Denominaciones: ¿para qué tenerlas?
Hay algo muy atractivo en la idea de ser simplemente cristianos, sin carteles, sin etiquetas, sin divisiones. Si Cristo es uno solo, ¿por qué tantas denominaciones?
Pablo encontró algo parecido en Corinto. Unos decían: “Yo soy de Pablo”; otros: “Yo soy de Apolos”; otros: “Yo soy de Cefas”; y había aún los que decían: “Yo soy de Cristo” (1 Co 1:11-13). Su respuesta es conocida: Cristo no está dividido. Pero lo interesante es lo que Pablo no hace. Él no borra las diferencias entre Pablo y Apolos. Más adelante dirá: “Yo planté; Apolos regó; pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Co 3:6).
Uno plantó. Otro regó. Dios hizo crecer.
Tal vez el problema nunca haya sido la diferencia.
La creación entera está hecha de diferencias. El cuerpo está hecho de miembros diferentes. Los dones son diferentes. Los servicios son diferentes. Hasta delante del Cordero permanecen pueblos, tribus y lenguas (Ap 7:9). Unidad, en la Biblia, no parece significar monotonía.
Las denominaciones cargan pecados, rupturas, orgullo y mucha historia mal resuelta. Sería ingenuo negar eso. Pero también cargan memoria, convicciones, luchas, formas distintas de servir y preguntas que necesitaron ser respondidas en lo concreto de la vida de la Iglesia.
Tal vez no necesitemos elegir entre unidad e identidad.
Tal vez necesitemos solo recordar cuál de ellas ocupa el centro.
No Pablo. No Apolos. No el cartel de la iglesia.
Cristo crucificado.
Este es el resumen introductorio de una serie de cuatro artículos. Leé la serie completa: