Y de repente, todo se oscureció.
El ruido ensordecedor de las olas desapareció. El viento frío, los gritos de los hombres, la cubierta bajo mis pies — todo se esfumó. Primero vino el agua. Luego, una oscuridad tan completa que ya no sabía dónde terminaba mi cuerpo y comenzaba lo que me rodeaba.
Había sonidos. Pocos. Extraños. Sonidos que no sabía identificar.
Intenté gritar.
Nadie respondió.
Entonces me di cuenta de algo aún más incomprensible: estaba vivo.
Todo lo que sabía sobre el mar me decía que, a estas alturas, debería estar muerto. Bien muerto. Pero no lo estaba.
Tal vez lo supiera porque aún sentía la ropa empapada pegada al cuerpo. Tal vez por el miedo. Tal vez porque imaginamos que los muertos no sientan soledad. ¿O sí sienten?
No sé. Nada más hace sentido.
Solo sé que estaba vivo y no tenía cómo explicar eso.
Entonces me arrodillé como pude. Me incliné ante mi creador. Y oré.
No como esa repetición litúrgica y vacía que conocía de memoria. Sino con el corazón. Con todo mi ser.
Lloré. Supliqué. Clamé por la misericordia de aquel que vive por siempre. Porque además de vivo, me sentía expulsado de su presencia. No había cómo ir más profundo. Más lejos.
Entonces desde allí, decidí hacer lo obvio: volver mi mirada hacia el Creador. En la oscuridad. En el silencio. Sin nada más que mi voz. Me volví con todo y con nada al mismo tiempo hacia mi Creador.
Fueron días así.
Y por más que no podía ir más profundo ni más lejos, aun así, la angustia subía y lo llenaba todo. Y yo oraba. Y era arrebatado por su misericordia. Su compasión era tan palpable como la oscuridad que me rodeaba.
Y llegué a conocer otro tipo de paz. En oscuridad. En angustia. En paz. No tenía yo cómo revertir mi situación. Pero la paz de mi Creador estaba ahí. Y yo la disfrutaba.
Tan repentinamente como entré en esta situación, fui devuelto a tierra firme.
Nunca el sol me pareció tan radiante ni el cielo tan azul.
Las palabras de Job no salían de mi cabeza: «Yo sé que mi Redentor vive». El hecho de que yo estuviera vivo era — para mí, en ese momento — la prueba de que mi Creador estaba vivo y era misericordioso. Sí, si había algo que sabía de antes, pero ahora lo había experimentado, era su misericordia.
Si había sido lanzado a las profundidades del mar no era sino por mi negligencia, por mi desatino, por mi desobediencia, por mi confrontación con aquel que me había llamado para ir a la ciudad grande.
Y allí estaba yo en la playa. Solo. Mis pensamientos y yo. Solo. Solo disfrutando la bendición de poder ver.
Sin embargo, también podía oír. Entonces él me llamó de nuevo. Lo mismo que semanas atrás: «Ve a la gran ciudad de Nínive y predica contra ella el mensaje que te daré».
Nínive era una ciudad importante. La economía de la región pasaba por allí. Y era enorme. Tres días eran necesarios para poder atravesarla.
Me acerqué por un camino que pasaba por una pequeña colina antes de entrar a la ciudad a la distancia. Me senté para observarla. Era realmente grande. Enorme. Y con un movimiento de gente que no había visto antes.
Entonces obedecí al Creador. Mensaje simple: «de aquí a cuarenta días Nínive será destruida«. Sin muchas explicaciones. Sin mayores frases que esa. La destrucción de la ciudad estaba decretada. La fecha de la ejecución de su pena ya estaba prescrita. Y yo ya sabía que no se arrepentirían. Entonces, ¿para qué alargar el mensaje? Una frase simple y directa bastaba.
Y ahí sucedió algo que no entendía. O tal vez, sí entendía pero me negaba a aceptar.
¿Cómo era posible que este pueblo se detuviera y se arrepintiera con una frase tan simple? Es verdad que sus pecados estaban escandalosamente visibles. Pero ¿ellos lograban llegar a ese nivel de reconocimiento? ¡No lo creía! ¿Cómo así que se arrepentían?
Y peor, no fue algo que vino de arriba hacia abajo. Primero fueron las personas comunes. Los obreros. Los mercaderes. Todas las personas, desde las más importantes hasta las más sencillas proclamaban ayuno en cuanto el mensaje iba llegando.
Era increíble. Y mirá que de los tres días que necesitaba para recorrer la ciudad, apenas hice el primero de ellos.
Las noticias llegaron al Rey.
Yo, embrutecido como estaba, dije: listo, ahora sí va a llegar quien ponga orden en todo esto y la ciudad vuelva a ser lo que era y así podrá ser destruida como lo merece. Porque, gente, si había alguien que merecía ser destruido era este pueblo. ¡Oh sí! ¡Cómo lo merecían! Hasta Dios estaba de acuerdo conmigo. ¿No fue para eso que me llamó?
Pero no. El rey proclamó ayuno. Y no era poca cosa no. Todo ser vivo debía hacer ayuno. Las vestiduras lindas, suaves y vistosas debían ser cambiadas por otras toscas de tejido grueso que lastimaban la piel.
Más allá de eso, ordenó que se abandonara la violencia y los malos caminos. Eso sí confirmaba mi tesis. Hasta el rey de la ciudad no solo sabía de la barbaridad en que vivía Nínive, él era cómplice y ahora… ¿y ahora? ¡Ahora él también se arrepentía y con él toda la ciudad!
¡Ahh qué rabia! ¡Qué dolor en la boca del estómago! ¡Qué sabor amargo en mi boca!
¿Cómo así que el rey también se arrepentia? Ah no, no quería ni ver lo que el Creador iba a hacer. Yo lo conocía.
Ese corazón blando suyo. Te voy a contar.
Furioso quedé.
Estaba tan rabioso y embrutecido que busqué un lugar solitario para orar. Y le dije: «¿Ves? ¡Es por eso que no quería venir! ¿Te acordás cuando estaba tranquilo en casa? Entonces, fue exactamente por eso que decidí huir a Tarsis. Y vos lo sabés muy bien. Yo te conozco. Sé de ese tu corazón propenso a perdonar. Sé que prometés castigar, pero después cambiás de idea. ¡Estoy harto de todo esto! ¡Matame! Dale. Basta. Arrancá mi vida. ¡No puede ser peor que vivir!»
Tenía mucho más que decirle. Pero la rabia me dejaba ciego, tartamudo, confundido.
Todo bien que él usara de misericordia conmigo y me rescatara de dentro de ese pez enorme en el fondo del mar. Pero ¿a estos de acá? ¿Qué tipo de broma bizarra es esta?
No podía decir nada más. Un nudo en la garganta se me formó. Las lágrimas rodaban de mis ojos. No podía creer una cosa así. Mejor dicho, no podía aceptar porque yo lo conocía. Sabía que él era así.
Entonces, escuché nítidamente su voz. No la había oído en el gran pez. Pero ahora ahí estaba esa voz suave suya de nuevo. Él me preguntó: «¿Tenés alguna razón para esta furia?»
Lo dejé sin respuesta. Preferí dejarlo ahí sin decirle siquiera una frase. No lo merecía. Una vez más me había decepcionado. Y no porque — insisto — no lo conociera. Sino porque yo esperaba que su justicia sobresaliera esta vez en lugar de su misericordia.
Todo bien que él sea misericordioso con los de su pueblo elegido, pero ¿con estos? Broma. Solo podía ser broma.
Opté por hacerle el vacío.
Entonces terminé de atravesar la ciudad. Me senté a distancia y en lo alto. Hice un tapial para evitar un poco el viento seco mientras aguardaba lo que — de hecho — iba a pasar con la ciudad. Por un lado guardaba esperanza de que el arrepentimiento de ellos fuera pura farsa. Y por el otro esperaba que el Creador destruyera todo como había prometido.
Y esperé.
Entonces mi Creador, en su misericordia, hizo brotar una planta para que el sol no pegara tan fuerte en mi cabeza. Oh cómo me alegré. Sí, podía unirme a Job y decir una vez más «yo sé que mi redentor vive». Él me cuidaba. Él me sostenía. Con toda certeza él me amaba.
Fui a dormir tranquilo. En la dulce esperanza de que el juicio del Creador se abatiera sobre la ciudad de una vez por todas. Al final de cuentas, Dios había mostrado su bondad para conmigo. Mañana podría ser el día de mostrar el juicio sobre estos otros.
Al otro día desperté y vi que una oruga había acabado con la planta y esta se había secado. Furioso quedé. Pero estaba naciendo el sol y junto con él se formó un viento fuerte, seco, caliente. El día prometía.
¡Quién sabe y esto todo no era parte de la destrucción que Dios estaba trayendo sobre esta gentuza! ¡Quién sabe y no iba yo a poder asistir de palco todo lo que iba a venir! Si el día comenzaba así, ¿qué sería para el mediodía?
Pero el calor no paraba de aumentar. Y la ciudad parecía continuar normal. Mis ojos dejaron de distinguir la realidad de la imaginación. Y me sentía casi desmayando.
Llegué a la conclusión de que lo mejor era morir. Ah… sí… nada como la muerte para poder resolver todo de una vez.
Entonces volví a orar. No le había vuelto a dirigir la palabra desde aquel día. Esta vez no anduve con vueltas. Simplemente le dije que para mí la muerte era mejor que la vida. No había necesidad de decir más nada. Ya había gastado demasiada saliva con él. Era solo un último favor que le estaba pidiendo. Simple. Eficiente. Mi muerte. ¡Nada más tenía sentido!
Y entonces él de nuevo me preguntó lo mismo. Bueno, o al menos casi lo mismo. Como si no hubiéramos tenido ese tiempo de silencio: «¿Tenés alguna razón para estar tan furioso por causa de la planta?»
No podía creerlo. Solo podía ser provocación. Él que todo lo sabe. ¿Por qué preguntaría algo así de nuevo?
Él no tiene necesidad de que nadie le enseñe ni le instruya pues él es fuente de todo conocimiento y sabiduría. Nada hay que suceda sin que él lo sepa. ¿Qué tipo de pregunta era esa!!??
Entonces le dije «¡¡¡¡SÍ!!!!! ¡¡¡¡TENGO!!!!. Y estoy furioso. Tan furioso que solo la muerte me parece apetecible!»
Mirando en el espejo de Jonás
Hay algunos pasajes que me gustaría alinear con el relato de Jonás. La historia de Jonás es bien conocida. Pero generalmente pasamos por alto algo que – personalmente – me parece muy relevante. Parece que el objetivo final de Dios no era solo Nínive sino el profeta.
Todas las palabras de Dios dirigidas a Jonás se pueden agrupar en dos: a) instrucciones – que en realidad es solo una: anunciar a Nínive que su tiempo llegó. b) preguntas retóricas. Son tres preguntas que Dios hace a Jonás. Las primeras dos resaltan que Jonás no tenía razón para toda esa furia. Y la tercera abre para una conclusión bien simple: Así como Jonás tuvo lástima de la planta, ¿no debería Dios tener compasión de toda esta gente en su ignorancia?
El material en Jonás es abundante y da para muchas cosas.
Pero dejame solo pescar una característica de Jonás para luego ver juntos su dolor.
Jonás conocía a Dios. No era un conocimiento intelectual solamente. Era algo más visceral. Al punto tal que sabía cómo sería el comportamiento de Dios en esta situación. Fijate que Dios no contradice ese conocimiento. Parece como si Dios dijera: exactamente, ese soy yo. Claro, eso no quiere decir que Jonás conociera plenamente a Dios. Eso es imposible. Pero tenía suficiente conocimiento de Dios como para entender hacia dónde iba la historia.
Jonás no es sorprendido por Dios en este punto. Y ahí vemos una virtud de la lectura completa de un texto corto como el de Jonás ya que encontramos esto en Jonás 4:2 o sea, casi al final del libro. Entonces es válido decir que ese conocimiento de Dios se deja ver en la ira de Jonás. La ira nace del desencanto. Hay una expectativa frustrada. La huida de Jonás no parece estar anclada en el miedo sino en esta vida frustrada con Dios.
Toda la ira de Jonás no es solo una reacción a un resultado político o externo; está dirigida a Dios, cuya acción frustra lo que Jonás consideraba que era justo que sucediera. La ambivalencia existencial del ser humano hace perfectamente posible que haya en la misma persona sentimientos positivos hacia Dios coexistiendo con resentimiento o ira. Una cosa no niega a la otra. La ira interna no invalida la creencia en el Creador.
Y una de las cosas frustrantes del libro de Jonás es exactamente que esa ira flota en todo el texto, pero no hay transformación de la misma.
Esto me hace recordar a Mateo 25:14-30. El siervo negligente entierra su talento. ¿Por falta de conocimiento de su Señor? No. Exactamente lo contrario. Una vez más, Jesús — en su parábola — no contradice ese conocimiento. Forma parte de la revelación. Sí: El Señor cosecha donde no sembró (¿o has visto a Jesús — que persiste en forma humana y está sentado a la derecha de Dios — sanando, predicando, expulsando demonios?) Entonces el conocimiento estaba correcto, la emoción y la acción no.
Y también me lleva a pensar en el hermano del hijo pródigo. (Lucas 15:25-32) ¿Conocía él a su padre? En cierto sentido sí. Sabía cuánto había costado formar todo aquello. Incluso tal vez queriendo disfrutar un poco de lo que era suyo por derecho no lo hizo. ¿Por qué? ¿por falta de conocimiento? No. Sabía del costo. Sabía del dolor del padre por el hermano menor. El conocimiento estaba correcto. Las emociones y las acciones no.
Y lo que más me toca: Mateo 18:21-35. El siervo recibe el perdón de una deuda impagable. Cuando llega el momento de hacer lo mismo con un siervo menor, no lo hace. Él conocía lo que era el perdón. Lo acababa de experimentar. ¿Podía aplicarlo para su consiervo? no. Conocimiento correcto. Acción y emoción no.
Jonás conocía al Señor. El siervo negligente también. El hermano del hijo pródigo de igual modo. Y no es diferente con el siervo de la deuda enorme.
Obvio que el conocimiento de ellos es parcial. Eso ya fue establecido. Pero me sorprende en los cuatro relatos el espacio vacío entre lo que es de la posibilidad de la acción de Dios y el lugar de la acción humana. O dicho de otra forma: alguna particularidad del Señor conocían. Y esa particularidad la conocían de forma hasta profunda podríamos decir. Sin embargo, ese conocimiento no se traducía en tener el mismo corazón del Señor. Sí, eran conocimientos parciales. Por eso pensamos que deberían haber sido suficientes para alterar sus emociones y conductas.
No lo fueron.
Todas estas historias tienen ese toque amargo al final. Alguien no entendió cómo funciona la cosa.
Y — en la Biblia — debe ser así. No es Hollywood.
Debe quedar claro que el mismo mensaje produce efectos diferentes en las personas. La misma acción de Dios provoca cosas distintas dentro de cada uno de nosotros.
No se trata, entonces, de conocimiento intelectual.
Y peor, no se trata de falta de experiencia.
La angustia más profunda de estos textos es que estas personas pasaron cerca de la verdad eterna. Y no lograron ser tocados por ella.
Jonás tenía todo para ser una persona feliz. Anhelaba la muerte porque conocía a su Señor, pero no lo entendía con el corazón.
La próxima vez que el Señor te haga llorar; no corras.