Cuando no congregarse parece tener sentido
A lo largo de la vida conocí a varias personas y parejas que decidieron no congregarse. Tenían fe en Jesús, pero por diversas razones no se congregaban. Algunos, incluso, tenían vida devocional, profesaban su fe en Jesús a los demás, pero no se congregaban. Ocasionalmente, visitaban una u otra iglesia local o distante, pero no mantenían comunión con ninguna congregación.
Las razones son las más variadas. Y muchas de ellas bien comprensibles.
Había quienes habían sido heridos profundamente e injustamente por un pastor, un diácono, o un grupo de personas de la congregación a la que pertenecían. Esto me recuerda al Salmo 55:12-14 que podemos resumir en que quien convive conmigo no es confiable. Otros textos en este sentido pueden ser Ezequiel 34:1-6 y Juan 10:11-13.
Para otros, la liturgia dejó de tener sentido. Ya no comunicaba algo significativo para su vivencia.
También recuerdo casos en los que sentían que ya no encajaban en ningún lugar. Iban de aquí para allá y siempre se sentían como un pez fuera del agua.
Recuerdo otros que simplemente se agotaron por tanto conflicto interno y desgaste.
Y también conozco casos en los que sucumbieron a los argumentos de amigos, familias, ideas venidas de fuera en las que ser cristiano era motivo de burla y ridiculización.
Y podríamos citar otros casos como períodos de transición, enfermedad, cambios y otras circunstancias que pueden alejar a alguien de la comunidad.
Pienso, entonces, que es perfectamente comprensible que alguien no asista a una congregación durante algún tiempo por las más variadas razones.
El problema comienza cuando una circunstancia se transforma en convicción: “Yo creo en Cristo, pero no necesito pertenecer a su pueblo”.
A veces es necesario salir de esa iglesia
No todo alejamiento de la iglesia institucional significa alejamiento de Cristo. Hay pastores que hieren, comunidades enfermas y ambientes en los cuales permanecer puede significar seguir siendo sometido a manipulación o violencia emocional y/o espiritual.
Me resulta especialmente relevante Ezequiel 34 en este sentido.
Si esto fuera una prédica, cabrían varias divisiones: 1-6; 7-10; 11-16; 17-19; 20-24 y 25-31.
Para los efectos de este artículo, solo consideraremos dos partes: 1-10 y 17-31.
En la segunda (Ezequiel 34:17-31) habla de la responsabilidad de la propia oveja y el profeta dice que el propio Dios “juzgará entre una y otra” y “yo mismo juzgaré entre ovejas gordas y ovejas flacas”. O sea, parte de la congregación es responsable por la debilidad de otra parte.
Sin embargo, me interesa la primera parte (Ezequiel 34:1-10). Los pastores estaban cuidando de sí mismos mientras las ovejas se dispersaban. Y, peor aún, esa dispersión las alejaba no solo de la congregación, sino del propio Creador.
Dice Ezequiel 34:6 “”mis ovejas por todos los montes, y en todo collado alto”“. Para el lector ocasional esto significa que salieron a buscar otros pastos, u otros lugares. Y – si bien esto es cierto – cuando vemos en la Biblia mención a lugares elevados, es una referencia indirecta a los lugares de culto distintos de los lugares de adoración a Dios.
Veamos Números 33:51-52 en que Dios ordena destruir implementos religiosos cananeos “entre ellos los lugares altos”.
O del rey más sabio que la Biblia registra y sucumbió a los deseos terrenales. 2 Reyes 11:7 nos cuenta que Salomón construyó “lugares altos” para Quemos y Moloc, dioses extranjeros.
Personalmente conozco personas que – por razones perfectamente comprensibles – abandonaron la congregación, pero luego se asociaron con formas de creencias contrarias a la fe cristiana fundamentada en la Biblia. Es de esto que los “lugares altos” están hablando.
Pero lo que hace que el texto sea vehemente en su línea argumentativa, es que la razón de todo esto es que los pastores cuidan solo de sí mismos. v4-5: “Coméis la grosura, os vestís de la lana y degolláis lo engordado; mas no apacentáis las ovejas. La débil no fortalecisteis, la enferma no curasteis, la perniquebrada no vendasteis, la descarriada no volvisteis a traer, ni buscasteis la perdida; sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia**”.
Eso es violencia pastoral. Abuso. Violencia. Manipulación.
Entonces, salir de una congregación, puede ser necesario; concluir que no necesitamos más de una comunidad es otra cosa.
La herida explica el aislamiento. La nueva convicción explica la auto-protección.
Si vos sos un pastor que dispersa ovejas, volvé a tu llamado original (si es que es real). Echá un vistazo a Hechos 20:28-30.
El aislamiento puede dejar de ser protección y transformarse en autonomía.
Estar solo trae ciertas ventajas emocionales inmediatas. Una de ellas es que nadie me contradice. Hay una cierta tranquilidad en percibir que ya no hay nadie más mirándome, metiéndose en mi vida, preguntando particularidades, corrigiendo algunas actitudes y creencias.
También puedo – con todos los recursos modernos – hacer un propio menú de predicadores que me gustan ya que dicen lo que me gusta. (2 Timoteo 4:4) Puedo elegir la dieta espiritual a seguir e incluso tener una definición propia de cuáles pecados considero importantes.
Armo, entonces, una “iglesia” particular por internet en la que todos los “pastores” dicen exactamente aquello que me gusta escuchar.
Alcancé la paz. Alcancé el Nirvana. Mi alma ya no tiene de qué preocuparse.
Pero el Nuevo Testamento presenta una fe en la cual no solo conozco a los demás (como en internet) sino que también soy conocido. En esa fe, servimos y somos servidos; corregimos y somos corregidos; soportamos y somos soportados.
En los tiempos que corren, ese tipo de lugar es muy incómodo. Y no hace falta abandonar físicamente la congregación para no estar – de hecho – en comunión. Bien es posible entrar y salir de todos los cultos durante el año y no conocer ni ser conocido por nadie. La sociedad – cada vez más individualista – nos enseña e incentiva a cada vez más aislarnos y llama a eso “vida plena”, “empoderamiento”, etc.
Por otro lado, se equivoca quien piensa que todo esto se debe solo a la modernidad.
La epístola a los Hebreos, escrita durante la segunda generación de cristianos estando en gran parte aún vinculados con la religión judía que era una religión lícita para el imperio romano, levanta un punto especialmente incómodo: existen personas que velan por nosotros y ante las cuales existe alguna forma de sumisión (Hebreos 13:7, 17).
Evidentemente que esto no concede autoridad absoluta a ningún pastor. La libertad de conciencia, creencia y práctica continúa existiendo porque somos plenamente responsables por nuestros actos. Incluso por aquellos que son reacción a una violación explícita de nuestra persona.
Pero tampoco permite una fe completamente autónoma. Y ese es el punto que tanto duele para quien – justificadamente – decidió no congregarse más.
Seguir a Cristo significa identificarse con su pueblo.
La carta a los Hebreos resulta especialmente interesante en este contexto.
Los primeros en creer en Jesús como Mesías (Cristo) fueron judíos. No se veían como un proyecto separado del pueblo judío sino como continuidad. O sea, participar del pueblo elegido creyendo en un Mesías que había sido prometido desde la antigüedad encajaba muy bien en el Mesías ahora revelado y comprobablemente resucitado por muchos testigos.
Por otro lado, la religión judía – como ya dijimos anteriormente – era una religión lícita dentro del Imperio Romano. Y había algunas características especiales que vale destacar, era la única monoteísta y había una forma de convenio entre los romanos y los judíos en que aquellos toleraban la religión de estos, siempre que hicieran oraciones por el emperador. Todo esto en una región (la parte oriental del imperio) en que ya había provincias que pidieron permiso (29 a.C.) para construir templos ligados al culto al gobernante. Esta práctica se consolidaría en todo el imperio para finales del primer siglo.
La epístola a los Hebreos, es escrita al menos a finales del primer siglo. El propio autor declara que tanto él como los lectores no son testigos presenciales del ministerio, muerte y resurrección de Jesús. (Hebreos 2:1 “”es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído”“. Hebreos 4:2 “”también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva”“) Esto es, son al menos segunda generación de creyentes en Jesús como Cristo (Mesías).
Estos judíos creyentes en Jesús no querían separarse de la comunión judía. Y eso, en el tiempo en que vivían, tenía mucho sentido. Inscritos en la religión judía y siendo tolerados por los propios judíos, se volvían intocables por el Imperio Romano.
Ya si se identificaban como seguidores de Jesús como ser divino, y por lo tanto fuera de la religión judía, podían ser considerados revoltosos, paganos y toda suerte de castigos pudiendo llegar hasta la muerte. Es por eso que el autor dice en Hebreos 12:4-5 “Ora, en vuestra lucha contra el pecado, aún no habéis resistido hasta la sangre y estáis olvidados de la exhortación…“
Si trazamos una línea de tiempo las primeras persecuciones a los cristianos se remontan al año 70 d.C. en que – después de la guerra entre judíos y romanos – las tensiones entre judíos y cristianos aumentan y esto frecuentemente repercute también en las comunidades cristianas. Después de eso, el movimiento cristiano pasa a ser percibido con más frecuencia como separado del judaísmo lo que afecta cómo las autoridades locales trataban a los grupos.
Y la cosa empeora con Domiciano (81-96). Es común encontrar referencias a represiones bajo su dominio. Hay tradición antigua como la de Eusebio asociando el período a sufrimiento y exilio de cristianos.
Es más o menos aquí que la epístola a los Hebreos fue escrita. Las cosas estaban poniéndose tensas para los cristianos. Y estos judíos que habían creído, estaban abandonando la congregación (Hebreos 10:24-25) y eso lo hacían buscando evitar la muerte (Hebreos 12:4-5), lo que es una razón ampliamente comprensible.
Todo cristiano (judío o no) sabía que las cosas estaban empeorando. Para el tiempo de Trajano (98-117) ya había persecuciones judiciales y políticas de procedimiento bien establecidas. Aún no hay matanza en masa como cosa diseminada, pero sí podemos afirmar que para el comienzo del segundo siglo ya había represión real por decisión imperial implementada en las provincias.
Entonces, los destinatarios de la carta, sabían claramente el costo de ser públicamente asociados a la fe y a la comunidad cristiana. Algunos cristianos habían sufrido, perdido bienes y sido expuestos públicamente. Lo que hoy llamaríamos cancelación pero en versión más bruta.
En ese contexto, el “no dejando de congregarnos” de Hebreos 10:25 significa muchísimo más que asistir regularmente al culto. Es identificación comunitaria pública.
Algunos podrían ver aquí una convocatoria al martirio colectivo. Pero nada más lejos de la realidad. Como cristianos amamos la vida. Pero la verdad que el evangelio revela es mucho mayor que cualquier esquema religioso social. Y justamente por eso no puede entrar en relaciones de compromiso o de conveniencia con cualquier otro tipo de manifestación espiritual.
Un paralelo cuidadoso y contemporáneo puede establecerse.
Hoy es socialmente cómodo decir: “Tengo mi espiritualidad”. Avanzando un poco más, alguien podría decir “yo sigo a Jesús” o incluso “yo sigo a Jesús con mis propias convicciones”.
Más difícil es decir: “Esos cristianos son mi pueblo. Sí, pertenezco a una comunidad concreta e imperfecta”. Eso sí requiere coraje y plena convicción más allá del status quo.
Cristo no llama solo a individuos. Él incorpora personas a un cuerpo. Su cuerpo del cual él es la cabeza. (Vean Hebreos 2:12 y 12:23; Efesios 1:22-23; Colosenses 1:18; 1 Corintios 12:12-27)
Congregación no es frecuencia; es vida compartida
La solución para “creo, pero no congrego” no es “entonces andá al culto los domingos”.
Hay una superficialidad y falta de convivencia tremenda en solo participar del culto. Alguien puede hacer eso sin faltar nunca durante cuarenta años y ni por eso formar parte de la congregación. Seguir prácticamente solo. La única variante de la expresión de “creo, pero no congrego” es que la persona cree, pero – de hecho – no forma parte de la congregación.
Mi abuela materna vivía en la capital y con mi madre íbamos de vez en cuando a visitarla. En la calle perpendicular a medio cuadra, había una escuela de karate. Yo debía tener unos 9 a 11 años. Me gustaba mucho ir y verlos practicar ese arte marcial. Los gritos. Los movimientos sincronizados. El kimono. El tatami. El ambiente. El olor. Todo quedó grabado en mi memoria. Años después, cuando tenía 17 años, daba clases de programación en una ciudad vecina a la nuestra. Teníamos un intervalo de veinte minutos entre una clase y la otra. Corría para ver una de dos cosas: entrenamiento de karate o juego de bochas.
De más está decir que no aprendí karate ni a jugar bochas.
Nadie se mantiene físicamente saludable por entrar al gimnasio una vez por semana, ponerse la ropa adecuada para hacer ejercicios, llevar un litro de agua y sentarse durante una hora mirando a otras personas ejercitarse y luego volver a casa. La salud exige una vida en la cual determinadas prácticas se vuelven habituales. Y eso es difícil.
La comunidad cristiana funciona de forma similar solo que mucho más profunda.
Pero primero permitime presentar unas ideas sobre la palabra comunión. Esa palabra de origen latino (communio) deriva de com (es decir “juntamente”) y munis (o sea, “encargo” u “obligación”) y se usa en el sentido de “participación común”, “tener algo en común”. Una forma fácil de recordar el significado sería “común unión” o “común encargo”.
Aquellos que creemos en Jesús como Dios encarnado y Mesías (Cristo) compartimos muchas cosas. Obvio que – por la naturaleza de esta fe – ella excluye cualquier otro tipo de fe semejante, parecida o análoga. Los cristianos comulgamos de la fe exclusiva en Jesús como el único y suficiente salvador. Los cristianos (independientemente de rótulo institucional o tradición cristiana) formamos parte de un mismo cuerpo y tenemos un único mediador (1 Timoteo 2:5; Efesios 4:4-6; 1 Corintios 12:12-27).
No existe forma posible de practicar comunión solo. Vale solo para evitar las dificultades de las miradas de desagrado de los que no creen.
Oramos juntos. Cargamos cargas. Repartimos. Confesamos. Enseñamos. Somos corregidos. Aprendemos. Perdonamos. Celebramos. Lloramos. Servimos. Somos conocidos.
Cosas estas que la sociedad siempre ha enseñado que no son oportunas para el individuo.
La salvación, entonces, no es una cosa solo individual por más que por ahí empiece. Ella es – sobre todo – comunitaria.
Es significativo que buena parte de las instrucciones del Nuevo Testamento contenga la expresión “unos a otros”. No hay forma de practicarlas solo.
(Hechos 2:42-47; Gálatas 6:2; Santiago 5:16)
Tal vez la pregunta esté equivocada
Al preguntarnos si un cristiano necesita ir a la iglesia, puede que hayamos reducido demasiado la cuestión. Como si hubiéramos puesto una lupa sobre solo una parte del asunto.
Puede haber momentos en que no conseguimos congregarnos. Puede haber iglesias de las que nos es necesario salir. Puede haber heridas que llevan tiempo para cicatrizar. Y ninguna de esas situaciones debe ser tratada superficialmente o con indiferencia.
Sin embargo, existe otra pregunta: “¿Es posible seguir por mucho tiempo a aquel que nos hizo parte de un cuerpo negándonos deliberadamente a vivir como parte de ese cuerpo?“
La vida cristiana relatada en el Nuevo Testamento no parece conocer una fe permanentemente solitaria.
No porque Dios esté haciendo control de presencia los domingos, sino porque hay dimensiones enteras de la vida cristiana que simplemente no existen cuando estamos solos.
No puedo cargar la carga “unos de otros” solo.
No puedo perdonar “unos a otros” solo.
No puedo confesar “unos a otros” solo.
Ni puedo descubrir fácilmente dónde estoy equivocado si todas las voces que escucho fueron elegidas por mí.
Tal vez congregarse no sea simplemente una obligación de la vida cristiana.
Tal vez sea una de las maneras por las cuales Cristo mantiene viva y saludable la fe que decimos tener en él.