierno: se va reorganizando, día tras día.

Y el mismo tono pastoral aparece en Isaías 46:4: “Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré.” Dios no se aleja cuando la capacidad disminuye; Él sostiene cuando la dependencia aumenta.

Por último, el Salmo 71:9-18 pone palabras en un duelo que es real: describe envejecimiento y declive, pero no calla el testimonio de amparo. La vejez puede doler — aun así, la mano que sostiene no cambia.

El envejecimiento, sin embargo, no es solo finitud “gradual”; hay días en que llega una especie de noche interior. En el Alzheimer, la memoria se rompe, las palabras se pierden, y a veces el cerebro ya no parece alcanzar los estímulos como antes. En esos momentos, la promesa de Dios no es que la mente vuelva a funcionar, sino que Él guarda en paz a quien persevera.

Tal vez llegue un día en que nuestra mente ya no logre permanecer firme en él. No es más una capacidad cognitiva que la persona controla, es algo sostenido por amor: por oración, por presencia, por lectura, por música, por cuidado paciente.

Cuando llega el tiempo en que “ni siquiera el cerebro parece responder”, aun así la comunión puede suceder por caminos que atraviesan el pensamiento consciente: una canción conocida, el tono de la voz, una frase del evangelio dicha con constancia, una oración susurrada. Vi eso en personas que ya no hablaban por causa del Alzheimer, pero se conmovían — lloraban — cuando el nombre de Jesús era anunciado. No era performance: era vida sostenida por gracia, incluso en el límite.

Conclusión

Envejecer es descubrir que existen decisiones irreversibles, pérdidas definitivas y límites que no pueden ser negociados. Es también percibir que nuestra dignidad nunca estuvo en la fuerza, en la memoria o en la capacidad de controlar la propia vida.

Hay un momento de la vida en que ya no podemos volver atrás. Pero aún podemos caminar hacia adelante. No porque el pasado dejó de existir, ni porque las pérdidas dejaron de doler.

Caminamos porque Cristo entró en nuestra historia, incluso en esa parte que nunca lograremos reescribir. El tiempo sigue pasando. Seguiremos envejeciendo. Pero ya no caminamos hacia el vacío. Caminamos al encuentro de aquel que prometió: “Hasta vuestra vejez yo seré el mismo… yo os sostendré.” (Isaías 46:4)