Yo, Sansón

Jueces 13:1-16:31

Este no es un artículo triunfalista.

Es muy humano, existencial, duro, pesado… realista.

Si te gustan los finales felices, hoy, este no es tu lugar.

Todos conocemos la historia de Sansón. Es tan necesaria como la de José en Egipto.

Pero olvidemos todo el material introductorio.

Enfoquémonos en el último día de su vida. Dejemos volar un poco la imaginación. Sin sentir el paso del tiempo, es solo información.

Después

El último recuerdo que tenía, estaba bien grabado.

No es que tuviera alguna retina en la cual grabar más nada. Él, uno de los mayores jueces de Israel, había sido brutalmente cegado por sus enemigos.

Todavía escuchaba los gritos de alegría de los filisteos cuando eso ocurrió. Recordaba cómo, impotente, fue arrastrado por cuatro hombres no muy fuertes. La frente le fue amarrada al tronco. Y el verdugo le extirpó brutalmente con una tenaza incandescente los ojos de sus órbitas.

Y luego vino el silencio.

No porque la turba entardecida no relinchara victoriosa tras años de ser vencidos por Sansón. Sino porque el dolor que sentía era tan intenso que ningún otro sentido lograba operar bien.

Los años de victorias pasaron por su mente. Las batallas ganadas. El haber sido una persona de coraje y respeto entre su pueblo. El hecho de sentir la presencia de su Creador en su cuerpo de una forma completamente distinta a cualquier otro humano. Los cuidados que sus padres le dispensaron. Los afectos a los que fue expuesto. Las expectativas desde antes del vientre.

Todo se había perdido.

Nada ahora tenía sentido.

Él pensaba: ¿Qué será lo que estoy moliendo? ¿Trigo para los grandes? ¿Cebada para los más pobres? ¿Y cuál sería la diferencia?

Lo pusieron a hacer el trabajo de un animal de carga: moler, aplastar, triturar.

Desde el amanecer hasta el atardecer el cada vez más fuerte Sansón hacía solo una cosa: girar y girar. Empujar y empujar. Moler y moler.

Aquel que antes causaba miedo y pavor en cualquier guerrero filisteo, ahora era motivo de burla para los niños. Le tiraban piedras. Se reían de él. Le escupían en la cara.

Lo importante era que el pueblo filisteo, desde los más tiernos hasta los más duros, supiera que el gran juez de Israel había sido derrotado.

¿Qué más daba si era cebada para los pobres o trigo para los ricos?

La situación se repetiría de la misma forma.

Día tras día. Semana tras semana. Recuerdo tras recuerdo.

La piedra giraba.

El polvo subía.

El cuerpo obedecía.

Empujar. Respirar. Girar.

Empujar. Respirar. Girar.

Y, mientras la piedra volvía al mismo lugar, Sansón también volvía.

Volvía a la mujer de Timna, a aquella primera mujer filistea que sus ojos eligieron antes de que su espíritu pudiera decir no. Volvía al enigma, a la fiesta, a la ira, a los zorros incendiando los campos. Volvía a las puertas de Gaza cargadas en los hombros como si nadie pudiera detenerlo.

Volvía al cuerpo muerto del león y a la miel retirada de dentro de él. A aquello que tocó, aunque no debía tocar. A aquello que comió, aunque su consagración exigía separación.

Volvía a la venganza. Siempre a la venganza.

Un golpe exigía otro. Una humillación exigía una respuesta. Un enemigo derribado nunca era suficiente.

Y volvía a ella…

Volvía a Dalila. A la insistencia de ella. A su vanidad. A su certeza de que podía jugar con el peligro una vez más. Y otra. Y otra.

Hasta que, un día, no quedó más fuerza para jugar.

Lo peor era que él sabía…

Y lo que él sabía, era más pesado que la piedra que giraba día tras día. Pues no lo cargaba del lado de afuera, sino del lado de adentro.

No era Dalila.

No eran los filisteos.

No eran sus padres.

No era su primera mujer.

No era su pueblo.

Ellos habían participado. Habían herido, engañado, presionado, traicionado. Pero ninguno de ellos había puesto a Sansón en esa prisión.

Él sabía dónde todo había comenzado.

No el día en que Dalila cortó su cabello.

No el día en que los filisteos lo capturaron.

No el día en que le sacaron los ojos.

Comenzó mucho antes — cada vez que confundió fuerza con invulnerabilidad; cada vez que confundió deseo con derecho; cada vez que usó el llamado de Dios como si fuera propiedad suya.

Sansón no había caído de una sola vez.

Había descendido escalón por escalón, llamando a cada escalón elección.

Ahora, ciego, giraba la piedra.

Y la piedra no discutía con él.

No lo seducía.

No lo traicionaba.

No huía.

Solo volvía al mismo lugar.

Hay un momento en que la vida deja de ser aquello que aún podemos hacer y comienza a ser también aquello que ya no podemos deshacer.

Sansón debe haber conocido ese momento cuando abrió los ojos y no vio nada.

No había más juventud, fuerza, libertad. No había cómo volver hasta Timna, borrar Gaza, retirar de la boca palabras dichas, deshacer elecciones, recolocar los ojos en las órbitas. Había solo el sonido de las cadenas y el molino girando. Una vuelta. Otra vuelta. Otra.

He pensado que algunas formas de arrepentimiento comienzan exactamente ahí: cuando finalmente entendemos que Dios puede perdonarnos sin devolvernos la vida que desperdiciamos.

¿Qué hice con lo que recibí?

Es posible culpar a Dalila por muchas cosas. Pero Dalila llegó tarde a la historia.

Antes de ella ya había un hombre acostumbrado a desear y tomar, avanzar y luego lidiar con las consecuencias. Un hombre separado desde el vientre, visitado por el Espíritu, extraordinariamente dotado — e incapaz de gobernarse a sí mismo.

Esa es la parte que me asusta.

Porque yo recibí mucho.

Y no sé otra manera honesta de decir esto: desperdicié mucho.

Llega un momento en que explicar la infancia, las heridas, las personas que nos traicionaron y aquellas que nos abandonaron comienza a parecer un intento desesperado de encontrar a alguien que comparta con nosotros una culpa que es nuestra.

David pudo llorar, pero el niño murió. Moisés pudo contemplar la tierra, pero no entró en ella. Pedro salió a la noche y lloró amargamente. Hay cosas que el perdón de Dios cura ante la eternidad sin borrar de la historia.

El molino

Tal vez sea por eso que me incomoda tanto cierto cristianismo incapaz de permanecer ante la ruina.

Todo tiene que terminar bien. Dios va a restituir. Dios va a devolver. Recibirás siete veces más.

Tal vez.

Pero Sansón no recibió los ojos de vuelta.

Hay pérdidas que no son ataques del Diablo. Son consecuencias. Hay puertas que Dios tal vez no vuelva a abrir. Hay años que ninguna oración recuperará. Y llamar a eso falta de fe sería solo añadir mentira al pecado.

El molino sigue girando.

Y tal vez una de las experiencias más solitarias de la existencia sea darse cuenta de que quien está empujando esa piedra somos nosotros mismos.

“Acuérdate de mí”

Entonces queda una oración.

No: “Devuélveme todo”.

No: “Haz que sea como antes”.

Sansón ya sabía que no existía más “antes”.

Queda entonces una pequeña frase. Breve. Dura. Directa:

Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, (Jueces 16:28)

Tal vez esta sea la oración posible cuando ya no tenemos argumentos.

Yo pequé.

Yo desperdicié.

Yo herí.

Yo no fui fiel a lo que recibí.

¿Y ahora?

No sé.

Esa tal vez sea la respuesta más verdadera que puedo ofrecer.

No sé qué hará Dios aún con los restos de mi historia. No sé qué será devuelto y qué permanecerá perdido. No sé si hay nuevamente un púlpito, una casa, un abrazo, un hijo, un amigo, o solamente algunas columnas frente a mí.

Solo sé que ayer ya no existe más.

Mañana aún no me ha sido dado.

Y, por alguna misericordia que no puedo explicar, todavía existe hoy.

Creo, pero no congrego

Cuando no congregarse parece tener sentido

A lo largo de la vida conocí a varias personas y parejas que decidieron no congregarse. Tenían fe en Jesús, pero por diversas razones no se congregaban. Algunos, incluso, tenían vida devocional, profesaban su fe en Jesús a los demás, pero no se congregaban. Ocasionalmente, visitaban una u otra iglesia local o distante, pero no mantenían comunión con ninguna congregación.

Las razones son las más variadas. Y muchas de ellas bien comprensibles.

Había quienes habían sido heridos profundamente e injustamente por un pastor, un diácono, o un grupo de personas de la congregación a la que pertenecían. Esto me recuerda al Salmo 55:12-14 que podemos resumir en que quien convive conmigo no es confiable. Otros textos en este sentido pueden ser Ezequiel 34:1-6 y Juan 10:11-13.

Para otros, la liturgia dejó de tener sentido. Ya no comunicaba algo significativo para su vivencia.

También recuerdo casos en los que sentían que ya no encajaban en ningún lugar. Iban de aquí para allá y siempre se sentían como un pez fuera del agua.

Recuerdo otros que simplemente se agotaron por tanto conflicto interno y desgaste.

Y también conozco casos en los que sucumbieron a los argumentos de amigos, familias, ideas venidas de fuera en las que ser cristiano era motivo de burla y ridiculización.

Y podríamos citar otros casos como períodos de transición, enfermedad, cambios y otras circunstancias que pueden alejar a alguien de la comunidad.

Pienso, entonces, que es perfectamente comprensible que alguien no asista a una congregación durante algún tiempo por las más variadas razones.

El problema comienza cuando una circunstancia se transforma en convicción: “Yo creo en Cristo, pero no necesito pertenecer a su pueblo”.

A veces es necesario salir de esa iglesia

No todo alejamiento de la iglesia institucional significa alejamiento de Cristo. Hay pastores que hieren, comunidades enfermas y ambientes en los cuales permanecer puede significar seguir siendo sometido a manipulación o violencia emocional y/o espiritual.

Me resulta especialmente relevante Ezequiel 34 en este sentido.

Si esto fuera una prédica, cabrían varias divisiones: 1-6; 7-10; 11-16; 17-19; 20-24 y 25-31.

Para los efectos de este artículo, solo consideraremos dos partes: 1-10 y 17-31.

En la segunda (Ezequiel 34:17-31) habla de la responsabilidad de la propia oveja y el profeta dice que el propio Dios “juzgará entre una y otra” y “yo mismo juzgaré entre ovejas gordas y ovejas flacas”. O sea, parte de la congregación es responsable por la debilidad de otra parte.

Sin embargo, me interesa la primera parte (Ezequiel 34:1-10). Los pastores estaban cuidando de sí mismos mientras las ovejas se dispersaban. Y, peor aún, esa dispersión las alejaba no solo de la congregación, sino del propio Creador.

Dice Ezequiel 34:6 “”mis ovejas por todos los montes, y en todo collado alto”“. Para el lector ocasional esto significa que salieron a buscar otros pastos, u otros lugares. Y – si bien esto es cierto – cuando vemos en la Biblia mención a lugares elevados, es una referencia indirecta a los lugares de culto distintos de los lugares de adoración a Dios.

Veamos Números 33:51-52 en que Dios ordena destruir implementos religiosos cananeos “entre ellos los lugares altos”.

O del rey más sabio que la Biblia registra y sucumbió a los deseos terrenales. 2 Reyes 11:7 nos cuenta que Salomón construyó “lugares altos” para Quemos y Moloc, dioses extranjeros.

Personalmente conozco personas que – por razones perfectamente comprensibles – abandonaron la congregación, pero luego se asociaron con formas de creencias contrarias a la fe cristiana fundamentada en la Biblia. Es de esto que los “lugares altos” están hablando.

Pero lo que hace que el texto sea vehemente en su línea argumentativa, es que la razón de todo esto es que los pastores cuidan solo de sí mismos. v4-5: “Coméis la grosura, os vestís de la lana y degolláis lo engordado; mas no apacentáis las ovejas. La débil no fortalecisteis, la enferma no curasteis, la perniquebrada no vendasteis, la descarriada no volvisteis a traer, ni buscasteis la perdida; sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia**”.

Eso es violencia pastoral. Abuso. Violencia. Manipulación.

Entonces, salir de una congregación, puede ser necesario; concluir que no necesitamos más de una comunidad es otra cosa.

La herida explica el aislamiento. La nueva convicción explica la auto-protección.

Si vos sos un pastor que dispersa ovejas, volvé a tu llamado original (si es que es real). Echá un vistazo a Hechos 20:28-30.

El aislamiento puede dejar de ser protección y transformarse en autonomía.

Estar solo trae ciertas ventajas emocionales inmediatas. Una de ellas es que nadie me contradice. Hay una cierta tranquilidad en percibir que ya no hay nadie más mirándome, metiéndose en mi vida, preguntando particularidades, corrigiendo algunas actitudes y creencias.

También puedo – con todos los recursos modernos – hacer un propio menú de predicadores que me gustan ya que dicen lo que me gusta. (2 Timoteo 4:4) Puedo elegir la dieta espiritual a seguir e incluso tener una definición propia de cuáles pecados considero importantes.

Armo, entonces, una “iglesia” particular por internet en la que todos los “pastores” dicen exactamente aquello que me gusta escuchar.

Alcancé la paz. Alcancé el Nirvana. Mi alma ya no tiene de qué preocuparse.

Pero el Nuevo Testamento presenta una fe en la cual no solo conozco a los demás (como en internet) sino que también soy conocido. En esa fe, servimos y somos servidos; corregimos y somos corregidos; soportamos y somos soportados.

En los tiempos que corren, ese tipo de lugar es muy incómodo. Y no hace falta abandonar físicamente la congregación para no estar – de hecho – en comunión. Bien es posible entrar y salir de todos los cultos durante el año y no conocer ni ser conocido por nadie. La sociedad – cada vez más individualista – nos enseña e incentiva a cada vez más aislarnos y llama a eso “vida plena”, “empoderamiento”, etc.

Por otro lado, se equivoca quien piensa que todo esto se debe solo a la modernidad.

La epístola a los Hebreos, escrita durante la segunda generación de cristianos estando en gran parte aún vinculados con la religión judía que era una religión lícita para el imperio romano, levanta un punto especialmente incómodo: existen personas que velan por nosotros y ante las cuales existe alguna forma de sumisión (Hebreos 13:7, 17).

Evidentemente que esto no concede autoridad absoluta a ningún pastor. La libertad de conciencia, creencia y práctica continúa existiendo porque somos plenamente responsables por nuestros actos. Incluso por aquellos que son reacción a una violación explícita de nuestra persona.

Pero tampoco permite una fe completamente autónoma. Y ese es el punto que tanto duele para quien – justificadamente – decidió no congregarse más.

Seguir a Cristo significa identificarse con su pueblo.

La carta a los Hebreos resulta especialmente interesante en este contexto.

Los primeros en creer en Jesús como Mesías (Cristo) fueron judíos. No se veían como un proyecto separado del pueblo judío sino como continuidad. O sea, participar del pueblo elegido creyendo en un Mesías que había sido prometido desde la antigüedad encajaba muy bien en el Mesías ahora revelado y comprobablemente resucitado por muchos testigos.

Por otro lado, la religión judía – como ya dijimos anteriormente – era una religión lícita dentro del Imperio Romano. Y había algunas características especiales que vale destacar, era la única monoteísta y había una forma de convenio entre los romanos y los judíos en que aquellos toleraban la religión de estos, siempre que hicieran oraciones por el emperador. Todo esto en una región (la parte oriental del imperio) en que ya había provincias que pidieron permiso (29 a.C.) para construir templos ligados al culto al gobernante. Esta práctica se consolidaría en todo el imperio para finales del primer siglo.

La epístola a los Hebreos, es escrita al menos a finales del primer siglo. El propio autor declara que tanto él como los lectores no son testigos presenciales del ministerio, muerte y resurrección de Jesús. (Hebreos 2:1 “”es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído”“. Hebreos 4:2 “”también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva”“) Esto es, son al menos segunda generación de creyentes en Jesús como Cristo (Mesías).

Estos judíos creyentes en Jesús no querían separarse de la comunión judía. Y eso, en el tiempo en que vivían, tenía mucho sentido. Inscritos en la religión judía y siendo tolerados por los propios judíos, se volvían intocables por el Imperio Romano.

Ya si se identificaban como seguidores de Jesús como ser divino, y por lo tanto fuera de la religión judía, podían ser considerados revoltosos, paganos y toda suerte de castigos pudiendo llegar hasta la muerte. Es por eso que el autor dice en Hebreos 12:4-5 “Ora, en vuestra lucha contra el pecado, aún no habéis resistido hasta la sangre y estáis olvidados de la exhortación…

Si trazamos una línea de tiempo las primeras persecuciones a los cristianos se remontan al año 70 d.C. en que – después de la guerra entre judíos y romanos – las tensiones entre judíos y cristianos aumentan y esto frecuentemente repercute también en las comunidades cristianas. Después de eso, el movimiento cristiano pasa a ser percibido con más frecuencia como separado del judaísmo lo que afecta cómo las autoridades locales trataban a los grupos.

Y la cosa empeora con Domiciano (81-96). Es común encontrar referencias a represiones bajo su dominio. Hay tradición antigua como la de Eusebio asociando el período a sufrimiento y exilio de cristianos.

Es más o menos aquí que la epístola a los Hebreos fue escrita. Las cosas estaban poniéndose tensas para los cristianos. Y estos judíos que habían creído, estaban abandonando la congregación (Hebreos 10:24-25) y eso lo hacían buscando evitar la muerte (Hebreos 12:4-5), lo que es una razón ampliamente comprensible.

Todo cristiano (judío o no) sabía que las cosas estaban empeorando. Para el tiempo de Trajano (98-117) ya había persecuciones judiciales y políticas de procedimiento bien establecidas. Aún no hay matanza en masa como cosa diseminada, pero sí podemos afirmar que para el comienzo del segundo siglo ya había represión real por decisión imperial implementada en las provincias.

Entonces, los destinatarios de la carta, sabían claramente el costo de ser públicamente asociados a la fe y a la comunidad cristiana. Algunos cristianos habían sufrido, perdido bienes y sido expuestos públicamente. Lo que hoy llamaríamos cancelación pero en versión más bruta.

En ese contexto, el “no dejando de congregarnos” de Hebreos 10:25 significa muchísimo más que asistir regularmente al culto. Es identificación comunitaria pública.

Algunos podrían ver aquí una convocatoria al martirio colectivo. Pero nada más lejos de la realidad. Como cristianos amamos la vida. Pero la verdad que el evangelio revela es mucho mayor que cualquier esquema religioso social. Y justamente por eso no puede entrar en relaciones de compromiso o de conveniencia con cualquier otro tipo de manifestación espiritual.

Un paralelo cuidadoso y contemporáneo puede establecerse.

Hoy es socialmente cómodo decir: “Tengo mi espiritualidad”. Avanzando un poco más, alguien podría decir “yo sigo a Jesús” o incluso “yo sigo a Jesús con mis propias convicciones”.

Más difícil es decir: “Esos cristianos son mi pueblo. Sí, pertenezco a una comunidad concreta e imperfecta”. Eso sí requiere coraje y plena convicción más allá del status quo.

Cristo no llama solo a individuos. Él incorpora personas a un cuerpo. Su cuerpo del cual él es la cabeza. (Vean Hebreos 2:12 y 12:23; Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18; 1 Corintios 12:12-27)

Congregación no es frecuencia; es vida compartida

La solución para “creo, pero no congrego” no es “entonces andá al culto los domingos”.

Hay una superficialidad y falta de convivencia tremenda en solo participar del culto. Alguien puede hacer eso sin faltar nunca durante cuarenta años y ni por eso formar parte de la congregación. Seguir prácticamente solo. La única variante de la expresión de “creo, pero no congrego” es que la persona cree, pero – de hecho – no forma parte de la congregación.

Mi abuela materna vivía en la capital y con mi madre íbamos de vez en cuando a visitarla. En la calle perpendicular a medio cuadra, había una escuela de karate. Yo debía tener unos 9 a 11 años. Me gustaba mucho ir y verlos practicar ese arte marcial. Los gritos. Los movimientos sincronizados. El kimono. El tatami. El ambiente. El olor. Todo quedó grabado en mi memoria. Años después, cuando tenía 17 años, daba clases de programación en una ciudad vecina a la nuestra. Teníamos un intervalo de veinte minutos entre una clase y la otra. Corría para ver una de dos cosas: entrenamiento de karate o juego de bochas.

De más está decir que no aprendí karate ni a jugar bochas.

Nadie se mantiene físicamente saludable por entrar al gimnasio una vez por semana, ponerse la ropa adecuada para hacer ejercicios, llevar un litro de agua y sentarse durante una hora mirando a otras personas ejercitarse y luego volver a casa. La salud exige una vida en la cual determinadas prácticas se vuelven habituales. Y eso es difícil.

La comunidad cristiana funciona de forma similar solo que mucho más profunda.

Pero primero permitime presentar unas ideas sobre la palabra comunión. Esa palabra de origen latino (communio) deriva de com (es decir “juntamente”) y munis (o sea, “encargo” u “obligación”) y se usa en el sentido de “participación común”, “tener algo en común”. Una forma fácil de recordar el significado sería “común unión” o “común encargo”.

Aquellos que creemos en Jesús como Dios encarnado y Mesías (Cristo) compartimos muchas cosas. Obvio que – por la naturaleza de esta fe – ella excluye cualquier otro tipo de fe semejante, parecida o análoga. Los cristianos comulgamos de la fe exclusiva en Jesús como el único y suficiente salvador. Los cristianos (independientemente de rótulo institucional o tradición cristiana) formamos parte de un mismo cuerpo y tenemos un único mediador (1 Timoteo 2:5; Efesios 4:4-6; 1 Corintios 12:12-27).

No existe forma posible de practicar comunión solo. Vale solo para evitar las dificultades de las miradas de desagrado de los que no creen.

Oramos juntos. Cargamos cargas. Repartimos. Confesamos. Enseñamos. Somos corregidos. Aprendemos. Perdonamos. Celebramos. Lloramos. Servimos. Somos conocidos.

Cosas estas que la sociedad siempre ha enseñado que no son oportunas para el individuo.

La salvación, entonces, no es una cosa solo individual por más que por ahí empiece. Ella es – sobre todo – comunitaria.

Es significativo que buena parte de las instrucciones del Nuevo Testamento contenga la expresión “unos a otros”. No hay forma de practicarlas solo.

(Hechos 2:42-47; Gálatas 6:2; Santiago 5:16)

Tal vez la pregunta esté equivocada

Al preguntarnos si un cristiano necesita ir a la iglesia, puede que hayamos reducido demasiado la cuestión. Como si hubiéramos puesto una lupa sobre solo una parte del asunto.

Puede haber momentos en que no conseguimos congregarnos. Puede haber iglesias de las que nos es necesario salir. Puede haber heridas que llevan tiempo para cicatrizar. Y ninguna de esas situaciones debe ser tratada superficialmente o con indiferencia.

Sin embargo, existe otra pregunta: “¿Es posible seguir por mucho tiempo a aquel que nos hizo parte de un cuerpo negándonos deliberadamente a vivir como parte de ese cuerpo?

La vida cristiana relatada en el Nuevo Testamento no parece conocer una fe permanentemente solitaria.

No porque Dios esté haciendo control de presencia los domingos, sino porque hay dimensiones enteras de la vida cristiana que simplemente no existen cuando estamos solos.

No puedo cargar la carga “unos de otros” solo.

No puedo perdonar “unos a otros” solo.

No puedo confesar “unos a otros” solo.

Ni puedo descubrir fácilmente dónde estoy equivocado si todas las voces que escucho fueron elegidas por mí.

Tal vez congregarse no sea simplemente una obligación de la vida cristiana.

Tal vez sea una de las maneras por las cuales Cristo mantiene viva y saludable la fe que decimos tener en él.

Miedo de creer

Creer es permitir que la palabra de Cristo tenga más autoridad sobre nosotros que lo que aprendimos a considerar verdadero, seguro y posible.

Túlio era un empleado bancario ejemplar. Pasó los últimos 20 años de agencia en agencia hasta que se estableció en esa ciudad. Formó una familia, tuvo hijos, él y su esposa criaban a sus hijos de cerca y con esmero. Criado en una familia cristiana de tradición evangélica, asistía a la iglesia local con su familia. Domingos, martes y sábados estaban presentes. Contribuía económicamente, era un diácono activo. Internamente era un hombre equilibrado. Sin deudas. De buena reputación. Solo tenía un miedo tremendo de creer. Pero ni él estaba consciente de eso.

El problema no es simplemente creer.

Podemos creer en Jesús sin permitir que él modifique profundamente aquello en lo que ya creíamos antes de él. Llegamos a la fe cargando una interpretación del mundo formada por la familia, cultura, religión, experiencia política. El problema comienza cuando Jesús contradice algunas de esas certezas. En ese momento descubrimos si creemos en él o simplemente logramos acomodarlo dentro de lo que ya creíamos.

Pedro sobre las aguas – cuando la experiencia dice que no puede ser.

El texto de Mateo 14:22-33 es bien conocido. En resumen: los discípulos están en un pequeño barco en medio del mar bajo viento fuerte. Jesús se acerca. Los discípulos lo ven caminando sobre las aguas. Pedro pide para probar que es él caminando sobre las aguas. Jesús lo invita. Pedro va. Camina. Se asusta. Comienza a hundirse. Jesús le extiende la mano y le dice “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”

Pedro no es cualquier persona. Es un hombre de mediana edad que tenía por oficio pescador. Conocía el mar. Tenía en su experiencia sobradas razones para permanecer en el barco. Sabía claramente que no era posible para un hombre andar sobre las aguas.

Quizás exactamente por eso, él pide poder caminar hasta Jesús como prueba de que él era quien aparentaba – a la distancia – ser.

Y quizás por el mismo motivo, Jesús no hace ningún milagro, solo dice “Ven”.

Una única palabra.

Por algunos instantes, Pedro permite que esa palabra específica de Jesús tenga más peso que su experiencia. Luego mira nuevamente a aquello que conocía desde hace mucho: viento, agua, peligro. Tuvo miedo. Comenzó a hundirse.

Claro, como todo texto se muestra capaz de sostener una reflexión alegórica. Podríamos decir que el agua y el viento son los problemas y que el camino sobre el mar es el camino que estamos recorriendo, es decir, nuestra vida. Y aunque eso suena muy bonito – y vamos a acabar sacando una lección moral o espiritual de esto, el relato es histórico y como tal debe ser tratado.

El hecho es que el viento no comenzó cuando Pedro tuvo miedo. El viento, el agua, las olas, el barco, Jesús a lo lejos, los otros discípulos en el barco. Todo estaba allí antes. Así estaba cuando él saltó la borda del barquito y comenzó a andar sobre las aguas hasta Jesús.

Entonces, ¿qué cambió? El conocimiento previo entró en su mente y tuvo miedo.

El miedo tiene esa particularidad de querer protegernos de algo. Dicen que es mejor un cobarde vivo que un héroe muerto. (La Biblia dice que “mejor es perro vivo que león muerto” – Eclesiastés 9:4)

¿El conocimiento anterior a la caminata estaba equivocado? No. De hecho, esos datos fueron los que lo habían ayudado mucho en la tarea en el mar, el cual demanda un gran respeto. Entonces, la creencia de él en esas experiencias anteriores (personales o no) no estaba equivocada.

De esta forma, hay momentos en que creer significa admitir que nuestra experiencia es verdadera, pero no tiene la palabra final.

Nicodemo – Cuando la religión no tiene categoría para lo que Dios está haciendo

Otro texto bien conocido e interesante para nuestro punto de hoy es Juan 3:1-15

“Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro”. Esa fue la frase introductoria de Nicodemo aquella noche.

Nicodemo no es un incrédulo ignorante. Es justamente su conocimiento religioso lo que hace la conversación interesante. Eran dos maestros judíos sentados en una noche fresca conversando sobre sus creencias. Un diálogo de igual a igual en cierto sentido. Y sus conocimientos no estaban equivocados. Jesús no los descarta. Solo que él ve una sombra en todo eso. Algo queriendo aparecer detrás de sus palabras que no llegaron a cristalizar en la primera colocación de Nicodemo.

Jesús (en su versión “Corte rápido Tramontina”) no pierde la oportunidad y le propone un dilema existencial que no puede ser respondido por la religión de Nicodemo: “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”

Jesús habla de nacer de nuevo y Nicodemo intenta encajar eso en las categorías que ya posee: “¿Cómo puede un hombre nacer, siendo viejo?”

La pregunta de Nicodemo es más que obvia. Lo era en aquella época y ahora también. Y la respuesta – dentro del plano físico – sigue siendo obvia.

Sin embargo, de la fuente de males que nos aquejan, el cuerpo es el más virtuoso. Ya las aflicciones existenciales radicadas en el alma necesitan otro tipo de respuesta.

Entonces, pará un poco y analizá: ¿El dilema de Nicodemo aquella noche, no se asemeja al nuestro? Él estaba intentando comprender la novedad de Dios usando solo categorías religiosas que trajo consigo. El equipaje.

Por lo tanto, a veces nuestra dificultad para creer no viene de la falta de religión, sino de la dificultad de admitir que Dios sea mayor que nuestra comprensión religiosa de él.

Pedro y los animales impuros – Cuando Dios contradice aquello que aprendimos ser fidelidad

Este otro texto también es bien conocido. Quizás no tanto como los otros, pero creo que se encaja en aquellos textos que merecen una segunda mirada (¿y cuál no?) Hechos 10:9-20

Diferente del Pedro de Mateo 14, aquí nos encontramos con un Pedro diferente. Particularmente fuerte en la fe. Ya es apóstol, ya confesó a Cristo. Ya recibió el Espíritu Santo. Ya predicó valientemente a Jesús. Ya fue encarcelado. Ya dijo aquella frase célebre “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Sin embargo, había un pequeño pedazo de su interior que aún necesitaba ser iluminado. Él necesita tener algunas creencias desmontadas.

Una idea que mucho me perturbó durante años es la transformación plena e instantánea de una persona cuando se convierte. Todo mi conocimiento bíblico me llevaba a concluir que la transformación en el momento de la conversión es profunda, radical y duradera. Eso, inevitablemente, me ponía otras dudas en el corazón: ¿cuándo me convertí? ¿será que de hecho soy convertido? Mis creencias necesitaban ser desmontadas.

Entonces, cuando Pedro oye “levántate, mata y come” la respuesta más directa, correcta, simple y natural que surge de su cabeza está aliada al conocimiento bíblico y a la práctica de una vida: “Nunca comí cosa alguna común e inmunda”.

Así como ocurrió con la traición y en su restauración, Pedro necesitó de tres visiones redundantes (que ni las tres negaciones o las tres preguntas sobre el amor) y una voz clara y fuerte que ponía fin a una época en su vida (que ni el gallo y que ni Jesús en la playa), dijo – en las últimas dos veces – afirmaba: “No llames tú común a lo que Dios purificó”

Pedro, así como Pablo persiguiendo la iglesia. Era firme en sus convicciones. Era fiel. Eso es fe hebraica en la práctica: fidelidad que hace que quien cree sea parte del cuerpo. (“el justo por su fe vivirá” Habacuc 2:4)

Nota a los que ya conocen el texto: El griego “pistis” no logra transportar todo el concepto del hebreo “emunāh” aunque se acerque mucho. La palabra hebrea transmite fe, fidelidad o firmeza/constancia. Ya “pistis” lleva más fe en el sentido de confianza y puede sí llevar algo de fidelidad o adherencia. Sin embargo, no agota el término hebreo, aunque sea el mejor término en el griego para expresar el hebreo sin recurrir a neologismos. El término griego trae la idea de un acto o actitud de creer mientras que el hebreo arrastra el concepto de firmeza, constancia confiable. Por lo tanto, Romanos 1:17 – para Lutero y todo el mundo protestante y luego reformado y por extensión fundamentalistas y evangélicos – se lee como “El justo por la fe , vivirá” (fijate en la coma. Con eso quiero representar que en Pablo podemos entender que la persona llega a la justicia a partir (“ἐκ”) de la fe) al punto que Habacuc podría ser leído “El justo, por la fe (fidelidad, constancia) vivirá” lo que trae consecuencias profundas en los conceptos de justificación, redención, salvación, etc. Ahí surge el problema de las traducciones al español. ¿Qué hacer? ¿Es fiel al texto literal original o sigue la línea interpretativa por entender que Pablo (de fe hebraica convertido a Jesús) escribiendo en griego sigue la septuaginta? Yo soy de la idea que debe permanecer fiel al texto original y nos corresponde a nosotros – por medio de la exégesis y la hermenéutica – mostrar evidencias claras de esa distinción en lugar de adoptar la interpretación de los reformadores como siendo verdad absoluta. Pero eso todo merece otro artículo. Solo basta decir que salvación, justificación y redención dependen de fe y se extienden a la fe. Fuera de ella (y exclusivamente ella), nada hecho.

Volvamos al asunto de Pedro y su visión.

Como estábamos diciendo: Pedro (así como Pablo) estaba siendo fiel a su conocimiento bíblico. La Ley le impedía comer cosas impuras, y él era fiel en eso.

Pero las cosas habían cambiado. Y los discípulos (y muchos de nosotros) no entendían cabalmente de qué se trataba eso todo al final.

Entonces, algunas de las creencias que Dios necesita corregir en nosotros son justamente aquellas que aprendimos a defender en su nombre.

Pedro reprendiendo a Jesús – Cuando Cristo amenaza al Mesías que queremos.

Leé el texto de Mateo 16:13-23. Yo sé que es conocido. Pero con todo lo que leíste hasta aquí, hay algunas cosas que deben saltar a tus ojos ahora mismo que no sea lo que voy a decir a continuación.

Este texto es muy íntimo, personal. Está el grupo pequeño de discípulos y Jesús. Acaban de llegar a Cesarea de Filipo. Y el maestro judío, siguiendo la tradición dialéctica de los rabinos, inicia con una pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?” O sea, ¿qué piensan las personas respecto a mi persona? ¿Quién soy yo en la idea de ellos?

Es obvio que Jesús sabía lo que las personas pensaban. Él ya había mostrado eso en repetidas ocasiones por medio de diálogos, discursos y confrontación directa. Sus discípulos sabían que él sabía. Luego, la pregunta apuntaba en otra dirección. Una más íntima quizás.

Y las respuestas vinieron, espontánea y estrepitosamente. “Juan el Bautista”, “Elías”, “Jeremías”, “o cualquiera de los profetas”.

Llegaron al final de las opciones que conocían y yo imagino que se hizo un silencio. Aquel que antecede a la pregunta de verdad. Puedo imaginar a Jesús mirando a todos ellos como quien está listo para presentar su punto más sensible. Luego él habló.

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

Imagino más silencio. En la mirada de Jesús la sinceridad de quien con la pregunta busca enseñar algo más. Y Pedro rompe el silencio: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente

Y yo, adiviná, imagino más silencio. En la cabeza de los otros judíos discípulos con certeza había pensamientos del tipo: “Enloqueció”. “Sí. El calor del desierto le frió los sesos. Llegó aquí con vegetación abundante y desandó de una vez”. “Mi… está blasfemando”. “¿Cómo así un individuo ser hijo de YHWH?”

Jesús se vuelve hacia él y le dice: “Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Para los que gustan de estudiar más: la teología natural – aquella que pretende sostenerse solo de la revelación no bíblica y que es obtenida por medio de los sentidos – logra llegar hasta la conclusión de que, teniendo en cuenta lo que la naturaleza revela, debe existir un dios creador. Pablo parece apuntar en esa dirección en Romanos 1:19-23ss. Ya para entenderlo como creador único y personal, es necesaria la revelación especial: la Biblia. Entonces, ese conocimiento general, universal, al alcance de cualquier individuo, sirve – por la conducta que ese individuo tiene después – solo para condenarlo. Ya para abrazar la fe salvadora es necesaria la revelación especial. (Cabe recordar Romanos 2:12-15 y luego el vv16)

Volviendo a la declaración de Pedro, ella es tan grandiosa que es la divisora de aguas del evangelio según San Mateo. Ve el inicio del 16:21: “Desde entonces comenzó Jesús…

Algo había cambiado. Algo había transformado profundamente el ministerio de Jesús. De haber estado al menos dos años en un plató bien conocido, ahora el maestro estaba resuelto en ir a Jerusalén y él sabía claramente lo que le esperaba en Jerusalén.

El cambio fue muy abrupto. En especial para Pedro. Pedro amaba a Jesús – así como los otros con excepción de Judas Iscariote que estaba en el grupo en esa ocasión también. En ese amor instó a Jesús a practicar lo que hoy la psicología llama autocuidado. “Señor, ten compasión de ti”.

No había dudas de que Pedro estaba plenamente consciente de que el panorama que Jesús pintara, no era nada confortable y acababa en muerte. La parte de la resurrección nadie entendía bien de qué se trataba por más que los fariseos y otros habían introducido esa noción hacía ya doscientos años.

La respuesta de Jesús debe haber resonado en el lugar apartado en que Pedro y Jesús estaban: “¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.

Estupefacto debe haber quedado Pedro.

Hace poquito Jesús había dicho que él era muy feliz porque lo que había dicho había sido revelado por el Padre que está en los cielos. Ahora, lo que había dicho solo manifestaba conocimiento terrenal de las cosas. Y Jesús lo llamó Adversario, Tentador, Acusador, Maligno

¿Qué había pasado?

Pedro aceptaba que Jesús era el Mesías (Cristo), pero rechazaba lo que el propio Mesías tenía como misión y método.

En la idea común de la época respecto al Mesías se juntaba todo. El ungido por Dios para liberar al pueblo de la opresión Romana y junto con eso las expectativas político-militares alrededor de esa idea de liberación.

Es posible confesar correctamente el nombre de Jesús y aún intentar subordinarlo al mundo que nos gustaría que él construyera.

Por lo tanto, el miedo de creer aparece cuando queremos que Jesús confirme nuestra visión del mundo, pero él comienza a juzgarla.

Conclusión

Quiero volver a Pedro sobre las aguas.

Vamos a considerar la idea de “salir del barco”

No estamos hablando de abandonar nuestra familia, tradición, experiencia, religión o preferencia política. Eso sería demasiado simplista. Esas cosas forman parte de la formación de quienes somos y pueden llevar mucha verdad.

La cuestión es más profunda, mucho más: ninguna de ellas puede ocupar el lugar de Cristo

Pedro no descubrió que el viento era imaginario. No estaba en la matrix y Neo vino a salvarlo. El viento era real. El mar continuaba peligroso. El barco era, humanamente, el lugar más seguro para estar. Y él estaba exactamente en el lugar y en la acción que quería: andar sobre las aguas como Jesús.

El llamado era real.

Quien llamaba era real.

Pero el miedo, o falta de fe como Jesús indica en el versículo siguiente, se hizo presente.

Todas sus creencias anteriores le pasaban como un lastre. Y lo hacían hundirse.

Seguir a Jesús puede exigir que pongamos los pies donde todo aquello que siempre supimos decía que no había suelo.

El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos

Comienzo mi día tomando estas pastillas. Al final del día, tengo cuatro más.

Hay una canción inmortalizada en la voz de la cantante argentina Mercedes Sosa que dice así: “El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos, y el amor no lo reflejo como ayer”.

El envejecimiento es una experiencia universal. Dicen que de nada tenemos seguridad en este mundo salvo de la muerte. Sin embargo (como bien decía Spurgeon) no hay nada más incierto que la hora de la muerte. Entonces, si vos estás vivo (y no habría otra forma de que estés leyendo este artículo), lo más seguro es que estás envejeciendo y ese proceso, si no es interrumpido por enfermedad o accidente, se prolongará algunos años más.

La vejez no llega de golpe. Se va instalando silenciosamente. De repente, vemos que ya no recordamos los nombres. Que el cuerpo exige cuidado. Que los padres envejecen y/o mueren. Que algunos proyectos dejan de ser sueños y pasan a ser recuerdos.

El verdadero choque no es perder la juventud; es descubrir que el tiempo ya no parece infinito.

La juventud vive de la ilusión de la reversibilidad

Mientras somos jóvenes, creemos que casi todo puede ser perfecto. Como tenemos fuerza, energía, vitalidad, el horizonte de la vida parece amplio y distante. Y, peor aún, reversible.

Pensamos que siempre habrá tiempo para pedir perdón, reconstruir relaciones, cambiar de profesión o corregir decisiones. La madurez revela que existen acontecimientos irreversibles. El evangelio no promete devolver el pasado; promete redimir personas que tienen un pasado. Redimir, simplificando, es comprar un esclavo por un precio. Liberarlo y llevarlo a un nuevo plano que, en el caso de Jesús y la fe en él, significa el Reino. Aquí y ahora. Otras palabras similares, pero que, aunque no se acercan, sirven para explicar lo que quiero decir: Manumisión, Emancipación. (En la emancipación/manumisión que conocemos, no se crearon las condiciones sociales necesarias para que el emancipado lograra tener una vida digna. Eso la redención lo trata más profundamente, y eso importa.)

La Biblia no romantiza la vejez

En realidad, la Biblia no romantiza nada. Cuenta dos historias de formas conmovedoras: la periférica, que es el relato de acciones, decisiones, observaciones, consecuencias de las decisiones — buenas y malas — y micro actos de redención alcanzando personas, familias, pueblos. Y también está el relato principal, que es la redención hecha por Jesús en la cruz, apuntando a una redención incluso de la creación. Lo importante aquí: Dios no abandona sus proyectos.

Textos como Eclesiastés 12 describen con realismo la decadencia del cuerpo. El Salmo 90 enseña a contar los días. Juan 21 muestra a Jesús anunciando a Pedro la pérdida gradual de la autonomía.

La Escritura honra las canas, pero nunca trata la vejez como un premio automático ni como sinónimo de sabiduría. Basta ver la multitud de personas mayores amargadas, iracundas, violentas, enojadas con Dios y con el mundo, viviendo en un inconformismo y resentimiento que caben bien en la adolescencia, pero no al final de la vida.

Los cambios en la vida, pueden sí ser de orden violento o instantáneo – un ACV, una parálisis, una traición, el trabajo que se pierde y cambia todo, en fin la lista es larga – pero los cambios sobre los cuales tenemos algún tipo de poder son demorados y dolorosos. Por eso, generalmente, negamos la necesidad de ayuda o la importancia de ver que, haciendo lo mismo que siempre hicimos, no lograremos obtener resultados diferentes.

Esos cambios requieren no solo un objetivo soñado. Necesitan transformarse en un plan bien establecido. No algo del tipo “De aquí en adelante todo será diferente”. Ese estribillo que se repite año tras año en cierta TV pública — el jingle de fin de año de la Rede Globo, el mayor canal brasileño, que promete que el año nuevo lo cambiará todo — ya muestra, en febrero o marzo, que no es verdad.

Las consecuencias permanecen. La condenación, no.

La Biblia está llena de personas que pecaron, obtuvieron el perdón de Dios y tuvieron que continuar viviendo con las consecuencias de su pecado. Tal vez el ejemplo más claro sea el de David.

Hay una edad en que descubrimos que ya no somos definidos por nuestros mayores aciertos ni por nuestros mayores fracasos. Somos definidos por la gracia con que Dios sigue escribiendo la historia a pesar de ellos.

La historia de David muestra que Dios perdona sin borrar todas las consecuencias. Hay pérdidas que permanecen hasta el fin de la vida. David no perdió solo al hijo que tuvo con Betsabé — el embarazo de ella fue justamente lo que llevó a David a enviar a Urías al frente — sino que también enfrentó una fractura de integridad y repercusiones prolongadas en la casa real.

En el episodio de Betsabé, después de que David pecara, la Biblia dice que el SEÑOR envió a Natán a David (2 Samuel 12). Natán confronta a David con una parábola y, luego, anuncia directamente las consecuencias: que la espada no se apartaría de la casa de David y que el hijo moriría, y que eso sucedería “por cuanto” David actuó de ese modo (2 Samuel 12:1-14).

Aun con eso, David no perdió el reinado, y no fue “descalificado” como rey ante Dios: continuó siendo uno de los líderes del pueblo judío y, a pesar de las consecuencias, permaneció en el propósito divino.

Creo que pocos logramos entender la actitud de David al levantarse del ayuno así que el niño murió e ir a celebrar un banquete. Para el observador ocasional, eso suena a psicopatía, o al menos a desinterés. Generalmente lo que se espera es que se haga duelo tras la muerte. Él no. Menos mal que tenemos la explicación bíblica. Por eso sugiero la lectura completa del episodio.

El cristiano anciano puede llevar cicatrices profundas sin seguir viviendo como condenado. Y eso es realmente liberador. Romanos 8 y 1 Corintios 4 muestran que la palabra final sobre nuestra vida pertenece a Cristo, no a la culpa ni a los aplausos.

El envejecimiento desmonta la ilusión de autosuficiencia

La mayor pérdida tal vez no sea la fuerza física, sino la autonomía. El cuerpo deja de obedecer, la memoria falla, otras personas pasan a cuidar de nosotros, la privacidad y la independencia dejan de ser un bien extremadamente preciado y cuidado para convertirse en moneda de cambio con el mantenimiento de la vida.

Descubrimos que nunca fuimos realmente independientes; solo conseguíamos esconder nuestra dependencia. Ahora ya no. La vejez se convierte en una especie de humildad compulsoria.

Por ejemplo, el modo en que Jesús describe el futuro de Pedro muestra que la dependencia no siempre es elegida: en lugar de Pedro seguir el camino que quería, habría un tiempo en que sería llevado “a donde no querés”. El cuerpo — y, por extensión, la voluntad — deja de ser el centro del gobierno, y la vida pasa a ser conducida por un llamado que lo trasciende. Así, la fragilidad no aparece solo como falla; se convierte en lugar de comunión con la gracia y con la misión, porque el “yo” ya no sostiene solo el peso del camino.

La iglesia local debería ser el lugar donde la fragilidad encuentra comunión

A medida que la dependencia crece, se vuelve aún más necesaria una comunidad capaz de acoger confesión, arrepentimiento, duelo y limitaciones.


No te engañes, hasta el más perdido de los pecadores necesita confesión. Hay un libro publicado recientemente sobre los francotiradores occidentales en Sarajevo en los años 1990. Trataré de eso en otro artículo.


Volvamos al asunto del duelo, confesiones, limitaciones.

En lugar de acoger confesión, arrepentimiento, duelo y limitaciones, muchas iglesias esperan que los mayores demuestren estabilidad permanente. La comunión de los santos debería ser un bálsamo justamente cuando ya no hay cómo volver atrás.

Y es en ese sentido que María, puesta bajo los cuidados de Juan (Juan 19:26-27), es una buena ilustración: ella es recibida, sostenida y amparada por alguien designado para no dejar la fragilidad aislada. Si hasta en ese momento, cuando la vida de Jesús estaba siendo llevada, María no fue “abandonada”, sino entregada al cuidado, entonces la iglesia también debe aprender a hacer lo mismo con sus ancianos — no como favor, sino como expresión de amor que no depende de la fuerza de quien recibe.

Cristo da sentido al tiempo que queda

La esperanza cristiana no consiste en recuperar la juventud ni en escapar de la realidad. Consiste en descubrir que el tiempo, incluso cuando nos quita las fuerzas, oportunidades y autonomía, sigue perteneciendo a Dios. Cristo no elimina la finitud; él impide que tenga la palabra final.

Ahora, sin romantizar ni endulzar la píldora del envejecimiento, vamos a anclar la reflexión en 2 Corintios 4:16: “Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.” El cuerpo puede “dejar de obedecer”, pero la vida interior no queda sin gobierno: se va reorganizando, día tras día.

Y el mismo tono pastoral aparece en Isaías 46:4: “Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré.” Dios no se aleja cuando la capacidad disminuye; Él sostiene cuando la dependencia aumenta.

Por último, el Salmo 71:9-18 pone palabras en un duelo que es real: describe envejecimiento y declive, pero no calla el testimonio de amparo. La vejez puede doler — aun así, la mano que sostiene no cambia.

El envejecimiento, sin embargo, no es solo finitud “gradual”; hay días en que llega una especie de noche interior. En el Alzheimer, la memoria se rompe, las palabras se pierden, y a veces el cerebro ya no parece alcanzar los estímulos como antes. En esos momentos, la promesa de Dios no es que la mente vuelva a funcionar, sino que Él guarda en paz a quien persevera.

Tal vez llegue un día en que nuestra mente ya no logre permanecer firme en él. No es más una capacidad cognitiva que la persona controla, es algo sostenido por amor: por oración, por presencia, por lectura, por música, por cuidado paciente.

Cuando llega el tiempo en que “ni siquiera el cerebro parece responder”, aun así la comunión puede suceder por caminos que atraviesan el pensamiento consciente: una canción conocida, el tono de la voz, una frase del evangelio dicha con constancia, una oración susurrada. Vi eso en personas que ya no hablaban por causa del Alzheimer, pero se conmovían — lloraban — cuando el nombre de Jesús era anunciado. No era performance: era vida sostenida por gracia, incluso en el límite.

Conclusión

Envejecer es descubrir que existen decisiones irreversibles, pérdidas definitivas y límites que no pueden ser negociados. Es también percibir que nuestra dignidad nunca estuvo en la fuerza, en la memoria o en la capacidad de controlar la propia vida.

Hay un momento de la vida en que ya no podemos volver atrás. Pero aún podemos caminar hacia adelante. No porque el pasado dejó de existir, ni porque las pérdidas dejaron de doler.

Caminamos porque Cristo entró en nuestra historia, incluso en esa parte que nunca lograremos reescribir. El tiempo sigue pasando. Seguiremos envejeciendo. Pero ya no caminamos hacia el vacío. Caminamos al encuentro de aquel que prometió: “Hasta vuestra vejez yo seré el mismo… yo os sostendré.” (Isaías 46:4)

¿Dónde sangra el cristiano?

¿Dónde sangra el cristiano?

Hay dolores para los que la iglesia parece no tener liturgia.

En “007 – El mundo no es suficiente” hay un diálogo que quedó grabado en mí cuando la vi:

Q (a Bond):
“Siempre intenté enseñarte dos cosas. Primero: nunca dejes que te vean sangrar.”
Bond: “¿Y la segunda?”
Q: “Tené siempre un plan de escape.”

Sin darnos cuenta, muchas comunidades cristianas enseñan exactamente eso. No desde sus púlpitos, sino desde sus culturas.

No hablamos de matrimonios que se terminan, del hijo que murió, de la depresión, de la pornografía, de la incredulidad, del adulterio, del suicidio, de la violencia intrafamiliar, del adulterio, de la soledad. Simplemente hacemos como si nada y seguimos adelante. Algunos fingen que no saben; otros no dejan que se note que están sangrando. Es una fórmula para la tormenta perfecta.

Y esto no ocurre porque Cristo no pueda lidiar con estas cuestiones, sino porque tenemos miedo de cómo lidiarán los hermanos. Y se entiende. El miedo al chisme institucionalizado —siempre insisto en que es fácil condenar a la mujer que fornicó y quedó embarazada, o los vicios visibles, pero quien chismea siempre queda afuera. Y esto no sucede solo en una denominación, sino en varias. Por lo tanto, es estructural, institucional—, como venía diciendo, el miedo al chisme institucionalizado hace que, cuando enfrentamos un problema de gente real, nos quedemos callados o que, cuando hablamos, encontremos un vacío terrible: por regla general, las iglesias ni siquiera consideran la posibilidad de buscar ayuda afuera.

Después de todo, si Cristo satisface todas nuestras necesidades, ¿cómo es posible que un cristiano llegue siquiera a considerar la idea de recurrir a un psicólogo? Y yo respondo: de la misma forma que, cuando alguien tiene un accidente y se quiebra una pierna, corremos a la guardia y no al templo a orar. Es obvio que, si la mente desfallece o se quiebra, necesitamos la ayuda de otros que, como los traumatólogos, logren ver la humanidad de forma transversal y no unilateral o vertical.

Si vos, como cristiano, permitís que los demás te vean sangrar, te exponés al ridículo ante el grupo de personas que debería ser el más seguro del mundo. Simplemente porque el perdón, el amor, la solidaridad y cargar las cargas de los demás se tratan como materia “espiritual”, como si fueran apenas una materia “teórica”.

Cuando vemos a pastores fracasar —como en lo sucedido en nuestra ciudad en los últimos meses— observamos el vacío que se forma alrededor. Personas que simplemente se van escandalizadas, en vez de mantenerse firmes para sanar. En esto, como me explicaba un colega esta semana, las iglesias que tienen una estructura episcopal (es decir, jerárquica) corren con cierta ventaja frente a las que tienen un gobierno congregacional (o más descentralizado y representativo).

Ante el abismo que enfrenta nuestro hermano, retrocedemos como si tuviera lepra.

Si la psicología, el psicoanálisis y otras corrientes de tratamiento similares tienen cada vez más presencia y uso, es por dos razones:

Primero, porque Dios así lo permitió; porque “las cosas reveladas pertenecen a los hombres”. Por lo tanto, no puede decirse que ningún avance humano sea meramente humano. De alguna manera, en ello hubo permiso y voluntad de Dios.

Segundo, porque parte de la iglesia terminó desarrollando una espiritualidad que sabe hablar de la eternidad, pero tiene dificultades para permanecer al lado de quien se está hundiendo hoy. Es decir, una “teología del escapismo”, de cosas solamente espirituales, centradas en sí mismas y vividas solo para sí; o sea, para la propia institución y no para la sociedad para la que debe ser luz y sal. Dejó de interesarse por el ser humano, excepto para sumar números o asentir “espiritualmente” —otra vez, en el sentido de “teórico” frente a “práctico”— a un conjunto de ideas que, en el mejor de los casos, responde preguntas que ella misma formuló y respondió en el siglo XVI.

Escribo esto porque ya descubrí más de una vez lo que significa atravesar un dolor profundo casi solo. En distintos momentos de mi vida, esperé que la iglesia supiera cómo cuidar. La mayoría de las veces, simplemente no supo. No hubo persecución. Hubo ausencia.

La iglesia no falla porque sea mala. Falla porque fue entrenada para responder preguntas y no para permanecer al lado de quien sufre.

Jesús nunca tuvo miedo de tocar a quien sangraba

Y él mismo sangraba (a diferencia del consejo de Q a Bond).

La mujer con flujo de sangre. El leproso. Lázaro, que ya olía mal. Pedro, después de la negación. Tomás, después de la duda.

Cristo nunca exigió que alguien escondiera la herida para entonces acercarse a él.

Y todos fueron transformados después de su toque.

Y tal vez el título afirmativo de “Dónde sangra el cristiano” podría transformarse en una pregunta: “¿Por qué construimos comunidades donde esconder la sangre parece más seguro que mostrarla, si seguimos precisamente a un Señor que decidió no esconder sus propias heridas?

¿Hemos aprendido a anunciar a un Salvador que recibe pecadores mientras construimos comunidades donde los pecadores necesitan esconder su propia sangre?

Jesús y la Inteligencia Artificial

Hace pocos días ocurrió una escena curiosa en nuestro trabajo.

Gran parte de nuestro flujo de desarrollo ya pasa por la inteligencia artificial. Ella sugiere código, revisa fragmentos, señala errores, organiza ideas. Entonces, de repente, se acabaron los créditos de la plataforma que estábamos usando. La renovación solo ocurriría al día siguiente.

Nos quedamos mirando unos a otros.

No porque hubiéramos desaprendido a programar (aunque ya hay evidencias de cierto raquitismo mental). Sino porque, sin darnos cuenta, habíamos dejado de ver gran parte del camino que el código recorría hasta llegar a nuestras manos. La herramienta se había vuelto tan presente que ya formaba parte de la propia manera en que pensábamos.

Sospecho que esto sucederá con toda la sociedad.


Puede que no estés al tanto, pero la inteligencia artificial fue alimentada con todo lo que la humanidad ha producido de forma escrita o gráfica o cualquier otro medio que pueda ser digitalizado. Hoy, cuando responde a una pregunta, lo hace basado en ese conocimiento. Además, usa fuentes abiertas en internet para continuar “aprendiendo” y así poder responder de forma actualizada.

En 2026 cruzamos un umbral importante: más del 50% del contenido de internet fue producido por la inteligencia artificial. Inevitablemente esto nos lleva a que la propia inteligencia artificial estará produciendo contenido a partir de otro contenido que ella misma produjo o ayudó a producir. Con esto, la creatividad humana va siendo dejada de lado por la facilidad del uso de conocimiento acumulado… sin producir más contenido relevante nuevo.

Volvamos al texto


Nadie hoy se detiene a reflexionar sobre la electricidad antes de encender una lámpara. No pensamos en la ingeniería de los reservorios, la altitud que deben tener para usar la fuerza de la gravedad, y otras cosas parecidas cuando abrimos el grifo. Ni comprendemos toda la cadena que permite a un avión cruzar el océano.

Simplemente usamos.

Con la inteligencia artificial sucederá lo mismo.

Pero existe una diferencia importante.

La electricidad no interpreta por nosotros. Así como el agua corriente no piensa por nosotros.

La inteligencia artificial, de cierto modo (y sin ser inteligencia, solo lógica muy rápida), interpreta. Resume. Organiza. Prioriza, Sugiere. Ella toca justamente aquello que consideramos más humano: nuestra capacidad de comprender, que a su vez conecta con nuestra capacidad creativa.

Tal vez por eso nos obligue a volver a una pregunta muy antigua.

Cuando un intérprete de la Ley preguntó a Jesús cómo heredaría la vida eterna, Jesús respondió con dos preguntas:

“Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” (Lucas 10:26, RVR1960)

Siempre me impresionó que Jesús no preguntara solo qué estaba escrito. Él preguntó cómo aquel hombre leía.

El problema nunca fue solo el texto. El problema es también el lector.

Eso vale para la Biblia. Vale para la historia. Vale para la política. Vale para la propia inteligencia artificial.

No estamos solo formando respuestas. Estamos formando lectores.

Tal vez sea justamente aquí que la iglesia necesite recuperar algo que fue perdiendo a lo largo del tiempo.

Un amigo me preguntó recientemente si no tengo miedo de que un proyecto de inteligencia artificial dirigido a predicadores haga que los cristianos piensen menos.

Mi respuesta fue incómoda hasta para mí.

Tal vez hayamos desistido del pensamiento crítico mucho antes de la inteligencia artificial. Hace mucho tiempo aprendimos a leer la Biblia a través de los comentarios. Elegimos autores que confirmen nuestra tradición, nuestra escuela teológica, nuestras preferencias. Muchas veces conocemos mejor a los intérpretes que al propio texto.

Calvinistas y arminianos (por no hablar de los molinistas y otras corrientes), por ejemplo, frecuentemente se acusan mutuamente de forzar las Escrituras. Tal vez ambos deberían empezar por la misma pregunta de Jesús:

“¿Cómo lees?”

Eso no significa despreciar la tradición.

Muy por el contrario.

Pedro escribe que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada (2Pedro 1:20-21, RVR1960). Pablo afirma que el espíritu de los profetas está sujeto a los propios profetas (1Corintios 14:32-33, RVR1960). La interpretación bíblica nunca fue una experiencia aislada, casi mística, entre un individuo y su texto (de hecho las sectas surgen así). Siempre ocurrió en la vida del pueblo de Dios, donde hermanos corrigen a hermanos, generaciones dialogan entre sí y la propia Escritura juzga nuestras conclusiones.

La revelación fue entregada a la iglesia, no al individuo. Basta solo considerar cómo la iglesia resolvió la gran disparidad sobre la inclusión de los gentiles en el pueblo de Dios. Los apóstoles y ancianos se reunieron, escucharon diferentes testimonios, examinaron las Escrituras y llegaron juntos a una conclusión (Hechos 15:1-29, RVR1960). No fue una solución de compromiso político, sino de compromiso común ante la acción de Dios y su Palabra. Sin aquel concilio, probablemente ni tú ni yo habríamos sido alcanzados por el evangelio de la misma forma.

Eso hace toda la diferencia.

Recientemente escuché a Luis Felipe Pondé defender la vuelta del examen oral como elemento mitigador del uso de las inteligencias artificiales por parte de los alumnos. Me pareció una idea interesante. Un examen escrito puede revelar que alguien organizó bien la información. Pero una conversación revela algo más profundo. Descubre rápidamente si ese conocimiento se volvió carne o sigue siendo solo repetición.

Tal vez sea exactamente por eso que Jesús hacía tantas preguntas.

Él no estaba coleccionando respuestas.

Él estaba formando personas.

Y las personas no maduran solo acumulando información. Maduran cuando necesitan responder ante alguien.

Es curioso notar que la propia inteligencia artificial nos empuja de vuelta a esa necesidad. Ella puede resumir bibliotecas enteras, comparar traducciones, encontrar paralelos, organizar argumentos. Todo eso tiene un enorme valor. Yo mismo la utilizo diariamente.

Pero ella no pertenece al Cuerpo de Cristo (1Corintios 12:12-27 RVR1960)

Ella no participa de la comunión de los santos.

Ella no visita a un enfermo. No acompaña a un enlutado. No reparte el pan. No celebra la Cena. No camina al lado de alguien cuya fe está desmoronando.

Esas cosas siguen sucediendo entre personas.

Tal vez ese sea el verdadero desafío de nuestro tiempo.

No decidir si usaremos inteligencia artificial. Recuerda lo que ya pasó con la máquina a vapor, la máquina de escribir, la computadora, el procesador de texto, etc.

La usaremos. De forma consciente o no.

La pregunta es otra.

¿Continuaremos permitiendo que la Palabra de Dios ocupe el centro (2Tim. 3:16-17; Hebreos 4:12, RVR1960), o se convertirá solo en una voz más entre comentarios, algoritmos, videos, resúmenes y opiniones?

Al final, la tecnología fue solo el punto de partida.

La pregunta sigue siendo la misma de hace dos mil años.

¿Cómo lees?

Milagros del cotidiano

Todo pasaje conocido corre un riesgo

Por lo general, cuando leemos un pasaje bíblico por primera vez, o escuchamos una primera predicación sobre él, formamos una idea al respecto. Y, como suele suceder, la primera impresión termina quedándose. Todos desarrollamos una manera de interpretar ciertos textos de las Escrituras. Quizás, más tarde, volvamos a ellos para sacar otras lecciones. Pero, una vez que llegamos a una conclusión, es muy difícil ver el mismo pasaje de otra manera.

¿Qué es lo que normalmente cambia esa mirada? A veces, una experiencia de vida. A veces, el tiempo. Otras veces, nuevos aprendizajes. Pero, sobre todo, la disposición de seguir buscando, sin conformarse con la primera lectura. La primera lectura es solo la antesala de un banquete mucho mayor.

Quizás sea justamente eso lo que nos falta. Somos criaturas de hábito. Y el hábito, cuando llega a la Biblia, puede impedirnos ver nuevas tonalidades del mismo texto.

Uno de esos pasajes es el inicio de Juan 6.

Es un texto tan conocido como la parábola del hijo pródigo o la crucifixión de Jesús. Y, casi siempre, terminamos en la misma conclusión: “Entregale a Jesús lo poco que tenés”.

Esa conclusión no está equivocada. Al contrario, hace justicia al texto.

El problema es que, cuando llegamos demasiado rápido a la conclusión, dejamos de apreciar el paisaje.

¿Por qué creer en esta historia?

El relato de la alimentación de la multitud aparece en los cuatro Evangelios. Eso, por sí solo, ya llama la atención. Al fin y al cabo, Juan es bastante diferente de los otros tres evangelistas. Mateo, Marcos y Lucas son llamados sinópticos porque siguen una estructura muy similar. Juan escribe de otra manera.

Y él explica por qué.

Al final de su Evangelio, afirma que Jesús realizó muchos otros signos que no fueron registrados, “pero estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.

Nada allí es ocasional.

Juan elige cuidadosamente los acontecimientos que narra. Y no es por casualidad que coloca la multiplicación de los panes antes del gran discurso sobre Jesús como el Pan de Vida.

Además, los Evangelios fueron escritos cuando aún había muchas testigos vivos de esos acontecimientos. Treinta años habían pasado desde la muerte y resurrección de Cristo. Era tiempo suficiente para que los apóstoles percibieran la necesidad de registrar por escrito aquello que la Iglesia anunciaba desde el principio, pero aún había gente capaz de confirmar o negar esos hechos.

O esta historia ocurrió, o sería una mentira monumental.

No hay mucho espacio entre una cosa y otra.

Y una comunidad que estaba dispuesta a morir por aquello que anunciaba difícilmente construiría su mensaje sobre una fábula tan fácilmente desmentida.

Partiendo, entonces, del supuesto de que estamos ante un hecho verdadero, vale la pena observar algunos detalles.

¿Quién preparó ese almuerzo?

Jesús enseñaba a una multitud enorme.

Hablar al aire libre para cinco mil personas ya sería, por sí solo, un desafío extraordinario. Era necesario mantener la atención, hacer que el mensaje llegara a los que estaban más lejos, no perder el hilo de la conversación.

Pero llega un momento en que surge una preocupación muy simple.

¿Quién va a alimentar a esta gente?

Jesús llama a Felipe y le pregunta dónde podrían comprar pan para tanta gente. El propio texto explica que Jesús hacía esto para probarlo, pues sabía muy bien lo que iba a hacer.

Las pruebas siempre son más para nosotros que para Dios. No sirven para probar nuestra fidelidad a Él. Sirven para revelarnos a nosotros mismos quiénes realmente somos.

Felipe mira la situación y responde de la manera más honesta posible. Ni doscientos denarios —prácticamente el salario de doscientos días de trabajo— serían suficientes para que cada persona recibiera un pequeño pedazo de pan.

Entonces aparece Andrés.

Y hace exactamente lo que ya había hecho en el primer capítulo del Evangelio. Allí, encuentra a su hermano Simón y lo lleva hasta Jesús. Ahora encuentra a un niño y hace lo mismo.

“Aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces…”

Juan es el único evangelista que cuenta esto.

Es el único que dice que los panes eran de cebada.

Es el único que menciona al niño.

Y esto despierta una serie de preguntas.

¿Quién preparó ese almuerzo?

¿La madre?

¿El propio niño?

¿Quién pensó que pasaría el día fuera y necesitaría llevar comida?

La cebada era el pan del pueblo simple. No de la miseria absoluta, sino de la mesa cotidiana de los trabajadores. Y esos peces probablemente eran pequeños peces salados, usados más como acompañamiento que como alimento principal.

Era una vianda común.

Nada extraordinario.

Y quizás sea justamente ahí donde reside lo extraordinario.

El Dios que sigue creando

Nosotros solemos esperar que Dios intervenga suspendiendo las leyes de la naturaleza.

Pero este signo comienza justamente con la naturaleza funcionando perfectamente.

Hubo lluvia.

Hubo tierra.

Hubo siembra.

Hubo cosecha.

Alguien molió la cebada.

Alguien horneó el pan.

Alguien pescó esos peces.

Alguien preparó ese almuerzo.

Y solo después Jesús lo tomó en sus manos.

Juan llama a estos acontecimientos señales.

Y una señal siempre apunta a algo mayor.

Quizás esta apunte justamente al hecho de que Dios no ha desistido de su creación.

Vivimos rodeados de una espiritualidad que parece desear escapar del mundo. Como si la creación fuera solo un lugar provisional del cual el alma necesita huir.

El Evangelio apunta en la dirección contraria.

El Verbo se hizo carne.

Dios entró en la creación.

Y, ante aquella multitud, eligió realizar una señal utilizando exactamente aquello que la propia creación había producido y que manos humanas habían preparado.

El Reino no comienza destruyendo el mundo.

Comienza restaurándolo.

Por eso, quizás la gran lección de este texto no sea solo entregar a Jesús lo poco que tenemos en las manos.

Quizás sea aprender a mirar el cotidiano con otros ojos.

Porque Dios sigue haciendo lo extraordinario a partir de lo ordinario.

Cinco panes de cebada.

Dos peces.

Un niño anónimo.

Una familia que jamás imaginó que el almuerzo preparado esa mañana formaría parte de la historia de la redención.

Quizás sea justamente así que Dios sigue trabajando.

Y quizás nosotros estemos buscando sus milagros en el lugar equivocado.

¿A quién debe juzgar la iglesia?

Hay algunos temas que, a lo largo de los años, se han vuelto prácticamente prohibidos dentro de la iglesia. Uno de ellos es el juicio. Basta que alguien cite “no juzguéis, para que no seáis juzgados”, y parece que toda la conversación termina ahí. Como si Jesús hubiera prohibido cualquier forma de discernimiento, cualquier forma de corrección, cualquier forma de disciplina.

El problema es que la iglesia terminó absorbiendo mucho más de la cultura a su alrededor de lo que imagina. Empezamos a llamar amor a lo que la Escritura jamás llamó. Un amor que nunca confronta, nunca corrige, nunca llama al arrepentimiento. Un amor que solo acoge. Pero ese no es el amor bíblico. El amor de Dios jamás es irresponsable. Es paciente, misericordioso y lleno de gracia. Pero justamente por amar, también corrige.

Por eso la pregunta no es si la iglesia puede juzgar. La pregunta es otra: ¿a quién debe juzgar la iglesia?

Pablo responde de manera sorprendente. “¿Pues qué me importa juzgar a los que están fuera?” Y, antes de que alguien saque una conclusión precipitada, él mismo explica. Cuando escribió para no asociarse con personas libertinas, avaras, idólatras, maldicientes, borrachas o ladronas, no estaba hablando de los que pertenecen al mundo. Porque, si fuera así, dice él, “sería necesario salir del mundo”.

Esta observación cambia completamente la discusión.

El problema nunca fue convivir con pecadores. Si ese fuera el problema, Jesús jamás se habría sentado a la mesa con publicanos y prostitutas. La iglesia no fue enviada para huir del mundo, sino para anunciar a Cristo al mundo.

Entonces, ¿de quién está hablando Pablo?

De aquel que se dice hermano.

De aquel que desea ser reconocido como miembro del cuerpo de Cristo, participa de la comunión de la iglesia, pero decidió permanecer en rebeldía contra Cristo sin ningún arrepentimiento.

La diferencia no está en la gravedad del pecado. Está en la verdad de la comunión.

Porque el perdido normalmente sabe que está perdido.

El autoengañado cree que encontró a Cristo mientras sigue caminando en la dirección opuesta.

Es justamente ese autoengaño que la iglesia no puede confirmar.

Pero para entender esto necesitamos retroceder un poco.

En Mateo 18, Jesús presenta el camino de la disciplina. Si tu hermano peca contra vos, andá a hablar con él. Solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano. Si no te escucha, llevá testigos. Si aun así no escucha, decíselo a la iglesia. Solo después de haber recorrido todo este camino es que Jesús dice que lo traten como gentil y publicano.

Notá que, desde el principio, el objetivo nunca fue expulsar a alguien.

El objetivo siempre fue ganar al hermano.

La disciplina es el último recurso cuando todos los intentos de restauración han fracasado.

A primera vista, parece un problema personal. Un hermano pecó contra otro hermano. Pero solo a primera vista.

Porque el Nuevo Testamento va a revelar que ningún pecado dentro de la iglesia es solo un problema entre dos personas.

Cuando Saulo perseguía a los cristianos, Jesús no preguntó: “¿Por qué perseguís a mi iglesia?”

Preguntó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me perseguís?”

La agresión contra el cuerpo fue tratada como una agresión contra la propia cabeza.

Más tarde, el propio Pablo desarrollará esta verdad. La iglesia es el cuerpo de Cristo. Si un miembro sufre, todos sufren. Si un miembro enferma, todo el cuerpo enferma. “¿Quién se debilita, que yo también no me debilite?” Y a los corintios les escribe como quien siente “dolores de parto” por esos hermanos.

Entonces la disciplina deja de ser un conflicto entre dos personas.

Pasa a ser una cuestión del propio cuerpo de Cristo.

Cuando un miembro enferma, el resto del cuerpo no puede fingir que nada pasó. Tampoco puede amputarlo por conveniencia. El cuerpo moviliza todo lo que posee para restaurarlo.

Es exactamente eso lo que ocurre en 1 Corintios 5.

La iglesia estaba orgullosa de una tolerancia que Pablo considera incompatible con el evangelio. Un hombre vivía públicamente en pecado, se negaba al arrepentimiento, y la iglesia seguía tratando aquello como si fuera solo una expresión de la gracia.

Pablo reacciona.

No porque ese hombre estuviera más allá de la gracia.

Sino porque la iglesia estaba usando la gracia para confirmar una mentira.

Entonces él ordena que ese hombre sea apartado de la comunión.

Este quizás sea uno de los textos más duros del Nuevo Testamento.

Pero solo hasta que leemos el motivo.

El objetivo no es destruirlo.

No es preservar la imagen de la iglesia.

No es demostrar superioridad moral.

Es para que despierte.

Es para que deje de vivir en el peor estado espiritual posible: creerse unido a Cristo mientras rechaza, deliberadamente, el señorío de Cristo.

La disciplina no rompe la comunión.

Solo hace visible una ruptura que ya ocurrió en el corazón.

Pero la historia no termina ahí.

Años después, escribiendo nuevamente a los corintios, Pablo manda hacer el movimiento inverso. Ahora es tiempo de consolar. Es tiempo de confirmar el amor. Es tiempo de recibir nuevamente a ese hermano, para que no sea consumido por excesiva tristeza.

Independientemente de si se trata exactamente de la misma persona o de otro caso, el principio permanece idéntico.

El mismo apóstol que mandó apartar ahora manda restaurar.

Porque el objetivo nunca fue perder a alguien.

Siempre fue recuperarlo.

Es por eso que Hebreos afirma que Dios corrige a quien ama.

No corrige porque dejó de amar.

Corrige justamente porque ama.

Quizás el mayor error de la iglesia contemporánea sea separar estas dos cosas.

Hay iglesias que hablan tanto de gracia que abandonaron la disciplina.

Hay iglesias que hablan tanto de disciplina que olvidaron la gracia.

El evangelio no permite ninguno de estos extremos.

La iglesia no disciplina porque se considera mejor.

Disciplina porque entiende que un miembro enfermo compromete todo el cuerpo.

Y restaura porque entiende que ese mismo miembro sigue siendo objeto del amor de Cristo.

Al fin y al cabo, la marca del cristiano nunca fue la perfección.

Tampoco es el conocimiento bíblico, los dones espirituales o la reputación.

La marca del cristiano es el arrepentimiento.

Mientras existe arrepentimiento, existe comunión.

Cuando desaparece, la iglesia ama lo suficiente para corregir.

Y, cuando reaparece, ama lo suficiente para restaurar.

Es así como Cristo trata a su cuerpo. Y es así como el cuerpo de Cristo debe aprender a cuidarse a sí mismo.

¿Dónde pasa Dios ocho horas por día?

¿Dónde pasa Dios ocho horas por día?

Tal vez nunca te detuviste a pensar, pero ¿dónde es que Dios pasa ocho horas por día?

Obvio que sabemos que Dios está fuera del tiempo y el espacio. Ambas cosas son obras suyas, por lo tanto, no está sujeto a esas contingencias. Sin embargo, cada vez que Dios necesita interactuar con el ser humano, lo hace dentro del tiempo y del espacio para y en el cual el hombre fue creado.

Con esto, la pregunta toma un carácter más objetivo. Al fin y al cabo, si seres angelicales tienen sus manifestaciones dentro de este ámbito (como en el libro de Salmos 34:7 – de “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”) o cuando Dios desciende al monte en medio del fuego (Éxodo 19:18) o cuando Dios llena el templo con su presencia en un escenario histórico, geográfico, político real (Isaías 6) por citar algunos ejemplos.

Vale entonces la pregunta, ¿Dónde pasa Dios ocho horas por día? Tal vez algunos responderían “en la iglesia” (suponiendo que la iglesia es un lugar físico, por ejemplo). Otros dirían “en la iglesia” (suponiendo que la iglesia es una cosa mística del más allá que no toca lo cotidiano). Otros, dirían “en todos los lugares”. Otros, rozando el panteísmo o manifestándolo plenamente: “en todas las cosas”.

Pero la pregunta sigue siendo válida. Si miramos la vida de Jesús, la respuesta es sorprendente.

Jesús trabajó más de lo que predicó

Existe una diferencia brutal en el tiempo que Jesús trabajó (algo así como 20 y tantos años) y lo que predicó (alrededor de tres años). Redondeando: el 90% de su vida la dedicó al aprendizaje y a la vida profesional mientras que poco más del 9% lo invirtió en el ministerio.

Acompañó a su padrastro aprendiendo el oficio de él, la manera de tratar con las personas, la forma de analizar los materiales, cómo trabajar ese material para satisfacer al cliente. Debe haber pasado por fases buenas y malas. Plazos, calidad, esfuerzo, cansancio.

¿Por qué Dios decidió manifestar a su hijo de esta forma?

La división que inventamos

Sin darnos cuenta, aprendimos a dividir la vida en dos territorios: lo sacro y lo profano.

La “iglesia” (que para muchos significa la construcción física y no las personas como en la Biblia), pero – como venía diciendo – la “iglesia” se volvió un lugar sagrado. Sería el lugar de contacto entre lo terrenal y lo divino. Un pedazo de terreno santo en el que se camina diferente, se habla diferente, se piensa diferente de lo que “en el mundo”. Y eso con mayor énfasis los domingos a la noche durante 90 minutos en un ritual que se repite hasta el cansancio.

Es verdad que en la vieja alianza (o en el viejo testamento si querés) había una separación rígida bien establecida. En lugar de las relaciones orgiásticas que los pueblos practicaban, la propuesta que Dios entregó al pueblo hebreo cuando lo eligió, incluía una separación de lo santo con lo sagrado que se ve claramente en la zarza ardiendo, en el velo de Moisés, en la institución del sacerdocio, en la tienda de la revelación durante el desierto, en el templo de Salomón con toda su gloria y en el segundo templo con todo aquel esplendor terrenal que Herodes el Grande le dio.

En el nuevo pacto. En la exacta consumación del sacrificio sacerdotal perfecto, el velo del templo se rasgó. Mateo 27:51ss lo describe de forma espléndida, con unos detalles difíciles de aceptar o creer pero completamente compatibles con lo que estaba sucediendo: un nuevo reino (ocupando exactamente el mismo tiempo y espacio del reino anterior – Romanos 5:21ss) acababa de ser inaugurado y – a diferencia del pensamiento popular – la redención de la creación completa había comenzado (no solo del alma de algunos seres humanos).

Entonces, como decía, este nuevo pacto, o alianza, o testamento, o era, es gradualmente percibido por los primeros discípulos y va tomando forma y extendiéndose. Esto lleva, obligatoriamente, a tener que leer e interpretar de nuevo un montón de cosas, pero lo que queda claro es que aquello planeado, prometido y esperado en el antiguo testamento se cristalizaba ahora en el nuevo. ¿Y qué vemos en las cartas de los apóstoles y del autor del libro a los hebreos y de los discípulos de los apóstoles? Todos ellos en sus cartas, tratan de la vida común porque es allí donde la fe se vuelve concreta.

El trabajo revela quién realmente somos

Tal vez Dios pase tantas horas con nosotros en el trabajo porque es allí donde las máscaras duran menos.

Por un momento imaginate en esos 90 minutos de culto comunitario localizado repetitivo. No hay sorpresas, por lo tanto, no hay renovación de pensamiento. Tampoco hay mucho lugar para la impaciencia, o la mentira, o el orgullo. Si te conozco solo del domingo a la noche, los dos vamos a llevar la impresión de que somos casi santos (no en el sentido de llamados escogidos, sino el de personas de conducta y pensamiento intachable).

Ahora, dejame acompañarte al trabajo algunos días. Sin que sepas que soy pastor evangélico o tu hermano de fe. Solo un colega nuevo de trabajo. O al revés, vos me acompañás a mi trabajo. Vos que entraste a trabajar en el mismo ambiente laboral que yo el lunes pasado.

Es allí donde vamos a conocer y dar a conocer la paciencia, el orgullo, la ambición, la mentira, la justicia, la generosidad, el perdón. La oficina, el taller, el aula o la fábrica funcionan como laboratorio de la verdadera santificación.

No hay más distinción entre un lugar sagrado y otro profano. Lo que hay es el Reino de Dios (o el Reino de los Cielos, depende de cuál evangelista te guste) avanzando y las puertas del hades siendo derribadas por el movimiento de los hijos de Dios.

El trabajo nunca fue una maldición

El Pecado hizo que el trabajo fuera pesado, no que el trabajo sea una invención del Pecado. (Aviso para los navegantes, la distinción de usus-loquendi entre “pecado” – con minúscula – y “Pecado” se debe a distinguir el primero como las decisiones personales contra la voluntad de Dios mientras que el segundo es el reino del pecado inaugurado con la caída del hombre – Rom.5:12..)

El trabajo nunca fue castigo; fue plan original. Desde el principio, Dios puso al hombre en el jardín para “cultivarlo y cuidarlo” (Gn 2:15) y le dio propósito para dominar y llenar la tierra (Gn 1:28). Los dos relatos de la creación contienen esta misma idea.

Lo que se convirtió en castigo fue la frustración y el dolor que entraron con la caída: “con sufrimiento sacarás… tu pan… con el sudor de tu rostro” (Gn.3:17-19), y hasta los dolores de parto apuntan a esta realidad de la tribulación (Gn. 3:16). Por eso la creación gime “con dolores de parto” (Rm 8:19-22) mientras el propio Dios no desiste de ella: su restauración continúa hasta la consumación de la “nueva tierra”, cuando todo es hecho nuevo (Ap. 21:1-5). Así, el reino aquí y ahora, es continuación del plan original, y también en la manifestación final habrá servicio en el mundo renovado – no castigo (Ap 21:3-4; 22:3-5).

Antes de la caída, entonces, ya existían cultivo, cuidado, creatividad, organización, responsabilidad. El mandato cultural viene antes del pecado. El cansancio es consecuencia de la caída; el trabajo no.

Y simplificando el último párrafo grande (pero sin el cual estaría dejando en oscuro sobre la visión bíblica): Trabajar forma parte de la imagen de Dios. Creamos porque fuimos creados por un Creador.

Dios sigue trabajando

Jesús dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Jn 5:17). Esa frase no es una broma.

Entendemos que la Biblia es la única regla de fe y práctica. Y también entendemos que es una auto-revelación progresiva de Dios en las vestiduras de experiencia humana. Por lo tanto, si Jesús (manifestación máxima de la palabra de Dios) está diciendo que las cosas son de una manera, podemos descansar que es exactamente de esa manera y de ninguna otra por más parecida que sea.

Dios no descansó de la creación porque perdió el interés en ella. Él sigue sosteniendo, gobernando, reconciliando y conduciendo la historia. El trabajo digno es el reflejo de ese Dios que permanece activo.

Una última mirada sobre la eternidad

En párrafos anteriores te pinché un poco con la idea de que la eternidad es un tiempo/espacio de servicio. Lo dejé en remojo porque tal vez ya era mucho con aquello de que el trabajo no es un castigo divino. Vení conmigo ahora a echar un vistazo por el otro extremo de la historia.

Tal vez nuestra imaginación sobre el cielo (como morada de Dios y de donde desciende la Jerusalén celestial) sea demasiado pequeña.

No es difícil encontrar las caricaturas limitantes de nubes, angelitos con alas, arpas, sonrisas tipo propaganda de gelatina o margarina… en fin.

La Biblia cierra su relato con una ciudad, no con un jardín vacío. Hay cultura, reyes trayendo su gloria, servicio, creatividad, gobierno y plenitud. No trabajaremos para sobrevivir, sino porque la creación finalmente será lo que siempre debió haber sido. El trabajo deja de ser supervivencia para volver a ser alegría.

Finalmente

Tal vez la pregunta nunca haya sido cómo servir a Dios en el trabajo.

Muchas veces se escuchan historias pseudo-gloriosas de personas que roban a sus patrones usando las horas de trabajo para una acción evangelista proselitista.

Otros han entendido que “Llevar a Cristo a la oficina” es cargar un crucifijo o leer la Biblia en público. Y otras cosas similares a estas.

Es muy probable que no se trate de cómo Servir a Dios en el trabajo, sino de descubrir que Él ya está trabajando allí mucho antes de que lleguemos y es muy probable que la única Biblia que las personas lean alguna vez en la vida, sea solo esas ocho horas que pasan junto con nosotros en el trabajo.

¿Cómo sería una empresa donde Jesús trabajara ocho horas por día?


Y, siendo aún más incómodo: ¿Será que ya trabaja en la tuya?

El rey olvidado

Es común en nuestra cultura que, con la proximidad de las fiestas navideñas, nuestras mentes individuales se centren en pensar en reuniones familiares, regalos, reuniones, comidas …

Recuerdo cuando era pequeño la agradable sensación de leve ansiedad que me producían los días previos a la celebración navideña. Ver los regalos que nuestros padres compraron y colocaron al pie del árbol que habíamos cortado de un pinar no muy lejos con mi papá. Salíamos en algún vehículo que pudiera conseguir, íbamos a algún lugar donde había muchos pinos, elegíamos un gajo grande bonito y la cortábamos. Luego lo llevamos a casa y lo metimos en la casa para luego ponerle los adornos. El olor a pino impregnaba toda la casa.

Este rito (que se repitió durante unos años cuando era pequeño) marcaba la llegada de un momento muy especial. Era obvio que sabíamos de memoria el significado de la Navidad. Estábamos claramente conscientes de que estábamos celebrando la encarnación del Dios de la eternidad en un ser humano limitado, pero los recuerdos no son teológicos sino emocionales. Nada, en todo el año, podía competir con la Navidad. Ni siquiera el Día de los Reyes (celebrado en Uruguay – formado sobre los pilares de educación y gobierno laicos y liberales – el 6 de enero) donde también se recibían regalos; ni el cambio de año; ni el cumpleaños en sí. Nada, era tan deseado como la Navidad. Incluso con la llegada de la comercialización y la mercantilización de las fiestas navideñas, nada compitió con ese sentimiento de calidez, esperanza, seguridad, conexión, intimidad, libertad, estabilidad y tantas otras cosas que nos trajo la celebración navideña.

La cena de Navidad en sí (que fue, después de todo, la culminación de todos estos días de espera) fue una fiesta en sí misma. Recuerdo que mi madre se ocupaba de comprar algunas cosas especiales meses antes. Quienes viven en lugares donde las estaciones están bien definidas saben que hay algunas cosas que cambian radicalmente de precio y disponibilidad a lo largo de los meses o, en el caso de primavera a verano, en unas pocas semanas. Aquellas cosas que serían parte de la cena, eran guardadas y reservadas para esa única cena. No siempre fue una gran cena, ya que los años 70 y 80 no fueron particularmente adinerados, pero sabíamos que podíamos esperar algo diferente.

Pasaron los años y si alguien me pregunta hoy por alguna comida o algún adorno específico colocado en el árbol, o si recuerdo un regalo de una manera específica, lamentablemente no lo recuerdo. Hice el ejercicio de tratar de recordar algunos de estos detalles mientras escribía este texto, pero no puedo recordar ninguno de ellos.

Pero recuerdo la felicidad. Recuerdo las caras iluminadas. Recuerdo la alegría de mis hermanas, las sonrisas de mis padres. Recuerdo … todo lo bueno.

Lenta y sigilosamente, la amargura de la vida, las rabias, las rabias, los odios se fueron acumulando. En algún momento, el propio Rey fue olvidado y abandonado por completo y la fiesta nunca volvió a ser la misma.


Mi deseo, desde el fondo de mi corazón, es que esta Navidad, mi querido lector, se tome un momento para ver qué está en su poder para evitar que el Rey de la fiesta sea olvidado. De lo contrario, incluso con el nombre de «navidad», solo estaremos celebrando su exilio del lugar del que nunca podría haber sido exiliado: nuestra propia existencia.