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¿Dónde sangra el cristiano?

¿Dónde sangra el cristiano?

Hay dolores para los que la iglesia parece no tener liturgia.

En “007 – El mundo no es suficiente” hay un diálogo que quedó grabado en mí cuando la vi:

Q (a Bond):
“Siempre intenté enseñarte dos cosas. Primero: nunca dejes que te vean sangrar.”
Bond: “¿Y la segunda?”
Q: “Tené siempre un plan de escape.”

Sin darnos cuenta, muchas comunidades cristianas enseñan exactamente eso. No desde sus púlpitos, sino desde sus culturas.

No hablamos de matrimonios que se terminan, del hijo que murió, de la depresión, de la pornografía, de la incredulidad, del adulterio, del suicidio, de la violencia intrafamiliar, del adulterio, de la soledad. Simplemente hacemos como si nada y seguimos adelante. Algunos fingen que no saben; otros no dejan que se note que están sangrando. Es una fórmula para la tormenta perfecta.

Y esto no ocurre porque Cristo no pueda lidiar con estas cuestiones, sino porque tenemos miedo de cómo lidiarán los hermanos. Y se entiende. El miedo al chisme institucionalizado —siempre insisto en que es fácil condenar a la mujer que fornicó y quedó embarazada, o los vicios visibles, pero quien chismea siempre queda afuera. Y esto no sucede solo en una denominación, sino en varias. Por lo tanto, es estructural, institucional—, como venía diciendo, el miedo al chisme institucionalizado hace que, cuando enfrentamos un problema de gente real, nos quedemos callados o que, cuando hablamos, encontremos un vacío terrible: por regla general, las iglesias ni siquiera consideran la posibilidad de buscar ayuda afuera.

Después de todo, si Cristo satisface todas nuestras necesidades, ¿cómo es posible que un cristiano llegue siquiera a considerar la idea de recurrir a un psicólogo? Y yo respondo: de la misma forma que, cuando alguien tiene un accidente y se quiebra una pierna, corremos a la guardia y no al templo a orar. Es obvio que, si la mente desfallece o se quiebra, necesitamos la ayuda de otros que, como los traumatólogos, logren ver la humanidad de forma transversal y no unilateral o vertical.

Si vos, como cristiano, permitís que los demás te vean sangrar, te exponés al ridículo ante el grupo de personas que debería ser el más seguro del mundo. Simplemente porque el perdón, el amor, la solidaridad y cargar las cargas de los demás se tratan como materia “espiritual”, como si fueran apenas una materia “teórica”.

Cuando vemos a pastores fracasar —como en lo sucedido en nuestra ciudad en los últimos meses— observamos el vacío que se forma alrededor. Personas que simplemente se van escandalizadas, en vez de mantenerse firmes para sanar. En esto, como me explicaba un colega esta semana, las iglesias que tienen una estructura episcopal (es decir, jerárquica) corren con cierta ventaja frente a las que tienen un gobierno congregacional (o más descentralizado y representativo).

Ante el abismo que enfrenta nuestro hermano, retrocedemos como si tuviera lepra.

Si la psicología, el psicoanálisis y otras corrientes de tratamiento similares tienen cada vez más presencia y uso, es por dos razones:

Primero, porque Dios así lo permitió; porque “las cosas reveladas pertenecen a los hombres”. Por lo tanto, no puede decirse que ningún avance humano sea meramente humano. De alguna manera, en ello hubo permiso y voluntad de Dios.

Segundo, porque parte de la iglesia terminó desarrollando una espiritualidad que sabe hablar de la eternidad, pero tiene dificultades para permanecer al lado de quien se está hundiendo hoy. Es decir, una “teología del escapismo”, de cosas solamente espirituales, centradas en sí mismas y vividas solo para sí; o sea, para la propia institución y no para la sociedad para la que debe ser luz y sal. Dejó de interesarse por el ser humano, excepto para sumar números o asentir “espiritualmente” —otra vez, en el sentido de “teórico” frente a “práctico”— a un conjunto de ideas que, en el mejor de los casos, responde preguntas que ella misma formuló y respondió en el siglo XVI.

Escribo esto porque ya descubrí más de una vez lo que significa atravesar un dolor profundo casi solo. En distintos momentos de mi vida, esperé que la iglesia supiera cómo cuidar. La mayoría de las veces, simplemente no supo. No hubo persecución. Hubo ausencia.

La iglesia no falla porque sea mala. Falla porque fue entrenada para responder preguntas y no para permanecer al lado de quien sufre.

Jesús nunca tuvo miedo de tocar a quien sangraba

Y él mismo sangraba (a diferencia del consejo de Q a Bond).

La mujer con flujo de sangre. El leproso. Lázaro, que ya olía mal. Pedro, después de la negación. Tomás, después de la duda.

Cristo nunca exigió que alguien escondiera la herida para entonces acercarse a él.

Y todos fueron transformados después de su toque.

Y tal vez el título afirmativo de “Dónde sangra el cristiano” podría transformarse en una pregunta: “¿Por qué construimos comunidades donde esconder la sangre parece más seguro que mostrarla, si seguimos precisamente a un Señor que decidió no esconder sus propias heridas?

¿Hemos aprendido a anunciar a un Salvador que recibe pecadores mientras construimos comunidades donde los pecadores necesitan esconder su propia sangre?