Unidad sin monotonía

Unidad sin monotonía

¿Te diste cuenta de la creación? ¿No es hermosa?

A veces me pongo a pensar cómo debería haber sido antes de la caída, ya que Pablo dice que toda la creación fue sujeta a la corrupción y gime esperando la redención (Ro 8:19-22). Aun así, la diversidad sigue presente ante nosotros.

El Salmo 104 mira esta multiplicidad y exclama: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría” (Sal 104:24). Proverbios dice que el Señor fundó la tierra con sabiduría (Pr 3:19). La variedad no aparece como ruido. Aparece como obra del Creador.

Y entonces llegamos a un texto que siempre me pareció lindo y, en cierto sentido, hasta gracioso: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gn 1:27).

No conozco dos expresiones humanas más evidentemente distintas que hombre y mujer.

Y, sin embargo, ambos están bajo la misma afirmación: imagen de Dios.

Unidad de origen. Igual dignidad. Distinción real.

Tal vez deberíamos guardar esta combinación.

Tenemos una inclinación curiosa hacia la uniformización. La moda viene en olas. Las casas empiezan a parecerse. Los autos pierden rasgos que antes permitían reconocer una marca de lejos. Las iglesias también hacen esto. Un modelo parece funcionar y pronto todo el mundo empieza a cantar parecido, hablar parecido, organizarse parecido, iluminar parecido, predicar parecido.

No hay pecado necesario en parecerse a alguien.

Pero existe una diferencia entre aprender y desaparecer.

Pablo habla de un cuerpo en el cual los dones son diferentes, los servicios son diferentes, las operaciones son diferentes, pero el Espíritu y el Señor son los mismos (1 Co 12:4-6). Y va más allá: el ojo no puede decir a la mano “no te necesito” (1 Co 12:21).

La unidad del cuerpo depende justamente de que no sea una sola cosa repetida muchas veces.

Esto ya debería dejarnos un poco desconfiados de la idea de que la iglesia ideal sería aquella en que todas las comunidades locales pensaran, sirvieran y se organizaran exactamente de la misma forma.

Y hay aún una cuestión más profunda. La fe cristiana confiesa un Dios trino. Padre, Hijo y Espíritu Santo no son tres dioses, ni tres máscaras sucesivas de un mismo personaje. Dios es uno. Y, sin embargo, el lenguaje cristiano no elimina la distinción de las personas (Mt 28:19; 2 Co 13:14).

No estoy diciendo que las denominaciones son una imagen de la Trinidad. Sería forzar demasiado el argumento.

Estoy diciendo algo más simple: la diferencia no es, por sí sola, una ofensa a la unidad.

En la creación hay diferencia. En el cuerpo hay diferencia. En los dones hay diferencia. Entre los apóstoles había diferencia. Y, al final, Juan aún ve delante del Cordero una multitud de pueblos, tribus y lenguas (Ap 7:9).

Curiosamente, la eternidad no parece resolver la diversidad borrándola.

Tal vez nuestro problema no sea haber demasiada diferencia.

Tal vez sea que hemos desaprendido a convivir con la diferencia sin transformarla en amenaza.

Acerca de Esteban D. Dortta

Esteban es pastor evangélico. Cursó teologia en el Seminário Teológico Bautista del Uruguay entre 1991 y 1994. Nacido en 1971, vive en Brasil desde 1995. Entiende que las libertades de pensamiento, expresión y reunião son esenciales al desarrollo no apenas cristiano mas de la sociedad completa.