Yo, Sansón

Jueces 13:1-16:31

Este no es un artículo triunfalista.

Es muy humano, existencial, duro, pesado… realista.

Si te gustan los finales felices, hoy, este no es tu lugar.

Todos conocemos la historia de Sansón. Es tan necesaria como la de José en Egipto.

Pero olvidemos todo el material introductorio.

Enfoquémonos en el último día de su vida. Dejemos volar un poco la imaginación. Sin sentir el paso del tiempo, es solo información.

Después

El último recuerdo que tenía, estaba bien grabado.

No es que tuviera alguna retina en la cual grabar más nada. Él, uno de los mayores jueces de Israel, había sido brutalmente cegado por sus enemigos.

Todavía escuchaba los gritos de alegría de los filisteos cuando eso ocurrió. Recordaba cómo, impotente, fue arrastrado por cuatro hombres no muy fuertes. La frente le fue amarrada al tronco. Y el verdugo le extirpó brutalmente con una tenaza incandescente los ojos de sus órbitas.

Y luego vino el silencio.

No porque la turba entardecida no relinchara victoriosa tras años de ser vencidos por Sansón. Sino porque el dolor que sentía era tan intenso que ningún otro sentido lograba operar bien.

Los años de victorias pasaron por su mente. Las batallas ganadas. El haber sido una persona de coraje y respeto entre su pueblo. El hecho de sentir la presencia de su Creador en su cuerpo de una forma completamente distinta a cualquier otro humano. Los cuidados que sus padres le dispensaron. Los afectos a los que fue expuesto. Las expectativas desde antes del vientre.

Todo se había perdido.

Nada ahora tenía sentido.

Él pensaba: ¿Qué será lo que estoy moliendo? ¿Trigo para los grandes? ¿Cebada para los más pobres? ¿Y cuál sería la diferencia?

Lo pusieron a hacer el trabajo de un animal de carga: moler, aplastar, triturar.

Desde el amanecer hasta el atardecer el cada vez más fuerte Sansón hacía solo una cosa: girar y girar. Empujar y empujar. Moler y moler.

Aquel que antes causaba miedo y pavor en cualquier guerrero filisteo, ahora era motivo de burla para los niños. Le tiraban piedras. Se reían de él. Le escupían en la cara.

Lo importante era que el pueblo filisteo, desde los más tiernos hasta los más duros, supiera que el gran juez de Israel había sido derrotado.

¿Qué más daba si era cebada para los pobres o trigo para los ricos?

La situación se repetiría de la misma forma.

Día tras día. Semana tras semana. Recuerdo tras recuerdo.

La piedra giraba.

El polvo subía.

El cuerpo obedecía.

Empujar. Respirar. Girar.

Empujar. Respirar. Girar.

Y, mientras la piedra volvía al mismo lugar, Sansón también volvía.

Volvía a la mujer de Timna, a aquella primera mujer filistea que sus ojos eligieron antes de que su espíritu pudiera decir no. Volvía al enigma, a la fiesta, a la ira, a los zorros incendiando los campos. Volvía a las puertas de Gaza cargadas en los hombros como si nadie pudiera detenerlo.

Volvía al cuerpo muerto del león y a la miel retirada de dentro de él. A aquello que tocó, aunque no debía tocar. A aquello que comió, aunque su consagración exigía separación.

Volvía a la venganza. Siempre a la venganza.

Un golpe exigía otro. Una humillación exigía una respuesta. Un enemigo derribado nunca era suficiente.

Y volvía a ella…

Volvía a Dalila. A la insistencia de ella. A su vanidad. A su certeza de que podía jugar con el peligro una vez más. Y otra. Y otra.

Hasta que, un día, no quedó más fuerza para jugar.

Lo peor era que él sabía…

Y lo que él sabía, era más pesado que la piedra que giraba día tras día. Pues no lo cargaba del lado de afuera, sino del lado de adentro.

No era Dalila.

No eran los filisteos.

No eran sus padres.

No era su primera mujer.

No era su pueblo.

Ellos habían participado. Habían herido, engañado, presionado, traicionado. Pero ninguno de ellos había puesto a Sansón en esa prisión.

Él sabía dónde todo había comenzado.

No el día en que Dalila cortó su cabello.

No el día en que los filisteos lo capturaron.

No el día en que le sacaron los ojos.

Comenzó mucho antes — cada vez que confundió fuerza con invulnerabilidad; cada vez que confundió deseo con derecho; cada vez que usó el llamado de Dios como si fuera propiedad suya.

Sansón no había caído de una sola vez.

Había descendido escalón por escalón, llamando a cada escalón elección.

Ahora, ciego, giraba la piedra.

Y la piedra no discutía con él.

No lo seducía.

No lo traicionaba.

No huía.

Solo volvía al mismo lugar.

Hay un momento en que la vida deja de ser aquello que aún podemos hacer y comienza a ser también aquello que ya no podemos deshacer.

Sansón debe haber conocido ese momento cuando abrió los ojos y no vio nada.

No había más juventud, fuerza, libertad. No había cómo volver hasta Timna, borrar Gaza, retirar de la boca palabras dichas, deshacer elecciones, recolocar los ojos en las órbitas. Había solo el sonido de las cadenas y el molino girando. Una vuelta. Otra vuelta. Otra.

He pensado que algunas formas de arrepentimiento comienzan exactamente ahí: cuando finalmente entendemos que Dios puede perdonarnos sin devolvernos la vida que desperdiciamos.

¿Qué hice con lo que recibí?

Es posible culpar a Dalila por muchas cosas. Pero Dalila llegó tarde a la historia.

Antes de ella ya había un hombre acostumbrado a desear y tomar, avanzar y luego lidiar con las consecuencias. Un hombre separado desde el vientre, visitado por el Espíritu, extraordinariamente dotado — e incapaz de gobernarse a sí mismo.

Esa es la parte que me asusta.

Porque yo recibí mucho.

Y no sé otra manera honesta de decir esto: desperdicié mucho.

Llega un momento en que explicar la infancia, las heridas, las personas que nos traicionaron y aquellas que nos abandonaron comienza a parecer un intento desesperado de encontrar a alguien que comparta con nosotros una culpa que es nuestra.

David pudo llorar, pero el niño murió. Moisés pudo contemplar la tierra, pero no entró en ella. Pedro salió a la noche y lloró amargamente. Hay cosas que el perdón de Dios cura ante la eternidad sin borrar de la historia.

El molino

Tal vez sea por eso que me incomoda tanto cierto cristianismo incapaz de permanecer ante la ruina.

Todo tiene que terminar bien. Dios va a restituir. Dios va a devolver. Recibirás siete veces más.

Tal vez.

Pero Sansón no recibió los ojos de vuelta.

Hay pérdidas que no son ataques del Diablo. Son consecuencias. Hay puertas que Dios tal vez no vuelva a abrir. Hay años que ninguna oración recuperará. Y llamar a eso falta de fe sería solo añadir mentira al pecado.

El molino sigue girando.

Y tal vez una de las experiencias más solitarias de la existencia sea darse cuenta de que quien está empujando esa piedra somos nosotros mismos.

“Acuérdate de mí”

Entonces queda una oración.

No: “Devuélveme todo”.

No: “Haz que sea como antes”.

Sansón ya sabía que no existía más “antes”.

Queda entonces una pequeña frase. Breve. Dura. Directa:

Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, (Jueces 16:28)

Tal vez esta sea la oración posible cuando ya no tenemos argumentos.

Yo pequé.

Yo desperdicié.

Yo herí.

Yo no fui fiel a lo que recibí.

¿Y ahora?

No sé.

Esa tal vez sea la respuesta más verdadera que puedo ofrecer.

No sé qué hará Dios aún con los restos de mi historia. No sé qué será devuelto y qué permanecerá perdido. No sé si hay nuevamente un púlpito, una casa, un abrazo, un hijo, un amigo, o solamente algunas columnas frente a mí.

Solo sé que ayer ya no existe más.

Mañana aún no me ha sido dado.

Y, por alguna misericordia que no puedo explicar, todavía existe hoy.

Acerca de Esteban D. Dortta

Esteban es pastor evangélico. Cursó teologia en el Seminário Teológico Bautista del Uruguay entre 1991 y 1994. Nacido en 1971, vive en Brasil desde 1995. Entiende que las libertades de pensamiento, expresión y reunião son esenciales al desarrollo no apenas cristiano mas de la sociedad completa.

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