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El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos

Comienzo mi día tomando estas pastillas. Al final del día, tengo cuatro más.

Hay una canción inmortalizada en la voz de la cantante argentina Mercedes Sosa que dice así: “El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, y el amor no lo reflejo como ayer”.

El envejecimiento es una experiencia universal. Dicen que de nada tenemos seguridad en este mundo salvo de la muerte. Sin embargo (como bien decía Spurgeon) no hay nada más incierto que la hora de la muerte. Entonces, si vos estás vivo (y no habría otra forma de que estés leyendo este artículo), lo más seguro es que estás envejeciendo y ese proceso, si no es interrumpido por enfermedad o accidente, se prolongará algunos años más.

La vejez no llega de golpe. Se va instalando silenciosamente. De repente, vemos que ya no recordamos los nombres. Que el cuerpo exige cuidado. Que los padres envejecen y/o mueren. Que algunos proyectos dejan de ser sueños y pasan a ser recuerdos.

El verdadero choque no es perder la juventud; es descubrir que el tiempo ya no parece infinito.

La juventud vive de la ilusión de la reversibilidad

Mientras somos jóvenes, creemos que casi todo puede ser perfecto. Como tenemos fuerza, energía, vitalidad, el horizonte de la vida parece amplio y distante. Y, peor aún, reversible.

Pensamos que siempre habrá tiempo para pedir perdón, reconstruir relaciones, cambiar de profesión o corregir decisiones. La madurez revela que existen acontecimientos irreversibles. El evangelio no promete devolver el pasado; promete redimir personas que tienen un pasado. Redimir, simplificando, es comprar un esclavo por un precio. Liberarlo y llevarlo a un nuevo plano que, en el caso de Jesús y la fe en él, significa el Reino. Aquí y ahora. Otras palabras similares, pero que, aunque no se acercan, sirven para explicar lo que quiero decir: Manumisión, Emancipación. (En la emancipación/manumisión que conocemos, no se crearon las condiciones sociales necesarias para que el emancipado lograra tener una vida digna. Eso la redención lo trata más profundamente, y eso importa.)

La Biblia no romantiza la vejez

En realidad, la Biblia no romantiza nada. Cuenta dos historias de formas conmovedoras: la periférica, que es el relato de acciones, decisiones, observaciones, consecuencias de las decisiones — buenas y malas — y micro actos de redención alcanzando personas, familias, pueblos. Y también está el relato principal, que es la redención hecha por Jesús en la cruz, apuntando a una redención incluso de la creación. Lo importante aquí: Dios no abandona sus proyectos.

Textos como Eclesiastés 12 describen con realismo la decadencia del cuerpo. El Salmo 90 enseña a contar los días. Juan 21 muestra a Jesús anunciando a Pedro la pérdida gradual de la autonomía.

La Escritura honra las canas, pero nunca trata la vejez como un premio automático ni como sinónimo de sabiduría. Basta ver la multitud de personas mayores amargadas, iracundas, violentas, enojadas con Dios y con el mundo, viviendo en un inconformismo y resentimiento que caben bien en la adolescencia, pero no al final de la vida.

Los cambios en la vida, pueden sí ser de orden violento o instantáneo – un ACV, una parálisis, una traición, el trabajo que se pierde y cambia todo, en fin la lista es larga – pero los cambios sobre los cuales tenemos algún tipo de poder son demorados y dolorosos. Por eso, generalmente, negamos la necesidad de ayuda o la importancia de ver que, haciendo lo mismo que siempre hicimos, no lograremos obtener resultados diferentes.

Esos cambios requieren no solo un objetivo soñado. Necesitan transformarse en un plan bien establecido. No algo del tipo “De aquí en adelante todo será diferente”. Ese estribillo que se repite año tras año en cierta TV pública — el jingle de fin de año de la Rede Globo, el mayor canal brasileño, que promete que el año nuevo lo cambiará todo — ya muestra, en febrero o marzo, que no es verdad.

Las consecuencias permanecen. La condenación, no.

La Biblia está llena de personas que pecaron, obtuvieron el perdón de Dios y tuvieron que continuar viviendo con las consecuencias de su pecado. Tal vez el ejemplo más claro sea el de David.

Hay una edad en que descubrimos que ya no somos definidos por nuestros mayores aciertos ni por nuestros mayores fracasos. Somos definidos por la gracia con que Dios sigue escribiendo la historia a pesar de ellos.

La historia de David muestra que Dios perdona sin borrar todas las consecuencias. Hay pérdidas que permanecen hasta el fin de la vida. David no perdió solo al hijo que tuvo con Betsabé — el embarazo de ella fue justamente lo que llevó a David a enviar a Urías al frente — sino que también enfrentó una fractura de integridad y repercusiones prolongadas en la casa real.

En el episodio de Betsabé, después de que David pecara, la Biblia dice que el SEÑOR envió a Natán a David (2 Samuel 12). Natán confronta a David con una parábola y, luego, anuncia directamente las consecuencias: que la espada no se apartaría de la casa de David y que el hijo moriría, y que eso sucedería “por cuanto” David actuó de ese modo (2 Samuel 12:1-14).

Aun con eso, David no perdió el reinado, y no fue “descalificado” como rey ante Dios: continuó siendo uno de los líderes del pueblo judío y, a pesar de las consecuencias, permaneció en el propósito divino.

Creo que pocos logramos entender la actitud de David al levantarse del ayuno así que el niño murió e ir a celebrar un banquete. Para el observador ocasional, eso suena a psicopatía, o al menos a desinterés. Generalmente lo que se espera es que se haga duelo tras la muerte. Él no. Menos mal que tenemos la explicación bíblica. Por eso sugiero la lectura completa del episodio.

El cristiano anciano puede llevar cicatrices profundas sin seguir viviendo como condenado. Y eso es realmente liberador. Romanos 8 y 1 Corintios 4 muestran que la palabra final sobre nuestra vida pertenece a Cristo, no a la culpa ni a los aplausos.

El envejecimiento desmonta la ilusión de autosuficiencia

La mayor pérdida tal vez no sea la fuerza física, sino la autonomía. El cuerpo deja de obedecer, la memoria falla, otras personas pasan a cuidar de nosotros, la privacidad y la independencia dejan de ser un bien extremadamente preciado y cuidado para convertirse en moneda de cambio con el mantenimiento de la vida.

Descubrimos que nunca fuimos realmente independientes; solo conseguíamos esconder nuestra dependencia. Ahora ya no. La vejez se convierte en una especie de humildad compulsoria.

Por ejemplo, el modo en que Jesús describe el futuro de Pedro muestra que la dependencia no siempre es elegida: en lugar de Pedro seguir el camino que quería, habría un tiempo en que sería llevado “a donde no querés”. El cuerpo — y, por extensión, la voluntad — deja de ser el centro del gobierno, y la vida pasa a ser conducida por un llamado que lo trasciende. Así, la fragilidad no aparece solo como falla; se convierte en lugar de comunión con la gracia y con la misión, porque el “yo” ya no sostiene solo el peso del camino.

La iglesia local debería ser el lugar donde la fragilidad encuentra comunión

A medida que la dependencia crece, se vuelve aún más necesaria una comunidad capaz de acoger confesión, arrepentimiento, duelo y limitaciones.


No te engañes, hasta el más perdido de los pecadores necesita confesión. Hay un libro publicado recientemente sobre los francotiradores occidentales en Sarajevo en los años 1990. Trataré de eso en otro artículo.


Volvamos al asunto del duelo, confesiones, limitaciones.

En lugar de acoger confesión, arrepentimiento, duelo y limitaciones, muchas iglesias esperan que los mayores demuestren estabilidad permanente. La comunión de los santos debería ser un bálsamo justamente cuando ya no hay cómo volver atrás.

Y es en ese sentido que María, puesta bajo los cuidados de Juan (Juan 19:26-27), es una buena ilustración: ella es recibida, sostenida y amparada por alguien designado para no dejar la fragilidad aislada. Si hasta en ese momento, cuando la vida de Jesús estaba siendo llevada, María no fue “abandonada”, sino entregada al cuidado, entonces la iglesia también debe aprender a hacer lo mismo con sus ancianos — no como favor, sino como expresión de amor que no depende de la fuerza de quien recibe.

Cristo da sentido al tiempo que queda

La esperanza cristiana no consiste en recuperar la juventud ni en escapar de la realidad. Consiste en descubrir que el tiempo, incluso cuando nos quita las fuerzas, oportunidades y autonomía, sigue perteneciendo a Dios. Cristo no elimina la finitud; él impide que tenga la palabra final.

Ahora, sin romantizar ni endulzar la píldora del envejecimiento, vamos a anclar la reflexión en 2 Corintios 4:16: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.” El cuerpo puede “dejar de obedecer”, pero la vida interior no queda sin gobierno: se va reorganizando, día tras día.

Y el mismo tono pastoral aparece en Isaías 46:4: “Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré.” Dios no se aleja cuando la capacidad disminuye; Él sostiene cuando la dependencia aumenta.

Por último, el Salmo 71:9-18 pone palabras en un duelo que es real: describe envejecimiento y declive, pero no calla el testimonio de amparo. La vejez puede doler — aun así, la mano que sostiene no cambia.

El envejecimiento, sin embargo, no es solo finitud “gradual”; hay días en que llega una especie de noche interior. En el Alzheimer, la memoria se rompe, las palabras se pierden, y a veces el cerebro ya no parece alcanzar los estímulos como antes. En esos momentos, la promesa de Dios no es que la mente vuelva a funcionar, sino que Él guarda en paz a quien persevera.

Tal vez llegue un día en que nuestra mente ya no logre permanecer firme en él. No es más una capacidad cognitiva que la persona controla, es algo sostenido por amor: por oración, por presencia, por lectura, por música, por cuidado paciente.

Cuando llega el tiempo en que “ni siquiera el cerebro parece responder”, aun así la comunión puede suceder por caminos que atraviesan el pensamiento consciente: una canción conocida, el tono de la voz, una frase del evangelio dicha con constancia, una oración susurrada. Vi eso en personas que ya no hablaban por causa del Alzheimer, pero se conmovían — lloraban — cuando el nombre de Jesús era anunciado. No era performance: era vida sostenida por gracia, incluso en el límite.

Conclusión

Envejecer es descubrir que existen decisiones irreversibles, pérdidas definitivas y límites que no pueden ser negociados. Es también percibir que nuestra dignidad nunca estuvo en la fuerza, en la memoria o en la capacidad de controlar la propia vida.

Hay un momento de la vida en que ya no podemos volver atrás. Pero aún podemos caminar hacia adelante. No porque el pasado dejó de existir, ni porque las pérdidas dejaron de doler.

Caminamos porque Cristo entró en nuestra historia, incluso en esa parte que nunca lograremos reescribir. El tiempo sigue pasando. Seguiremos envejeciendo. Pero ya no caminamos hacia el vacío. Caminamos al encuentro de aquel que prometió: “Hasta vuestra vejez yo seré el mismo… yo os sostendré.” (Isaías 46:4)

¿Dónde sangra el cristiano?

¿Dónde sangra el cristiano?

Hay dolores para los que la iglesia parece no tener liturgia.

En “007 – El mundo no es suficiente” hay un diálogo que quedó grabado en mí cuando la vi:

Q (a Bond):
“Siempre intenté enseñarte dos cosas. Primero: nunca dejes que te vean sangrar.”
Bond: “¿Y la segunda?”
Q: “Tené siempre un plan de escape.”

Sin darnos cuenta, muchas comunidades cristianas enseñan exactamente eso. No desde sus púlpitos, sino desde sus culturas.

No hablamos de matrimonios que se terminan, del hijo que murió, de la depresión, de la pornografía, de la incredulidad, del adulterio, del suicidio, de la violencia intrafamiliar, del adulterio, de la soledad. Simplemente hacemos como si nada y seguimos adelante. Algunos fingen que no saben; otros no dejan que se note que están sangrando. Es una fórmula para la tormenta perfecta.

Y esto no ocurre porque Cristo no pueda lidiar con estas cuestiones, sino porque tenemos miedo de cómo lidiarán los hermanos. Y se entiende. El miedo al chisme institucionalizado —siempre insisto en que es fácil condenar a la mujer que fornicó y quedó embarazada, o los vicios visibles, pero quien chismea siempre queda afuera. Y esto no sucede solo en una denominación, sino en varias. Por lo tanto, es estructural, institucional—, como venía diciendo, el miedo al chisme institucionalizado hace que, cuando enfrentamos un problema de gente real, nos quedemos callados o que, cuando hablamos, encontremos un vacío terrible: por regla general, las iglesias ni siquiera consideran la posibilidad de buscar ayuda afuera.

Después de todo, si Cristo satisface todas nuestras necesidades, ¿cómo es posible que un cristiano llegue siquiera a considerar la idea de recurrir a un psicólogo? Y yo respondo: de la misma forma que, cuando alguien tiene un accidente y se quiebra una pierna, corremos a la guardia y no al templo a orar. Es obvio que, si la mente desfallece o se quiebra, necesitamos la ayuda de otros que, como los traumatólogos, logren ver la humanidad de forma transversal y no unilateral o vertical.

Si vos, como cristiano, permitís que los demás te vean sangrar, te exponés al ridículo ante el grupo de personas que debería ser el más seguro del mundo. Simplemente porque el perdón, el amor, la solidaridad y cargar las cargas de los demás se tratan como materia “espiritual”, como si fueran apenas una materia “teórica”.

Cuando vemos a pastores fracasar —como en lo sucedido en nuestra ciudad en los últimos meses— observamos el vacío que se forma alrededor. Personas que simplemente se van escandalizadas, en vez de mantenerse firmes para sanar. En esto, como me explicaba un colega esta semana, las iglesias que tienen una estructura episcopal (es decir, jerárquica) corren con cierta ventaja frente a las que tienen un gobierno congregacional (o más descentralizado y representativo).

Ante el abismo que enfrenta nuestro hermano, retrocedemos como si tuviera lepra.

Si la psicología, el psicoanálisis y otras corrientes de tratamiento similares tienen cada vez más presencia y uso, es por dos razones:

Primero, porque Dios así lo permitió; porque “las cosas reveladas pertenecen a los hombres”. Por lo tanto, no puede decirse que ningún avance humano sea meramente humano. De alguna manera, en ello hubo permiso y voluntad de Dios.

Segundo, porque parte de la iglesia terminó desarrollando una espiritualidad que sabe hablar de la eternidad, pero tiene dificultades para permanecer al lado de quien se está hundiendo hoy. Es decir, una “teología del escapismo”, de cosas solamente espirituales, centradas en sí mismas y vividas solo para sí; o sea, para la propia institución y no para la sociedad para la que debe ser luz y sal. Dejó de interesarse por el ser humano, excepto para sumar números o asentir “espiritualmente” —otra vez, en el sentido de “teórico” frente a “práctico”— a un conjunto de ideas que, en el mejor de los casos, responde preguntas que ella misma formuló y respondió en el siglo XVI.

Escribo esto porque ya descubrí más de una vez lo que significa atravesar un dolor profundo casi solo. En distintos momentos de mi vida, esperé que la iglesia supiera cómo cuidar. La mayoría de las veces, simplemente no supo. No hubo persecución. Hubo ausencia.

La iglesia no falla porque sea mala. Falla porque fue entrenada para responder preguntas y no para permanecer al lado de quien sufre.

Jesús nunca tuvo miedo de tocar a quien sangraba

Y él mismo sangraba (a diferencia del consejo de Q a Bond).

La mujer con flujo de sangre. El leproso. Lázaro, que ya olía mal. Pedro, después de la negación. Tomás, después de la duda.

Cristo nunca exigió que alguien escondiera la herida para entonces acercarse a él.

Y todos fueron transformados después de su toque.

Y tal vez el título afirmativo de “Dónde sangra el cristiano” podría transformarse en una pregunta: “¿Por qué construimos comunidades donde esconder la sangre parece más seguro que mostrarla, si seguimos precisamente a un Señor que decidió no esconder sus propias heridas?

¿Hemos aprendido a anunciar a un Salvador que recibe pecadores mientras construimos comunidades donde los pecadores necesitan esconder su propia sangre?

Jesús y la Inteligencia Artificial

Hace pocos días ocurrió una escena curiosa en nuestro trabajo.

Gran parte de nuestro flujo de desarrollo ya pasa por la inteligencia artificial. Ella sugiere código, revisa fragmentos, señala errores, organiza ideas. Entonces, de repente, se acabaron los créditos de la plataforma que estábamos usando. La renovación solo ocurriría al día siguiente.

Nos quedamos mirando unos a otros.

No porque hubiéramos desaprendido a programar (aunque ya hay evidencias de cierto raquitismo mental). Sino porque, sin darnos cuenta, habíamos dejado de ver gran parte del camino que el código recorría hasta llegar a nuestras manos. La herramienta se había vuelto tan presente que ya formaba parte de la propia manera en que pensábamos.

Sospecho que esto sucederá con toda la sociedad.


Puede que no estés al tanto, pero la inteligencia artificial fue alimentada con todo lo que la humanidad ha producido de forma escrita o gráfica o cualquier otro medio que pueda ser digitalizado. Hoy, cuando responde a una pregunta, lo hace basado en ese conocimiento. Además, usa fuentes abiertas en internet para continuar “aprendiendo” y así poder responder de forma actualizada.

En 2026 cruzamos un umbral importante: más del 50% del contenido de internet fue producido por la inteligencia artificial. Inevitablemente esto nos lleva a que la propia inteligencia artificial estará produciendo contenido a partir de otro contenido que ella misma produjo o ayudó a producir. Con esto, la creatividad humana va siendo dejada de lado por la facilidad del uso de conocimiento acumulado… sin producir más contenido relevante nuevo.

Volvamos al texto


Nadie hoy se detiene a reflexionar sobre la electricidad antes de encender una lámpara. No pensamos en la ingeniería de los reservorios, la altitud que deben tener para usar la fuerza de la gravedad, y otras cosas parecidas cuando abrimos el grifo. Ni comprendemos toda la cadena que permite a un avión cruzar el océano.

Simplemente usamos.

Con la inteligencia artificial sucederá lo mismo.

Pero existe una diferencia importante.

La electricidad no interpreta por nosotros. Así como el agua corriente no piensa por nosotros.

La inteligencia artificial, de cierto modo (y sin ser inteligencia, solo lógica muy rápida), interpreta. Resume. Organiza. Prioriza, Sugiere. Ella toca justamente aquello que consideramos más humano: nuestra capacidad de comprender, que a su vez conecta con nuestra capacidad creativa.

Tal vez por eso nos obligue a volver a una pregunta muy antigua.

Cuando un intérprete de la Ley preguntó a Jesús cómo heredaría la vida eterna, Jesús respondió con dos preguntas:

“Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” (Lucas 10:26, RVR1960)

Siempre me impresionó que Jesús no preguntara solo qué estaba escrito. Él preguntó cómo aquel hombre leía.

El problema nunca fue solo el texto. El problema es también el lector.

Eso vale para la Biblia. Vale para la historia. Vale para la política. Vale para la propia inteligencia artificial.

No estamos solo formando respuestas. Estamos formando lectores.

Tal vez sea justamente aquí que la iglesia necesite recuperar algo que fue perdiendo a lo largo del tiempo.

Un amigo me preguntó recientemente si no tengo miedo de que un proyecto de inteligencia artificial dirigido a predicadores haga que los cristianos piensen menos.

Mi respuesta fue incómoda hasta para mí.

Tal vez hayamos desistido del pensamiento crítico mucho antes de la inteligencia artificial. Hace mucho tiempo aprendimos a leer la Biblia a través de los comentarios. Elegimos autores que confirmen nuestra tradición, nuestra escuela teológica, nuestras preferencias. Muchas veces conocemos mejor a los intérpretes que al propio texto.

Calvinistas y arminianos (por no hablar de los molinistas y otras corrientes), por ejemplo, frecuentemente se acusan mutuamente de forzar las Escrituras. Tal vez ambos deberían empezar por la misma pregunta de Jesús:

“¿Cómo lees?”

Eso no significa despreciar la tradición.

Muy por el contrario.

Pedro escribe que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada (2Pedro 1:20-21, RVR1960). Pablo afirma que el espíritu de los profetas está sujeto a los propios profetas (1Corintios 14:32-33, RVR1960). La interpretación bíblica nunca fue una experiencia aislada, casi mística, entre un individuo y su texto (de hecho las sectas surgen así). Siempre ocurrió en la vida del pueblo de Dios, donde hermanos corrigen a hermanos, generaciones dialogan entre sí y la propia Escritura juzga nuestras conclusiones.

La revelación fue entregada a la iglesia, no al individuo. Basta solo considerar cómo la iglesia resolvió la gran disparidad sobre la inclusión de los gentiles en el pueblo de Dios. Los apóstoles y ancianos se reunieron, escucharon diferentes testimonios, examinaron las Escrituras y llegaron juntos a una conclusión (Hechos 15:1-29, RVR1960). No fue una solución de compromiso político, sino de compromiso común ante la acción de Dios y su Palabra. Sin aquel concilio, probablemente ni tú ni yo habríamos sido alcanzados por el evangelio de la misma forma.

Eso hace toda la diferencia.

Recientemente escuché a Luis Felipe Pondé defender la vuelta del examen oral como elemento mitigador del uso de las inteligencias artificiales por parte de los alumnos. Me pareció una idea interesante. Un examen escrito puede revelar que alguien organizó bien la información. Pero una conversación revela algo más profundo. Descubre rápidamente si ese conocimiento se volvió carne o sigue siendo solo repetición.

Tal vez sea exactamente por eso que Jesús hacía tantas preguntas.

Él no estaba coleccionando respuestas.

Él estaba formando personas.

Y las personas no maduran solo acumulando información. Maduran cuando necesitan responder ante alguien.

Es curioso notar que la propia inteligencia artificial nos empuja de vuelta a esa necesidad. Ella puede resumir bibliotecas enteras, comparar traducciones, encontrar paralelos, organizar argumentos. Todo eso tiene un enorme valor. Yo mismo la utilizo diariamente.

Pero ella no pertenece al Cuerpo de Cristo (1Corintios 12:12-27 RVR1960)

Ella no participa de la comunión de los santos.

Ella no visita a un enfermo. No acompaña a un enlutado. No reparte el pan. No celebra la Cena. No camina al lado de alguien cuya fe está desmoronando.

Esas cosas siguen sucediendo entre personas.

Tal vez ese sea el verdadero desafío de nuestro tiempo.

No decidir si usaremos inteligencia artificial. Recuerda lo que ya pasó con la máquina a vapor, la máquina de escribir, la computadora, el procesador de texto, etc.

La usaremos. De forma consciente o no.

La pregunta es otra.

¿Continuaremos permitiendo que la Palabra de Dios ocupe el centro (2Tim. 3:16-17; Hebreos 4:12, RVR1960), o se convertirá solo en una voz más entre comentarios, algoritmos, videos, resúmenes y opiniones?

Al final, la tecnología fue solo el punto de partida.

La pregunta sigue siendo la misma de hace dos mil años.

¿Cómo lees?

Milagros del cotidiano

Todo pasaje conocido corre un riesgo

Por lo general, cuando leemos un pasaje bíblico por primera vez, o escuchamos una primera predicación sobre él, formamos una idea al respecto. Y, como suele suceder, la primera impresión termina quedándose. Todos desarrollamos una manera de interpretar ciertos textos de las Escrituras. Quizás, más tarde, volvamos a ellos para sacar otras lecciones. Pero, una vez que llegamos a una conclusión, es muy difícil ver el mismo pasaje de otra manera.

¿Qué es lo que normalmente cambia esa mirada? A veces, una experiencia de vida. A veces, el tiempo. Otras veces, nuevos aprendizajes. Pero, sobre todo, la disposición de seguir buscando, sin conformarse con la primera lectura. La primera lectura es solo la antesala de un banquete mucho mayor.

Quizás sea justamente eso lo que nos falta. Somos criaturas de hábito. Y el hábito, cuando llega a la Biblia, puede impedirnos ver nuevas tonalidades del mismo texto.

Uno de esos pasajes es el inicio de Juan 6.

Es un texto tan conocido como la parábola del hijo pródigo o la crucifixión de Jesús. Y, casi siempre, terminamos en la misma conclusión: “Entregale a Jesús lo poco que tenés”.

Esa conclusión no está equivocada. Al contrario, hace justicia al texto.

El problema es que, cuando llegamos demasiado rápido a la conclusión, dejamos de apreciar el paisaje.

¿Por qué creer en esta historia?

El relato de la alimentación de la multitud aparece en los cuatro Evangelios. Eso, por sí solo, ya llama la atención. Al fin y al cabo, Juan es bastante diferente de los otros tres evangelistas. Mateo, Marcos y Lucas son llamados sinópticos porque siguen una estructura muy similar. Juan escribe de otra manera.

Y él explica por qué.

Al final de su Evangelio, afirma que Jesús realizó muchos otros signos que no fueron registrados, “pero estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.

Nada allí es ocasional.

Juan elige cuidadosamente los acontecimientos que narra. Y no es por casualidad que coloca la multiplicación de los panes antes del gran discurso sobre Jesús como el Pan de Vida.

Además, los Evangelios fueron escritos cuando aún había muchas testigos vivos de esos acontecimientos. Treinta años habían pasado desde la muerte y resurrección de Cristo. Era tiempo suficiente para que los apóstoles percibieran la necesidad de registrar por escrito aquello que la Iglesia anunciaba desde el principio, pero aún había gente capaz de confirmar o negar esos hechos.

O esta historia ocurrió, o sería una mentira monumental.

No hay mucho espacio entre una cosa y otra.

Y una comunidad que estaba dispuesta a morir por aquello que anunciaba difícilmente construiría su mensaje sobre una fábula tan fácilmente desmentida.

Partiendo, entonces, del supuesto de que estamos ante un hecho verdadero, vale la pena observar algunos detalles.

¿Quién preparó ese almuerzo?

Jesús enseñaba a una multitud enorme.

Hablar al aire libre para cinco mil personas ya sería, por sí solo, un desafío extraordinario. Era necesario mantener la atención, hacer que el mensaje llegara a los que estaban más lejos, no perder el hilo de la conversación.

Pero llega un momento en que surge una preocupación muy simple.

¿Quién va a alimentar a esta gente?

Jesús llama a Felipe y le pregunta dónde podrían comprar pan para tanta gente. El propio texto explica que Jesús hacía esto para probarlo, pues sabía muy bien lo que iba a hacer.

Las pruebas siempre son más para nosotros que para Dios. No sirven para probar nuestra fidelidad a Él. Sirven para revelarnos a nosotros mismos quiénes realmente somos.

Felipe mira la situación y responde de la manera más honesta posible. Ni doscientos denarios —prácticamente el salario de doscientos días de trabajo— serían suficientes para que cada persona recibiera un pequeño pedazo de pan.

Entonces aparece Andrés.

Y hace exactamente lo que ya había hecho en el primer capítulo del Evangelio. Allí, encuentra a su hermano Simón y lo lleva hasta Jesús. Ahora encuentra a un niño y hace lo mismo.

“Aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces…”

Juan es el único evangelista que cuenta esto.

Es el único que dice que los panes eran de cebada.

Es el único que menciona al niño.

Y esto despierta una serie de preguntas.

¿Quién preparó ese almuerzo?

¿La madre?

¿El propio niño?

¿Quién pensó que pasaría el día fuera y necesitaría llevar comida?

La cebada era el pan del pueblo simple. No de la miseria absoluta, sino de la mesa cotidiana de los trabajadores. Y esos peces probablemente eran pequeños peces salados, usados más como acompañamiento que como alimento principal.

Era una vianda común.

Nada extraordinario.

Y quizás sea justamente ahí donde reside lo extraordinario.

El Dios que sigue creando

Nosotros solemos esperar que Dios intervenga suspendiendo las leyes de la naturaleza.

Pero este signo comienza justamente con la naturaleza funcionando perfectamente.

Hubo lluvia.

Hubo tierra.

Hubo siembra.

Hubo cosecha.

Alguien molió la cebada.

Alguien horneó el pan.

Alguien pescó esos peces.

Alguien preparó ese almuerzo.

Y solo después Jesús lo tomó en sus manos.

Juan llama a estos acontecimientos señales.

Y una señal siempre apunta a algo mayor.

Quizás esta apunte justamente al hecho de que Dios no ha desistido de su creación.

Vivimos rodeados de una espiritualidad que parece desear escapar del mundo. Como si la creación fuera solo un lugar provisional del cual el alma necesita huir.

El Evangelio apunta en la dirección contraria.

El Verbo se hizo carne.

Dios entró en la creación.

Y, ante aquella multitud, eligió realizar una señal utilizando exactamente aquello que la propia creación había producido y que manos humanas habían preparado.

El Reino no comienza destruyendo el mundo.

Comienza restaurándolo.

Por eso, quizás la gran lección de este texto no sea solo entregar a Jesús lo poco que tenemos en las manos.

Quizás sea aprender a mirar el cotidiano con otros ojos.

Porque Dios sigue haciendo lo extraordinario a partir de lo ordinario.

Cinco panes de cebada.

Dos peces.

Un niño anónimo.

Una familia que jamás imaginó que el almuerzo preparado esa mañana formaría parte de la historia de la redención.

Quizás sea justamente así que Dios sigue trabajando.

Y quizás nosotros estemos buscando sus milagros en el lugar equivocado.

¿A quién debe juzgar la iglesia?

Hay algunos temas que, a lo largo de los años, se han vuelto prácticamente prohibidos dentro de la iglesia. Uno de ellos es el juicio. Basta que alguien cite “no juzguéis, para que no seáis juzgados”, y parece que toda la conversación termina ahí. Como si Jesús hubiera prohibido cualquier forma de discernimiento, cualquier forma de corrección, cualquier forma de disciplina.

El problema es que la iglesia terminó absorbiendo mucho más de la cultura a su alrededor de lo que imagina. Empezamos a llamar amor a lo que la Escritura jamás llamó. Un amor que nunca confronta, nunca corrige, nunca llama al arrepentimiento. Un amor que solo acoge. Pero ese no es el amor bíblico. El amor de Dios jamás es irresponsable. Es paciente, misericordioso y lleno de gracia. Pero justamente por amar, también corrige.

Por eso la pregunta no es si la iglesia puede juzgar. La pregunta es otra: ¿a quién debe juzgar la iglesia?

Pablo responde de manera sorprendente. “¿Pues qué me importa juzgar a los que están fuera?” Y, antes de que alguien saque una conclusión precipitada, él mismo explica. Cuando escribió para no asociarse con personas libertinas, avaras, idólatras, maldicientes, borrachas o ladronas, no estaba hablando de los que pertenecen al mundo. Porque, si fuera así, dice él, “sería necesario salir del mundo”.

Esta observación cambia completamente la discusión.

El problema nunca fue convivir con pecadores. Si ese fuera el problema, Jesús jamás se habría sentado a la mesa con publicanos y prostitutas. La iglesia no fue enviada para huir del mundo, sino para anunciar a Cristo al mundo.

Entonces, ¿de quién está hablando Pablo?

De aquel que se dice hermano.

De aquel que desea ser reconocido como miembro del cuerpo de Cristo, participa de la comunión de la iglesia, pero decidió permanecer en rebeldía contra Cristo sin ningún arrepentimiento.

La diferencia no está en la gravedad del pecado. Está en la verdad de la comunión.

Porque el perdido normalmente sabe que está perdido.

El autoengañado cree que encontró a Cristo mientras sigue caminando en la dirección opuesta.

Es justamente ese autoengaño que la iglesia no puede confirmar.

Pero para entender esto necesitamos retroceder un poco.

En Mateo 18, Jesús presenta el camino de la disciplina. Si tu hermano peca contra vos, andá a hablar con él. Solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano. Si no te escucha, llevá testigos. Si aun así no escucha, decíselo a la iglesia. Solo después de haber recorrido todo este camino es que Jesús dice que lo traten como gentil y publicano.

Notá que, desde el principio, el objetivo nunca fue expulsar a alguien.

El objetivo siempre fue ganar al hermano.

La disciplina es el último recurso cuando todos los intentos de restauración han fracasado.

A primera vista, parece un problema personal. Un hermano pecó contra otro hermano. Pero solo a primera vista.

Porque el Nuevo Testamento va a revelar que ningún pecado dentro de la iglesia es solo un problema entre dos personas.

Cuando Saulo perseguía a los cristianos, Jesús no preguntó: “¿Por qué perseguís a mi iglesia?”

Preguntó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me perseguís?”

La agresión contra el cuerpo fue tratada como una agresión contra la propia cabeza.

Más tarde, el propio Pablo desarrollará esta verdad. La iglesia es el cuerpo de Cristo. Si un miembro sufre, todos sufren. Si un miembro enferma, todo el cuerpo enferma. “¿Quién se debilita, que yo también no me debilite?” Y a los corintios les escribe como quien siente “dolores de parto” por esos hermanos.

Entonces la disciplina deja de ser un conflicto entre dos personas.

Pasa a ser una cuestión del propio cuerpo de Cristo.

Cuando un miembro enferma, el resto del cuerpo no puede fingir que nada pasó. Tampoco puede amputarlo por conveniencia. El cuerpo moviliza todo lo que posee para restaurarlo.

Es exactamente eso lo que ocurre en 1 Corintios 5.

La iglesia estaba orgullosa de una tolerancia que Pablo considera incompatible con el evangelio. Un hombre vivía públicamente en pecado, se negaba al arrepentimiento, y la iglesia seguía tratando aquello como si fuera solo una expresión de la gracia.

Pablo reacciona.

No porque ese hombre estuviera más allá de la gracia.

Sino porque la iglesia estaba usando la gracia para confirmar una mentira.

Entonces él ordena que ese hombre sea apartado de la comunión.

Este quizás sea uno de los textos más duros del Nuevo Testamento.

Pero solo hasta que leemos el motivo.

El objetivo no es destruirlo.

No es preservar la imagen de la iglesia.

No es demostrar superioridad moral.

Es para que despierte.

Es para que deje de vivir en el peor estado espiritual posible: creerse unido a Cristo mientras rechaza, deliberadamente, el señorío de Cristo.

La disciplina no rompe la comunión.

Solo hace visible una ruptura que ya ocurrió en el corazón.

Pero la historia no termina ahí.

Años después, escribiendo nuevamente a los corintios, Pablo manda hacer el movimiento inverso. Ahora es tiempo de consolar. Es tiempo de confirmar el amor. Es tiempo de recibir nuevamente a ese hermano, para que no sea consumido por excesiva tristeza.

Independientemente de si se trata exactamente de la misma persona o de otro caso, el principio permanece idéntico.

El mismo apóstol que mandó apartar ahora manda restaurar.

Porque el objetivo nunca fue perder a alguien.

Siempre fue recuperarlo.

Es por eso que Hebreos afirma que Dios corrige a quien ama.

No corrige porque dejó de amar.

Corrige justamente porque ama.

Quizás el mayor error de la iglesia contemporánea sea separar estas dos cosas.

Hay iglesias que hablan tanto de gracia que abandonaron la disciplina.

Hay iglesias que hablan tanto de disciplina que olvidaron la gracia.

El evangelio no permite ninguno de estos extremos.

La iglesia no disciplina porque se considera mejor.

Disciplina porque entiende que un miembro enfermo compromete todo el cuerpo.

Y restaura porque entiende que ese mismo miembro sigue siendo objeto del amor de Cristo.

Al fin y al cabo, la marca del cristiano nunca fue la perfección.

Tampoco es el conocimiento bíblico, los dones espirituales o la reputación.

La marca del cristiano es el arrepentimiento.

Mientras existe arrepentimiento, existe comunión.

Cuando desaparece, la iglesia ama lo suficiente para corregir.

Y, cuando reaparece, ama lo suficiente para restaurar.

Es así como Cristo trata a su cuerpo. Y es así como el cuerpo de Cristo debe aprender a cuidarse a sí mismo.

¡Vencimos!

Una visión pesimista del fin de la pandemia

Aviso para los navegantes: este es un trabajo ficticio escrito durante la pandemia de COVID19. Todavía estamos en aislamiento social y, quizás, vamos para un lockdown.

Esteban d. dortta – Maio 15 2020

¡Finalmente vencimos!

Después de meses de lucha, confinamiento y al costo de varias vidas, logramos superar el virus que afectó terriblemente a la humanidad durante más de un año. Parece mentira que podamos caminar libremente de nuevo por las calles, respirar aire fresco, tomar un café en la panadería, reunirnos con amigos nuevamente.

Gradualmente, la sociedad se está recuperando de su letargo forzado que se le impuso para sobrevivir. Es cierto que se han perdido muchos trabajos y muchos de ellos para siempre. Pero también es cierto que algunas cosas que solíamos hacer de una manera comenzamos a hacerlo de otra.

Lejos está el tiempo de miedo y temor que este virus nos ha causado. Junto con el miedo, la ansiedad, la incertidumbre, la inquietud de no saber cuál de los nuestros en qué rincón del mundo iba a contraer el virus han pasado.

El falso sentimiento de seguridad que brinda la rutina, plácidamente comenzó a apoderarse de nuestros corazones. Así como el cálido sol de una mañana de otoño calienta nuestras espaldas, poco a poco nos estamos calentando y olvidando el terror del aislamiento. Detrás está la calamitosa dependencia de verdaderos amigos, familiares, Dios. Al final, ¿quién, realmente, necesita alguno de ellos ahora que estamos bien?

No más frases de aliento o calidez, no más consejos sobre cómo amar a tu prójimo en una situación de coexistencia forzada, no más oraciones en la comunidad o expresiones de anhelo. Quien necesita mi esfuerzo y dedicación, quien realmente merece toda mi atención es la profesión, el trabajo, … el dinero. Después de todo, ¿quién vive sin él?

De a poco vamos mintiendo y engañando unos a otros diciendo que aprendimos muchas cosas durante la pandemia. Pero, ¿qué aprendemos realmente si, tan pronto como podemos, hacemos las mismas cosas que antes?

¿En qué hoy, a mediados de 2021, somos mejores de lo que éramos a fines de 2019? ¿Nos hemos vuelto más honestos en nuestro negocio? ¿Tenemos más piedad para los demás? ¿Somos más amorosos con nuestros hijos? ¿Le damos a nuestro cónyuge más tiempo? ¿Dejamos tiempo libre solo para estar solos y pensar?

¡No, obviamente no! ¡Esto es para los débiles! Para los tontos que no entienden que lo que realmente importa es correr día tras día. Esto es solo para aquellos que están interesados ​​en cosas que parecían ser importantes por un tiempo, pero lo que realmente importa es estar fuera de mí: las cosas que no tengo, los amores que no tuve, los viajes que no hice otras cosas similares a estas

Pero no puedo decir eso, «es mal vistol». Por eso mentimos y decimos que hemos aprendido, que somos diferentes, que la sociedad es mejor. Y es por esta misma razón que miento que estoy mintiendo y hablo conmigo mismo y repito hasta que el convencimiento de que «salimos mejor de lo que entramos, ¡Ganamos!

Una vida abandonada

¿Alguna vez has visto una de esas películas donde se encuentran amigos de liceo o la universidad? Por lo general, da lugar a una comedia, por supuesto. Casi nadie trae otra cosa a no ser risas sobre sí mismo.

En situaciones ideales, se espera que la persona sea o esté mejor ahora que hace 20 años y, por supuesto, hay cosas que están fuera del control de la persona (una enfermedad, un accidente, un proyecto que no funcionó debido a condiciones externas) y otras que solo dependían de ser descubiertas nuevamente.

Tómate tus cinco minutos y retrocede en el tiempo. Relájate y recuerda cómo eras hace cinco, diez, quince, veinte años. ¿Que ha cambiado? ¿Qué ha cambiado (para bien o para mal) el resultado de tus esfuerzos? ¿Puedes reclamar ser el responsable por las cosas que han cambiado en ti? ¿Fuiste un sujeto pasivo o activo en movimiento o permanencia?

Imagínate en otra situación. Imagina contarle a alguien sobre tu trayectoria hasta ayer. ¿Como sería? «¿Esto y aquello es mejor por esta y aquella razón»? ¿»Fulano(a) me ayudó mucho en este sentido»? ¿O está más lleno de líneas como «No podría hacer esto o aquello porque un hombre me detuvo»? o quizás «¿El sistema (mundo, demonio, iglesia, sociedad, club) me impidió hacer esto y aquello que era mi sueño»?

Gálatas y 2 Pedro

Hay dos pasajes que me gustan mucho: Gal.5: 22-26 y 2 Pedro 1: 1-9

En el primero, Pablo dice que el fruto del Espíritu es «amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio». Este texto es maravilloso porque estas cosas ponen de manifiesto la vida del Espíritu en nosotros. Obviamente, sé que los legalistas de turno generalmente leen y dicen «debemos tener amor, debemos tener gozo, debemos …» y no pueden ver que es un fruto (uno) del Espíritu en la vida del creyente. Si dejamos a un perro bien alimentado y libre a nuestro lado, es feliz. No hay razón para ser infeliz si tiene las tres cosas que más le gustan: comida, calor y su tutor. Él manifestará su alegría espontáneamente y nos hará saber sin lugar a dudas que es feliz. Así también, si el Espíritu del Señor se deja libre en nosotros, naturalmente produce «amor, alegría … autocontrol». No hay forma de que el Espíritu Santo produzca otra cosa. Sin embargo, el legalista, porque no sabe nada sobre la libertad, traducirá «debemos» en lugar de «el fruto es …»

Pero tenemos 2 Pedro 1: 5. Aquí Pedro comienza con un verbo que causa repulsión en ciertos cristianos: «Poniendo toda diligencia … añadid«. Causa asco porque, en su opinión, todo sucede solo por la obra de Dios y nada de lo que se hace dentro de la vida del cristiano puede, de ninguna manera, depender del mismo cristiano. Entonces, así como el legalista lee mal a Gálatas, el libre lee mal 1 Pedro.

Para el apóstol Pedro (aquel de la declaración de fe, del Monte de la Transfiguración, del Pan y el Pescado, de Getsemaní, de la Negación, de la Cruz, de la Resurrección) hay un lugar enorme para el compromiso de ser cristiano. Sí, el ser cristiano, porque el texto lo ve como una consecuencia de lo que el creador ya ha hecho: «Por esta misma razón»

Para Pedro, la vida de ser cristiano es una sucesión de pequeños destinos similares a la ruta de un autobús circular. Como si fueran capas, comienza diciendo que agreguemos virtud a la fe. Obviamente, esta fe no es el resultado del esfuerzo personal. En esto está de acuerdo con Pablo (Efesios 2: 8,9) y con Jesús mismo, el Cristo (Juan 6: 28-29) en que la fe es el fruto de la intervención de Dios en la vida del hombre. Sin el Cristo resucitado en la cruz, no habría posibilidad de esta fe (Juan 12:32; 44-46; 6:44). Sin fe, nada en la vida cristiana es posible. Sin fe, las personas pueden emular atributos cristianos, pero eso es todo. A la persona le puede gustar algún credo cristiano, la Biblia, las alabanzas, la predicación, la iglesia local, las acciones que promueve, pero no puede haber vida sin esta fe. Sin entrar en este asunto, pero solo para proporcionar más combustible, la fe no es la ausencia de dudas, sino la plena certeza de que Dios no es Dios por hacer o probar algo para demostrar su existencia.

Un poco de análisis y una tarea

Bueno, sigamos adelante. «Esfuérzate por agregar virtud a tu fe». Un sinónimo muy agradable y simple de virtud es dignidad.

Luego viene la prueba de cómo va tu vida: ¿es ella digna? ¿Es digna del llamado cristiano? ¿Es digna en la privacidad? ¿Es digna con los demás? ¿Es digna para ti, en tu intimidad? ¿Es digna para aquellos que no creen?

Pero justo ahí también está la cuestión del tiempo. A diferencia de la fe que puede (casi siempre tiene, por cierto) un momento preciso en el tiempo en que surge, la virtud (o dignidad) no tiene una fecha precisa en el momento en que surge y usted dice «fue el 29 de febrero de 1900 y alguna cosa que me hice una persona digna ”. Obviamente, puede haber fechas como esta, cuando tienes una epifanía y descubres que había algo en tu vida que no valía la pena o que no era muy virtuoso, y desde entonces comenzaste a construir. Pero quiero decir que la virtud se construye poco a poco. Es uno de esos atributos que se ve no de inmediato, sino a lo largo de los años y, según Pedro, requiere compromiso. No ocurre automáticamente (aunque es natural al ser cristiano) pero requiere dedicación, celo, deseo, cuidado, oído atento, paciencia, entrega.

Lo mismo puede decirse del resto. Y esa es tu tarea.

Por lo tanto, lo que aparece a continuación es un análisis de la secuencia y de los sinónimos falsos.

Hay una secuencia Pedro pone la lista en un cierto orden. Ten en cuenta que este orden es diferente de lo que haríamos. Por ejemplo, ¿no enumerarías el amor antes de la hermandad (amor fraternal)? ¿O el conocimiento antes que la virtud? ¿O piedad antes de la perseverancia?

Por supuesto, si has sido adoctrinado en la vida cristiana, puede ser que tu espíritu crítico haya sido cercenado. Pero si fuiste discipulado, se te enseñó a hacer preguntas, a ser un interrogador, un investigador, un navegante de las profundidades del texto bíblico y un apreciador de la superficie y la simplicidad de algunas joyas bíblicas.

De todos modos, los invito a pasar tiempo pensando en el orden de esta lista. Se honesto, ¿harías esta lista en ese orden? Por qué No voy a dar más detalles sobre esto, ya que el camino ya se ha indicado y quiero llegar a la vida abandonada de inmediato.

Quizás el mismo texto pueda ayudarte en otra versión que no sea común para ti. Por ejemplo, «Nueva Traducción Viviente»:

En vista de todo esto, esfuércense al máximo por responder a las promesas de Dios complementando su fe con una abundante provisión de excelencia moral; la excelencia moral, con conocimiento; el conocimiento, con control propio; el control propio, con perseverancia; la perseverancia, con sumisión a Dios; la sumisión a Dios, con afecto fraternal, y el afecto fraternal, con amor por todos.

2 Pedro 1:5-7

El abandono de la propia casa

Ya sea porque la persona es legalista o porque es libre, corre el peligro de abandonarse a sí mismo. Quizás él mismo no se da cuenta de esto. Día tras día y poco a poco, sin darse cuenta, abandona el puesto.

Para que una casa bien construida se derrumbe, solo se necesitan dos cosas: descuido y tiempo. Una simple gotera en el techo termina la carpintería, pero antes de que nos demos cuenta, el agua ya se ha infiltrado y terminó con un muro. Podemos decir lo mismo sobre las hormigas, la falta de limpieza, etc.

Pedro dice que «si estas cualidades existen y están creciendo en tu vida, te impedirán, en el pleno conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, ser inoperante e improductivo» (1 Pedro 1: 8)

En el mundo evangélico, ser inoperante significa dejar ir a la congregación y ser improductivo y no evangelizar. Pero eso no le hace mucha justicia al texto. Pedro ni siquiera menciona estas cosas. Pedro no lo lleva al nivel institucional, sino al personal cuando dice esto en el siguiente versículo: «Sin embargo, si alguien no los tiene, son ciegos, solo ven lo que está cerca, olvidando la limpieza de sus viejos pecados» (1Pedro 1: 9)

Volviendo al ejercicio al principio, comparas tu vida con la tuya hace cinco, diez, veinte años y dices: «Uau, ese tipo no creció» o también «¡Epa!, se dejó; se abandonó a sí mismo». ¿Dónde está su crecimiento? «Y» Uau, qué triste, sigo siendo el mismo tonto que hace dos décadas «

Lejos de fortalecer los sentimientos de culpa (la culpa y la ira son consejeros terribles) lo que estoy buscando aquí es el autoanálisis. Estar en las filas cristianas no es como subir a un carro de montaña rusa y ser llevado aquí y allá de una manera puramente pasiva. Tampoco es formar parte de ninguna institución cristiana, aunque la ejecución de lo que está en tu corazón puede llevarte a pertenecer a una institución para hacer posible Su sueño. Mucho menos es tener todos los problemas resueltos y vivir en plena paz y armonía con todos.

Estar en las filas cristianas es un llamado constante al servicio y la muerte personal. Dos cosas que el ser humano natural detesta fervientemente. No es una guerra contra el pecado que está en el otro (aunque el pecado como sistema necesita ser denunciado), sino contra lo que en mí no es como Cristo. Es una lucha no contra la injusticia social (aunque un corazón cristiano debe sangrar y protestar activamente contra ella), sino contra la injusticia que yo mismo provoco en el ámbito personal, familiar, social y corporativo. No es una lucha contra la pandilla de políticos que erode las finanzas de la gente común (aunque debemos utilizar todos los medios a nuestro alcance para exigir más transparencia y alternancia política en el poder), sino contra lo que en mí no respeta las cosas de los demás y solo busca ganancia propia

Pedro dice que quien no tiene estas cosas es ciego. No del todo, pero una persona con visión corta. No solo deja de ver el cumplimiento del llamado que ha recibido, sino que tampoco puede ver (recordar) la limpieza de sus pecados anteriores. En la línea de tiempo, él está en un valle. No hay memoria ni esperanza. Todo es picos muy altos e inalcanzables. Sombras Frío Desorientación En tal condición, lo más seguro para el peregrino parece ser quedar callado, arrinconado, cada vez más encogido en un último acto de preservación.

Pedro enseña que la forma de madurar en la vida cristiana es a través del cultivo sistemático de la virtud, el conocimiento, el autocontrol, la perseverancia, la piedad, la fraternidad y el amor. Solo si estas cualidades están presentes (y no como algo estático sino dinámico: «están creciendo en su vida») se les impedirá ser inoperantes e improductivos.

Última perla

Finalmente, hay una pequeña gema en el versículo 11: «para que se te proporcione una riqueza cuando entres en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» Obviamente, en opinión de Pedro, el Reino es escatológico; es decir, se cumple y se manifiesta solo al final de la historia (personal o global) y esto no contradice el hecho de que el Reino se está construyendo aquí y ahora con cristianos responsables.

Para Pedro, la vida cristiana recoge en el Reino eterno lo que sembró aquí en esta vida. A diferencia de la visión profana de la Edad Media en la que los pobres se consolaron superficialmente con la idea de que ser pobre era bueno porque iba a ser recompensado en el futuro postmortem mientras no explicaba cómo podría existir una iglesia institucionalizada extremadamente rica, el enfoque aquí es desarrollo personal y sus eternos desarrollos.

Ser pobre no es ser humilde o una garantía de ser una mejor persona que una persona acomodada. Ser rico no es sinónimo de orgullo o fatalidad. Si paras para analizar, veras que estás de acuerdo conmigo en que estas cosas son externas.

La lista de cosas que Pedro menciona es de naturaleza íntima. Tiene que ver con cómo el ejército obtiene sus suministros en el camino antes de llegar a su lugar de descanso final. Tiene que ver con obtener más y más recursos espirituales cada día para la época que vendrá.

Realmente no nos gusta hablar de eso. En general, nos gusta pensar que la vida eterna comienza solo después de la muerte y que nada de lo que hacemos aquí afecta la vida allí. Pero la Biblia enseña algo más. Y lo hace en repetidas ocasiones. Como ejemplo, recuerde 1.Cor.3: 1-15, Santiago 2: 18-22, Heb. 6 6

Si quieres entrar en el Reino eterno ricamente, entonces continúa agregando a tu fe virtud, a la virtud conocimiento, al conocimiento autocontrol, al autocontrol perseverancia, a la perseverancia piedad, a la piedad fraternidad y a la fraternidad amor.

La salvación no es por obras y está garantizada. Note que Pedro en ninguna parte dice algo como «Si no hacen esto, arderán en el fuego eterno». No. Él dice: «cuando entras en el Reino». La entrada al reino depende de la fe recibida que apunta a la muerte de Cristo en la cruz. Una cosa ganada por gracia no puede ser anulada por las obras y si lo fuera, no podría ser restaurada ya que sería una ofensa no solo para Cristo, sino para todo lo que representa su muerte en la cruz. (Hebreos 6: 4-6)

Construye tu casa de nuevo. Tómate el tiempo para tu vida personal. No te abandones a ti mismo. Se pagó un alto precio por ello.

¿Es el diezmo una práctica cristiana?

AVISO A LOS NAVEGANTES; Como todo artículo, éste busca provocar el pensar del lector y no instruir sobre cómo actuar. Sin embargo, en un asunto tan delicado vale hacer una reserva: Si usted tiene la práctica de entregar un porcentaje de sus ingresos regularmente en su iglesia local; si lo hace con alegría y pureza de corazón; si con esto está esperando absolutamente nada a cambio, entonces nada cambie. Si su iglesia local, en el ejercicio de su más plena libertad decidió – con la anuencia de sus miembros – que es importante cada uno de sus miembros entregar una cierta parcela fija de forma regular para el mantenimiento de sus programas y usted lo hace de forma feliz , libre y desinteresada: nada cambie.

El diezmo se presta hoy y desde hace largo tiempo para una interpretación simplista y de tendencias dominantes de una clase sobre otra. Dicho en otras palabras, le es dicho al miembro de la comunidad que se dice a Dios le bendecirá y de lo contrario, el devorador tomará cuenta.

Por supuesto que el texto usado es Malaquías 3:10. La interpretación dada, limita la lectura sólo a esos textos y no puede quien usa el texto observar (tal vez porque no le es conveniente) los textos que le siguen: El pueblo ya no veía diferencia entre el impío y el justo; prosperaban unos y otros. Cuando por fin hay una separación entre los que temían al Señor de los que no (v.16) no hay mención siquiera al diezmo, sólo la promesa de que «Entonces ustedes ver de nuevo la diferencia entre lo justo y el impío, entre los que sirven a Dios ya los que no lo sirven «(v.17) El problema que Malaquías levanta no es la cuestión del diezmo en sí, sino de la falta de obediencia. (v.6.7) el diezmo, en este texto, es sólo un síntoma en todo ese problema. Había un pacto que estaba siendo roto por parte del pueblo judío y la manifestación de esa quiebra era la falta de mantenimiento en la llamada casa de Dios. Y es justamente el retorno al pacto que Dios está cobrando.

Ahí estás leyendo y estás diciendo, o yo no estoy entendiendo nada o ese tipo está hablando lo mismo que yo creo. Avancemos.

Es muy probable que Malaquías estuviera esperando la misma reacción que el pueblo tuvo en el tiempo de Ezequías unos trescientos años antes (2Crón.32: 2ss) pero el análisis claro de él es que el pueblo se alejó de Dios y lo grita de todas las formas posibles.

Hay una base legal para lo que Malaquías está demandando. Simplemente usted no puede salir por ahí interpretando cualquier cosa olvidando la base legal ya que eso es forzar el texto a decir cosas que él no dice y por consecuencia, llevar a la gente a creer en cosas que Dios no refiere (tanto positivas y negativas)

Deuteronomio 26

Tal vez la más simple de ver y de hallar paralelos es la de Deuteronomio 26.

De ordinario separamos este capítulo en el versículo 16 dando inicio a la exhortación a la obediencia como si fuera una cosa separada de la anterior. Pero en realidad son cuatro engranajes de la misma pieza: la declaración de conformidad con la voluntad de Dios (v.3, 5-10a) la entrega de las primicias (v.1,2,4,10b, 11) la entrega de los diezmos (v. (v.12-15) y la confirmación del pacto de obediencia con sus consecuencias (v.16-19).

El paralelo surge porque Malaquías comienza reclamando que el pueblo se ha desviado y desobedecido (exactamente donde Deut.26 termina) y por consecuencia , dice Malaquías, el pueblo no se ha mostrado fiel en los diezmos (la penúltima parte de Deut.26) la cosecha no ha sido buena, las plagas han invadido los plantíos y no hay entonces de donde sacar las primicias (la segunda parte de Deut .26) con lo que llegan a una declaración de que «es inútil servir a Dios. ¿Qué ganamos cuando obedecemos sus preceptos y nos lamentamos ante el Señor de los ejércitos?» que es una antítesis a la primera parte de Deut.26

Así como la imagen que se forma en la retina es invertida, pero el cerebro recibe esta información y la transforma nuevamente en imagen correcta, necesitamos ver que Malaquías está trayendo a la memoria colectiva la repetición de la Ley (Deuteronomio significa repetición o segunda ley) Comienza con los síntomas hasta llegar a la causa. Dios no falló, el pueblo sí. Luego, el pueblo debe volverse a Dios y ese es el mensaje de Malaquías usando de modo magistral el diezmo como aferidor sintomático de la misma forma en que usamos un termómetro para verificar la temperatura del cuerpo.

Pero hay un detalle que escapa. Tal vez por inocencia, tal vez por ignorancia o tal vez por falta de escrúpulos. Deut.26: 12 dice: «Cuando hayan separado el diezmo de todo lo que en el tercer año, el año del diezmo, entreguen al levita, al extranjero, al huérfano ya la viuda, para que puedan comer hasta saciarse en las ciudades de ustedes «

El detalle que se pierde es este de» en el tercer año «. Ya analizaremos los demás, pero éste es importante. Algunos que se encontraron con esto ya me comentaron «ah, pero eso era por cuenta de que la producción era anual, pero ahora la ganancia es mensual» y me pregunto: ¿que tiene que ver papas con rieles de tren…?

Por favor, echar un vistazo honesto sobre Deuteronomio 14: 22-29. El texto es muy claro como para darle vuelta. Va a parecer hasta tonto intentar explicarlo porque es muy diáfano.

v.22 La orden dada es para separar el diezmo de todo lo que se produzca anualmente.

v.23 La orden es para comer ese diezmo en el lugar que el Señor escogía como habitación.

v24-25 Si el lugar es muy distante, cambie por metal es más fácil de transportar.

v.26a Con ese dinero, compre lo que quiera: Vacas, ovejas, vino u otra bebida fermentada o cualquier otra cosa que usted desee.

v.26b Con sus familias, coman y alegrense en la presencia del Señor.

O sea, dejame traducir por si no está claro: es un ahorro para el asado de fin de año con derecho a vino y sidra (La NTLH tiene una traducción hermosa sobre ese texto) Una gran fiesta para celebrar el Señor de la Vida. Es una fiesta plural, armoniosa, alegre.

El versículo 27 encierra eso diciendo «Y no se olviden de los levitas …»

Tal vez alguien se pudiera hacer de tonto, no entender bien cómo es eso de «no olvidarse de los levitas» entonces la Ley (una cosa que ni el propio Jesús puede cambiar, luego usted tampoco puede por más que quiera) dice así:

«28 Al final de cada tres años, traigan todos los diezmos de la cosecha del tercer año, almacenándolos en su propia ciudad, 29 para que los levitas, que no poseen propiedad ni herencia, y los extranjeros, los huérfanos y las viudas que viven en su ciudad vengan a comer y saciarse, y para que el Señor su Dios, los bendiciones en todo el trabajo de sus manos «

Antes que alguien salte, ya vi la promesa al final, no soy ciego. Pero ciego es quien no ve el tercer año. O, si quiere ser legalista, 1/3 del recibido sea este quincenal, mensual, trimestral, anual. Aplique como desee, pero nunca va a dar el 10% de todo lo que gana.

Assim como en el amor (amar al prójimo como a uno mismo) en el diezmo bíblico lo que viene primero es el asado, usted, su familia, sus seres queridos. Esto se hace por tres (algunos dirían dos) años consecutivos. Después de eso, lo mismo que usted iba a usar para su asado anual, lo dividirá entre cuatro grupos de personas: los levitas, los extranjeros, los huérfanos y las viudas.

Simplificando: Sí, el levita recibía 1/4 de 1/3 de 1 / 10 de la producción que es muy diferente de lo que ciertas personas incita a ser hecho.

Coloquemos un ejemplo: Digamos que en los últimos tres años usted ganó (diferencia entre inversión y retorno) R$ 12.000 Cada año, usted entonces separó R$ 1.200 ( 10% de 12.000) para comprar carne de vacuno, ovina, vino, cerveza y otras cosas que te gustan, rebanadas húngaras, torta holandesa, un buen café, etc. se reunió con otras familias amigas en la capital de su estado e hizo una fiesta. Sólo que al final del período no habrá fiesta; que se distribuirá entre tres grupos de su ciudad: el levita (si aún hubieran), los extranjeros (eso incluye a los musulmanes, budistas y otros que por ventura no van bien en la vida), la viuda (que es criticada en su ciudad porque es jovem pero no se casa) y el huérfano (que por falta de lo que hacer, practica pequeños hurtos para sobrevivir). Si fuese a partes iguales, usted donaría R$ 300,00 para cada grupo: 1200 /4

Los levitas como tales ya no están entre nosotros. (Necesitaba ser descendiente de la tribu de Leví y el culto en el templo ser restablecido) pero concedamos el punto de que se puede corresponder a los que lideran en las iglesias locales y no tiene otra o ninguna profesión.

Para facilitar la cosa, digamos que la congregación está compuesta de familias cuyo promédio de ingresos anuales es de R$ 12.000. Y que esta congregación decidió que va a practicar el diezmo bíblico (cosa que no estoy incentivando porque la Ley llega hasta el Cristo). Pero concedamos el punto apenas como un ejercicio mental. Digamos que estas familias pertenecen a uno de cuatro grupos formados para garantizar que haya un flujo regular (ya que si es para ser bíblicos, los primeros tres años son para la fiesta y el cuatro es para recoger y entregar el diezmo)

¿Usted pensó en cuántas familias debería tener esa iglesia? Pues es, al menos 200 familias en la condición de ganar R $ 12.000 en el año. Con cincuenta familias en cada grupo, cada grupo se uniria para hacer una barbacoa en el valor de R$ 60.000 y – por cuenta del escalonamiento – habría una contribución anual de R$ 15.000 (60/4) que divididos los doce meses daría un salario pastoral de R$ 1.250,00. Los otros R$ 45.000 anuales serían distribuidos entre las viudas, los huérfanos y los extranjeros.

Es obvio que estoy llevando las cosas al límite. Y es más obvio que no estoy haciendo apologética por la implantación del diezmo bíblico. Pero ya basta de ese engaño de decir que dar el 10% de sus ingresos tiene algo que ver con el diezmo bíblico.

Antes de Deuteronomio

Algunos citar Números 18:21 y Levítico 27: 30ss vamos a ellos.

Las dos citas son importantes porque son anteriores a la repetición de la Ley (o a la segunda ley) En Levítico 27:30, dice que todos los diezmos de la tierra pertenecen al Señor por ser consagrados a él y esa consagración es fáctica. Es decir, no tienes que consagrar lo que ya le pertenece al Soberano. La consagración por parte de la persona entra aquí como reconocimiento de una cosa que ya es así. Seria bueno entrar en los detalles, pero no es el foco.

Poco después en Números (y es importante resaltar poco después) los diezmos son entregados a los levitas» 21 Doy a los levitas todos los diezmos en Israel como retribución por el trabajo que hacen al servir en la Carpa del Encuentro» Este pacto es irrevocable (v.19) pero está suspendido. No hay levitas ni Tienda de Encuentro. Ni siquiera hay el Templo que sería el sustituto. Obvio que eso es campo para los escatólogos. No es mi caso. Basta decir que somos «Nación santa, real sacerdocio» (1 Pedro 2: 9) y que «La Ley trae sólo una sombra de los beneficios que han de venir, y no su realidad.» (Heb.10: 1a)

Pero, tanto Números como Levítico son anteriores a Deuteronomio.

Deuteronomio legisla sobre las leyes generales pronunciadas en estos dos pasajes.

Si su interpretación del diezmo no concuerda con la Deuteronomio, hay algo que no cierra en esa línea la lógica. Y como ya probamos que Malaquías es un espejo reverso de Deuteronomio 26 y éste está atado con Deuteronomio 14, no puede tomar sólo uno de los versículos, sino el paquete entero.

Pero antes de avanzar, déjeme repetir: Si su congregación local, el libre ejercicio de su voluntad decide que cada uno va a contribuir con cierta cantidad mensual, no peca. Ahora, si dicen que eso es el diezmo bíblico, cuidado, faltó apego a la escritura.

Melquisedec

Obvio que no se puede hablar de diezmos sin hablar en Melquisedec. Hasta el momento, sólo oigo hablar de él como modelo para dar los diezmos. Abram entregó los diezmos a Melquisedec y luego – siendo él el padre de la fe – quién es usted para no dar su diezmo?

Es otra de esas trampas montadas sólo para crear culpa y miedo. La culpa y el miedo no son buenos consejeros. Básicamente inhiben su cerebro de funcionar correctamente y usted entra en modo pánico. Entonces, si usted es un buen pastor, va a querer enseñar a su pueblo sobre Melquisedec y cómo en él Levítico 27:30 y Números 18:21 son revertidas. Si usted empieza a estudiar sobre él, es una cuestión de tiempo hasta percibir que la Ley es sólo un paréntesis protector, un ayo o tutor, sólo un andamio que sería retirado posteriormente.

Pero vamos a despacio.

Melquisedec es un viaje en el tiempo. Es una grieta sideral por así decirlo. Todo lo que sabemos de Melquisedec está claro, pero nada de lo que sabemos parece suficiente. Génesis 14: 17-24; Salmos 110 y Hebreos 7

Abram (el nombre aún no había sido cambiado) después de luchar al lado del rey de Sodoma, entrega los diezmos de todo lo que le correspondía a Melquisedec o al Rey de la Paz, Rey de la Justicia como puede ser traducido el nombre. Este rey de la ciudad de Salem (Jerusalén) bendice a Abram y acepta los diezmos pero no tiene ascendencia ni descendencia.

Después tenemos el Salmo profético 110 en que el blanco de la profecía (que entendemos ser Jesús el Cristo) es (no será) sacerdote eterno segundo el orden de Melquisedec. Es decir, libre, sin linaje, bendecidor del padre de la fe, eterno.

Pero hay un detalle – siempre esos detalles – que el libro de Hebreos (7: 4-10) resalta con maestría: «9 se puede decir que Levi, que recibió los diezmos, los entregó por medio de Abraham, 10 pues, cuando Melquisedec se reunió con Abraham, Levi aún no había sido engendrado «y es ahí donde el paréntesis de la Ley se cierra en ese asunto.

Conclusiones

Insisto que si usted tiene la práctica de entregar una cierta cantidad o porcentaje para su iglesia local, lo haga con alegría, libertad y liberalidad.

Sin embargo, mi problema es que llamamos esa práctica de diezmo y por encima decimos que es bíblico. El diezmo bíblico es otra cosa generalmente desconocida.

Si los argumentos que le han llevado a dar el 10% de su salario tiene que ver con la culpa o el miedo, entonces es muy probable que no sean argumentos válidos y tal vez ni bíblicos.

El argumento honesto es bueno: «Tenemos tales y cuáles gastos y hemos acordado contribuir con el 8% de nuestro ordenado a la iglesia local»

Quédate con este texto:

«Cada uno da como determinó en su corazón, no con pesar o por obligación, pues Dios ama a quien da con alegría.» 2 Cor. 9: 7

y sobre este tema no olvides

«como justos, recuperen el sentido común y paren de pecar, pues algunos hay que no tienen conocimiento de Dios, lo digo para vergüenza de ustedes» 1Cor.15: 34.

Stephen Hawking y su efecto en mi, un cristiano del siglo XIX

Cuando alguien muere, me gusta pensar y decir que para él no hay más secretos … o sea, no hay más misterios sobre la vida eterna, Dios, etc.

Si hay un hombre que merece respeto por su trabajo científico, es Stephen Hawking quien murió hoy.

Es muy probable que a lo largo de mi vida no tenga la oportunidad de volver a decir con tanta propiedad «para él no hay más secretos» no porque otros no piensen sobre la vida sino porque él se dedicaba a desvelar secretos. Deut.29:29 dice «Porque las cosas encubiertas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre» . Es decir, nuestro deber es investigar y desvelar secretos pues no hay como descubrir aquello que Dios no quiere que sea descubierto. Debemos ir a fondo en la jugada de entender cómo funcionan las cosas. Atrevernos a pensar diferente sin tener en cuenta las críticas, la burla, el desprecio de los demás que ni intentan o no tienen la capacidad de intentar.

Es obvio que para los miedosos e inseguros de turno, Stephen Hawking constituía una amenaza y no una fuente de inspiración así como lo constituye cualquier persona que se atreva a pensar por sí mismo y no a seguir la manada. Para ellos, el servicio a Dios está más en ocultar la verdad que en traer a la superficie lo que está ahí para ser descubierto, y en eso, Stephen Hawking lo hizo y en gran estilo.

Para mí, él está a la altura de Carl Sagan, Albert Einstein, Isaac Newton, Charles Darwin, Colón, etc. es decir, alguien digno de admiración por lo que hace y por cómo contribuye a la humanidad como un todo.

Todavía vamos a ver muchas cosas que serán aplicación directa e indirecta de los descubrimientos, ideas y teorías de él. Y de la misma forma vamos a ver los miedosos e inseguros de turno usando esas cosas de forma liberal sin tener la mínima noción de donde vinieron pues adoran en el altar de la ignorancia y el descuido intelectual lo que da lugar a una falsa fe que en nada contribuye para el, desarrollo del ser humano como ser humano.

Entonces, como dice Romanos 7:13, rendimos honor, tributo a quien la merece (sólo los locos pueden entender esto) «Por lo tanto, dad a cada uno lo que debéis: a quien tributo, tributo, a quien impuesto, impuesto, a quien temor , temor, a quien honra, honra »

Entonces, murió Stephen, ¡Qué viva Stephen!

 

https://g1.globo.com/ciencia-e-saude/noticia/morre-o-fisico-stephen-hanking.ghtml

Confesión, Arrepentimiento, Culpa y Remordimiento

Dicen – creo que jugando – que una religión es una creencia que te ayuda a sacar la culpa que otra religión colocó.

Juegos de lado, es común en el medio cristiano confundir culpa con remordimiento, remordimiento con arrepentimiento, arrepentimiento con confesión y confesión con cosa de Belzebu. En algunas situaciones esto es perfectamente comprensible, ya que más de mil años de obligatoriedad confesional nos colocó del otro lado del tatami. Pero vamos a separar los granos y tratar de entender mejor esta cuestión.

El remordimiento es una inquietud, un estado de abatimiento. Puede indicar culpa pero también sólo miedo de ser atrapado. Sentir remordimiento no es señal de salud espiritual pero la falta de remordimiento puede ser una mala señal.

La culpa indica responsabilidad por un acto hecho o ,también, por una omisión que causó daño a otro. Puede ser real o no. Se puede sentir o no. Puede ser objetiva o no. En cualquier caso, la culpa mal tratada es un desastre ya que termina condicionando pensamientos y conductas que si esta no existiera serían diferentes.

Ni el remordimiento ni la culpa pueden ser el motivo de una persona seguir a Jesús. Son, ciertamente, el motivo para que muchas personas tengan una religiosidad, maltratarse, judiar a los demás y – con certeza – no ser felices. Sin embargo, en Jesús las dos cosas encuentran una salida, si bien son sólo sombras ​​de una cosa mucho mejor. La culpa real, por ejemplo, va a encontrar su desague en el arrepentimiento, pues de otra forma sólo alimenta un remordimiento y estanca la vida de la persona. Esto nos lleva a pensar en las otras dos palabritas.

Piense en el arrepentimiento. ¿Qué es? Tenemos la tendencia a pensar que se trata de un sentimiento. Incluso creemos que sin un sentimiento el arrepentimiento es imposible. Es verdad que toda nuestra vida de decisiones pasa por lo emocional y que cuando lo emocional se enferma necesita ser cuidado como una pierna, la garganta, el corazón …. pero la caminata al arrepentimiento no necesariamente comienza por lo emocional, puede ser también por una profunda convicción traída por un nuevo conocimiento o por enterarse de las consecuencias de nuestros actos o inacción. Sí; no es extraño caer en llantos. Sólo enfatizo que la ausencia o no de lo emotivo no es razón para medir el arrepentimiento. ¿Entonces qué es?

El arrepentimiento es un cambio de conducta. No es sólo sentirse mal con algo hecho o dejado de hacer. No se trata de sentir culpa sobre un asunto. Se trata de cambiar una conducta por ya haber tenido una inapropiada. Es por ejemplo aquel hombre que deja de traicionar, la mujer que deja de codiciar, el adolescente que deja de mentir, la suegra que deja de meterse, el comerciante que deja de practicar el abuso en los precios, es el gobernante que pasa a ser decente, la madre que pasa a respetar a la persona del hijo, en fin, creo que ya han agarrado la idea.

Pero nos falta un bloque que, a mi ver, es lo esencial. Sin este bloque la casa del cambio espiritual de cabeza no puede establecerse. Sin este bloque el perdón no es liberado. Sé lo que parece, pero me acompañe un poco más.

Cuando dejamos (como raza) entrar el pecado en el mundo, se convirtió en señor de este mundo. El lugar donde él más reina, es en el corazón del hombre cegándolo para toda realidad espiritual. Todo en esta creación caída conspira contra la vida espiritual que Dios nos quiere dar. Es por eso que la victoria de la cruz de Jesús es tan cosmológicamente impactante pues subvierte el orden establecido por el pecado.

En ese sentido hay un bastión a ser derribado: el orgullo humano. Nada contra el ser humano ser seguro de sí. Pero no seguro sólo en sí mismo o por sus propios medios. Por supuesto, el ser humano es capaz de llegar muy lejos en su interior, tiene el espíritu de lo eterno en él por el momento, entonces va a llegar lejos. Pero para alcanzar la eternidad, la puerta de entrada es la muerte. Y el ensayo de la muerte es la confesión.

El arrepentimiento puede ser conveniente. El remordimiento puede incluso ser de alguna manera beneficioso impidiendo nuevas conductas equivocadas. La culpa puede llevar a la persona a ser y sentirse mejor en un círculo virtuoso, pero sólo la confesión libera el perdón. Sólo la confesión derriba al ser humano eliminando al pequeño rey que vive en su corazón.

Confesar nada más es que concordar con la opinión que Dios tiene sobre nuestros pensamientos, creencias, conductas, caminos, etc. Es descubrir que Dios es verdadero hasta en la opinión que tiene de nosotros. Es reconocer que todo ser humano es mentiroso. Es rendirse ante la torrentosa gracia de él.

El perdón de Dios para la vida del hombre individual (y con ello la gracia renovadora de él en la vida de la persona) viene no a partir del remordimiento o de la culpa ni del arrepentimiento. Viene a partir de la confesión. No importa si usted siente o no que una cosa condenada en la Biblia es pecado. Apenas confiese eso, o sea, concuerde con el Creador. Deja que actúe. Ciertamente, si lo que la Biblia condena (de forma específica, genérica o apenas como ejemplo) forma parte de su conducta, su conciencia será renovada, su espíritu será capacitado para un arrepentimiento; es decir, para un cambio de raíz de su acción. Ahi sí, es muy probable que llore y se lamente por haber vivido años en vanidad lejos del Señor (aunque talvez en alguna religión).

Con eso en mente, releía 1 Juan 1: 9. Si confesamos … él perdona. Apenas eso. Pecado confesado, pecado perdonado. El resto es consecuencia …

1Juan 1:8-10

8 Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad. 9 Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. 10 Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros.