¿Está Cristo dividido?
Nací y crecí en el entorno evangélico bautista de Uruguay. Hace unos meses, mi hijo me decía que sería prácticamente imposible que yo fuera otra cosa que bautista. Y algo de razón tiene.
Mi formación, mi manera de leer la Biblia, mi experiencia de iglesia y hasta mi vocabulario fueron profundamente moldeados por ese ambiente. Pero eso nunca significó vivir encerrado dentro de él. Desde pequeño tuve contacto con pentecostales, católicos e iglesias libres. Más tarde vinieron menonitas, luteranos, valdenses, presbiterianos y otros. Tal vez por eso la pregunta siempre me ha parecido más interesante que incómoda: si formamos parte de una única Iglesia, una en Cristo, ¿por qué tantas identidades?
La respuesta más rápida sería decir que no deberían existir.
Y no es un argumento tonto.
En Corinto, los de la casa de Cloé buscaron a Pablo porque la iglesia se estaba dividiendo en preferencias: “Yo soy de Pablo”, “yo soy de Apolos”, “yo soy de Cefas”, “yo soy de Cristo” (1 Co 1:11-13). No es difícil imaginar cómo funcionaba esto. Pablo tenía su historia, su formación y su manera de pensar. Apolos era elocuente y conocedor de las Escrituras (Hch 18:24). Pedro llevaba otra trayectoria, otro temperamento, otra forma de hablar.
Si quisiéramos ser simplistas, es fácil resolver: todos abandonan sus preferencias y listo.
Solo que Pablo no lo resuelve así.
Él hace tres preguntas: ¿Está Cristo dividido? ¿Fue crucificado Pablo por ustedes? ¿Fueron bautizados en nombre de Pablo? La respuesta es no, no y no. El problema, por lo tanto, no es que Pablo, Apolos y Cefas sean diferentes. El problema es que esas diferencias comenzaron a disputar un lugar que no les pertenece.
Poco después, Pablo menciona que bautizó a pocos y regresa a lo que entendía como su llamado predominante: anunciar el evangelio (1 Co 1:14-17). Él distingue funciones. No hace de todas ellas la misma cosa. Más tarde dirá con todas las letras: “Yo planté; Apolos regó; pero Dios ha dado el crecimiento” (1 Co 3:6).
Uno plantó. Otro regó.
Es difícil que quede más claro.
Pablo no borra a Apolos. Apolos no necesita convertirse en Pablo para que la iglesia sea una. La diferencia no se trata como un defecto a ser corregido. El defecto aparece cuando una diferencia relativa se convierte en identidad absoluta.
Esto cambia un poco la conversación sobre denominaciones.
Pablo no está hablando de ellas, claro. Sería anacrónico fingir eso. Pero el texto ya desmonta una presuposición importante: la unidad no exige igualdad de temperamento, función, énfasis o forma.
Y tal vez hayamos hecho una confusión duradera entre dos cosas que la Biblia no confunde con tanta facilidad: diferencia y división.
La diferencia puede servir.
La división adora competir.
La primera puede enriquecer el cuerpo. La segunda comienza cuando el cuerpo olvida quién es la cabeza.