Hay dolores para los que la iglesia parece no tener liturgia.
En “007 – El mundo no es suficiente” hay un diálogo que quedó grabado en mí cuando la vi:
Q (a Bond):
“Siempre intenté enseñarte dos cosas. Primero: nunca dejes que te vean sangrar.”
Bond: “¿Y la segunda?”
Q: “Tené siempre un plan de escape.”
Sin darnos cuenta, muchas comunidades cristianas enseñan exactamente eso. No desde sus púlpitos, sino desde sus culturas.
No hablamos de matrimonios que se terminan, del hijo que murió, de la depresión, de la pornografía, de la incredulidad, del adulterio, del suicidio, de la violencia intrafamiliar, del adulterio, de la soledad. Simplemente hacemos como si nada y seguimos adelante. Algunos fingen que no saben; otros no dejan que se note que están sangrando. Es una fórmula para la tormenta perfecta.
Y esto no ocurre porque Cristo no pueda lidiar con estas cuestiones, sino porque tenemos miedo de cómo lidiarán los hermanos. Y se entiende. El miedo al chisme institucionalizado —siempre insisto en que es fácil condenar a la mujer que fornicó y quedó embarazada, o los vicios visibles, pero quien chismea siempre queda afuera. Y esto no sucede solo en una denominación, sino en varias. Por lo tanto, es estructural, institucional—, como venía diciendo, el miedo al chisme institucionalizado hace que, cuando enfrentamos un problema de gente real, nos quedemos callados o que, cuando hablamos, encontremos un vacío terrible: por regla general, las iglesias ni siquiera consideran la posibilidad de buscar ayuda afuera.
Después de todo, si Cristo satisface todas nuestras necesidades, ¿cómo es posible que un cristiano llegue siquiera a considerar la idea de recurrir a un psicólogo? Y yo respondo: de la misma forma que, cuando alguien tiene un accidente y se quiebra una pierna, corremos a la guardia y no al templo a orar. Es obvio que, si la mente desfallece o se quiebra, necesitamos la ayuda de otros que, como los traumatólogos, logren ver la humanidad de forma transversal y no unilateral o vertical.
Si vos, como cristiano, permitís que los demás te vean sangrar, te exponés al ridículo ante el grupo de personas que debería ser el más seguro del mundo. Simplemente porque el perdón, el amor, la solidaridad y cargar las cargas de los demás se tratan como materia “espiritual”, como si fueran apenas una materia “teórica”.
Cuando vemos a pastores fracasar —como en lo sucedido en nuestra ciudad en los últimos meses— observamos el vacío que se forma alrededor. Personas que simplemente se van escandalizadas, en vez de mantenerse firmes para sanar. En esto, como me explicaba un colega esta semana, las iglesias que tienen una estructura episcopal (es decir, jerárquica) corren con cierta ventaja frente a las que tienen un gobierno congregacional (o más descentralizado y representativo).
Ante el abismo que enfrenta nuestro hermano, retrocedemos como si tuviera lepra.
Si la psicología, el psicoanálisis y otras corrientes de tratamiento similares tienen cada vez más presencia y uso, es por dos razones:
Primero, porque Dios así lo permitió; porque “las cosas reveladas pertenecen a los hombres”. Por lo tanto, no puede decirse que ningún avance humano sea meramente humano. De alguna manera, en ello hubo permiso y voluntad de Dios.
Segundo, porque parte de la iglesia terminó desarrollando una espiritualidad que sabe hablar de la eternidad, pero tiene dificultades para permanecer al lado de quien se está hundiendo hoy. Es decir, una “teología del escapismo”, de cosas solamente espirituales, centradas en sí mismas y vividas solo para sí; o sea, para la propia institución y no para la sociedad para la que debe ser luz y sal. Dejó de interesarse por el ser humano, excepto para sumar números o asentir “espiritualmente” —otra vez, en el sentido de “teórico” frente a “práctico”— a un conjunto de ideas que, en el mejor de los casos, responde preguntas que ella misma formuló y respondió en el siglo XVI.
Escribo esto porque ya descubrí más de una vez lo que significa atravesar un dolor profundo casi solo. En distintos momentos de mi vida, esperé que la iglesia supiera cómo cuidar. La mayoría de las veces, simplemente no supo. No hubo persecución. Hubo ausencia.
La iglesia no falla porque sea mala. Falla porque fue entrenada para responder preguntas y no para permanecer al lado de quien sufre.
Jesús nunca tuvo miedo de tocar a quien sangraba
Y él mismo sangraba (a diferencia del consejo de Q a Bond).
La mujer con flujo de sangre. El leproso. Lázaro, que ya olía mal. Pedro, después de la negación. Tomás, después de la duda.
Cristo nunca exigió que alguien escondiera la herida para entonces acercarse a él.
Y todos fueron transformados después de su toque.
Y tal vez el título afirmativo de “Dónde sangra el cristiano” podría transformarse en una pregunta: “¿Por qué construimos comunidades donde esconder la sangre parece más seguro que mostrarla, si seguimos precisamente a un Señor que decidió no esconder sus propias heridas?“
¿Hemos aprendido a anunciar a un Salvador que recibe pecadores mientras construimos comunidades donde los pecadores necesitan esconder su propia sangre?
Hace pocos días ocurrió una escena curiosa en nuestro trabajo.
Gran parte de nuestro flujo de desarrollo ya pasa por la inteligencia artificial. Ella sugiere código, revisa fragmentos, señala errores, organiza ideas. Entonces, de repente, se acabaron los créditos de la plataforma que estábamos usando. La renovación solo ocurriría al día siguiente.
Nos quedamos mirando unos a otros.
No porque hubiéramos desaprendido a programar (aunque ya hay evidencias de cierto raquitismo mental). Sino porque, sin darnos cuenta, habíamos dejado de ver gran parte del camino que el código recorría hasta llegar a nuestras manos. La herramienta se había vuelto tan presente que ya formaba parte de la propia manera en que pensábamos.
Sospecho que esto sucederá con toda la sociedad.
Puede que no estés al tanto, pero la inteligencia artificial fue alimentada con todo lo que la humanidad ha producido de forma escrita o gráfica o cualquier otro medio que pueda ser digitalizado. Hoy, cuando responde a una pregunta, lo hace basado en ese conocimiento. Además, usa fuentes abiertas en internet para continuar “aprendiendo” y así poder responder de forma actualizada.
En 2026 cruzamos un umbral importante: más del 50% del contenido de internet fue producido por la inteligencia artificial. Inevitablemente esto nos lleva a que la propia inteligencia artificial estará produciendo contenido a partir de otro contenido que ella misma produjo o ayudó a producir. Con esto, la creatividad humana va siendo dejada de lado por la facilidad del uso de conocimiento acumulado… sin producir más contenido relevante nuevo.
Volvamos al texto
Nadie hoy se detiene a reflexionar sobre la electricidad antes de encender una lámpara. No pensamos en la ingeniería de los reservorios, la altitud que deben tener para usar la fuerza de la gravedad, y otras cosas parecidas cuando abrimos el grifo. Ni comprendemos toda la cadena que permite a un avión cruzar el océano.
Simplemente usamos.
Con la inteligencia artificial sucederá lo mismo.
Pero existe una diferencia importante.
La electricidad no interpreta por nosotros. Así como el agua corriente no piensa por nosotros.
La inteligencia artificial, de cierto modo (y sin ser inteligencia, solo lógica muy rápida), interpreta. Resume. Organiza. Prioriza, Sugiere. Ella toca justamente aquello que consideramos más humano: nuestra capacidad de comprender, que a su vez conecta con nuestra capacidad creativa.
Tal vez por eso nos obligue a volver a una pregunta muy antigua.
Cuando un intérprete de la Ley preguntó a Jesús cómo heredaría la vida eterna, Jesús respondió con dos preguntas:
“Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?”(Lucas 10:26, RVR1960)
Siempre me impresionó que Jesús no preguntara solo qué estaba escrito. Él preguntó cómo aquel hombre leía.
El problema nunca fue solo el texto. El problema es también el lector.
Eso vale para la Biblia. Vale para la historia. Vale para la política. Vale para la propia inteligencia artificial.
No estamos solo formando respuestas. Estamos formando lectores.
Tal vez sea justamente aquí que la iglesia necesite recuperar algo que fue perdiendo a lo largo del tiempo.
Un amigo me preguntó recientemente si no tengo miedo de que un proyecto de inteligencia artificial dirigido a predicadores haga que los cristianos piensen menos.
Mi respuesta fue incómoda hasta para mí.
Tal vez hayamos desistido del pensamiento crítico mucho antes de la inteligencia artificial. Hace mucho tiempo aprendimos a leer la Biblia a través de los comentarios. Elegimos autores que confirmen nuestra tradición, nuestra escuela teológica, nuestras preferencias. Muchas veces conocemos mejor a los intérpretes que al propio texto.
Calvinistas y arminianos (por no hablar de los molinistas y otras corrientes), por ejemplo, frecuentemente se acusan mutuamente de forzar las Escrituras. Tal vez ambos deberían empezar por la misma pregunta de Jesús:
“¿Cómo lees?”
Eso no significa despreciar la tradición.
Muy por el contrario.
Pedro escribe que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada (2Pedro 1:20-21, RVR1960). Pablo afirma que el espíritu de los profetas está sujeto a los propios profetas (1Corintios 14:32-33, RVR1960). La interpretación bíblica nunca fue una experiencia aislada, casi mística, entre un individuo y su texto (de hecho las sectas surgen así). Siempre ocurrió en la vida del pueblo de Dios, donde hermanos corrigen a hermanos, generaciones dialogan entre sí y la propia Escritura juzga nuestras conclusiones.
La revelación fue entregada a la iglesia, no al individuo. Basta solo considerar cómo la iglesia resolvió la gran disparidad sobre la inclusión de los gentiles en el pueblo de Dios. Los apóstoles y ancianos se reunieron, escucharon diferentes testimonios, examinaron las Escrituras y llegaron juntos a una conclusión (Hechos 15:1-29, RVR1960). No fue una solución de compromiso político, sino de compromiso común ante la acción de Dios y su Palabra. Sin aquel concilio, probablemente ni tú ni yo habríamos sido alcanzados por el evangelio de la misma forma.
Eso hace toda la diferencia.
Recientemente escuché a Luis Felipe Pondé defender la vuelta del examen oral como elemento mitigador del uso de las inteligencias artificiales por parte de los alumnos. Me pareció una idea interesante. Un examen escrito puede revelar que alguien organizó bien la información. Pero una conversación revela algo más profundo. Descubre rápidamente si ese conocimiento se volvió carne o sigue siendo solo repetición.
Tal vez sea exactamente por eso que Jesús hacía tantas preguntas.
Él no estaba coleccionando respuestas.
Él estaba formando personas.
Y las personas no maduran solo acumulando información. Maduran cuando necesitan responder ante alguien.
Es curioso notar que la propia inteligencia artificial nos empuja de vuelta a esa necesidad. Ella puede resumir bibliotecas enteras, comparar traducciones, encontrar paralelos, organizar argumentos. Todo eso tiene un enorme valor. Yo mismo la utilizo diariamente.
Pero ella no pertenece al Cuerpo de Cristo (1Corintios 12:12-27 RVR1960)
Ella no participa de la comunión de los santos.
Ella no visita a un enfermo. No acompaña a un enlutado. No reparte el pan. No celebra la Cena. No camina al lado de alguien cuya fe está desmoronando.
Esas cosas siguen sucediendo entre personas.
Tal vez ese sea el verdadero desafío de nuestro tiempo.
No decidir si usaremos inteligencia artificial. Recuerda lo que ya pasó con la máquina a vapor, la máquina de escribir, la computadora, el procesador de texto, etc.
La usaremos. De forma consciente o no.
La pregunta es otra.
¿Continuaremos permitiendo que la Palabra de Dios ocupe el centro (2Tim. 3:16-17; Hebreos 4:12, RVR1960), o se convertirá solo en una voz más entre comentarios, algoritmos, videos, resúmenes y opiniones?
Al final, la tecnología fue solo el punto de partida.
La pregunta sigue siendo la misma de hace dos mil años.
Por lo general, cuando leemos un pasaje bíblico por primera vez, o escuchamos una primera predicación sobre él, formamos una idea al respecto. Y, como suele suceder, la primera impresión termina quedándose. Todos desarrollamos una manera de interpretar ciertos textos de las Escrituras. Quizás, más tarde, volvamos a ellos para sacar otras lecciones. Pero, una vez que llegamos a una conclusión, es muy difícil ver el mismo pasaje de otra manera.
¿Qué es lo que normalmente cambia esa mirada? A veces, una experiencia de vida. A veces, el tiempo. Otras veces, nuevos aprendizajes. Pero, sobre todo, la disposición de seguir buscando, sin conformarse con la primera lectura. La primera lectura es solo la antesala de un banquete mucho mayor.
Quizás sea justamente eso lo que nos falta. Somos criaturas de hábito. Y el hábito, cuando llega a la Biblia, puede impedirnos ver nuevas tonalidades del mismo texto.
Uno de esos pasajes es el inicio de Juan 6.
Es un texto tan conocido como la parábola del hijo pródigo o la crucifixión de Jesús. Y, casi siempre, terminamos en la misma conclusión: “Entregale a Jesús lo poco que tenés”.
Esa conclusión no está equivocada. Al contrario, hace justicia al texto.
El problema es que, cuando llegamos demasiado rápido a la conclusión, dejamos de apreciar el paisaje.
¿Por qué creer en esta historia?
El relato de la alimentación de la multitud aparece en los cuatro Evangelios. Eso, por sí solo, ya llama la atención. Al fin y al cabo, Juan es bastante diferente de los otros tres evangelistas. Mateo, Marcos y Lucas son llamados sinópticos porque siguen una estructura muy similar. Juan escribe de otra manera.
Y él explica por qué.
Al final de su Evangelio, afirma que Jesús realizó muchos otros signos que no fueron registrados, “pero estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.
Nada allí es ocasional.
Juan elige cuidadosamente los acontecimientos que narra. Y no es por casualidad que coloca la multiplicación de los panes antes del gran discurso sobre Jesús como el Pan de Vida.
Además, los Evangelios fueron escritos cuando aún había muchas testigos vivos de esos acontecimientos. Treinta años habían pasado desde la muerte y resurrección de Cristo. Era tiempo suficiente para que los apóstoles percibieran la necesidad de registrar por escrito aquello que la Iglesia anunciaba desde el principio, pero aún había gente capaz de confirmar o negar esos hechos.
O esta historia ocurrió, o sería una mentira monumental.
No hay mucho espacio entre una cosa y otra.
Y una comunidad que estaba dispuesta a morir por aquello que anunciaba difícilmente construiría su mensaje sobre una fábula tan fácilmente desmentida.
Partiendo, entonces, del supuesto de que estamos ante un hecho verdadero, vale la pena observar algunos detalles.
¿Quién preparó ese almuerzo?
Jesús enseñaba a una multitud enorme.
Hablar al aire libre para cinco mil personas ya sería, por sí solo, un desafío extraordinario. Era necesario mantener la atención, hacer que el mensaje llegara a los que estaban más lejos, no perder el hilo de la conversación.
Pero llega un momento en que surge una preocupación muy simple.
¿Quién va a alimentar a esta gente?
Jesús llama a Felipe y le pregunta dónde podrían comprar pan para tanta gente. El propio texto explica que Jesús hacía esto para probarlo, pues sabía muy bien lo que iba a hacer.
Las pruebas siempre son más para nosotros que para Dios. No sirven para probar nuestra fidelidad a Él. Sirven para revelarnos a nosotros mismos quiénes realmente somos.
Felipe mira la situación y responde de la manera más honesta posible. Ni doscientos denarios —prácticamente el salario de doscientos días de trabajo— serían suficientes para que cada persona recibiera un pequeño pedazo de pan.
Entonces aparece Andrés.
Y hace exactamente lo que ya había hecho en el primer capítulo del Evangelio. Allí, encuentra a su hermano Simón y lo lleva hasta Jesús. Ahora encuentra a un niño y hace lo mismo.
“Aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces…”
Juan es el único evangelista que cuenta esto.
Es el único que dice que los panes eran de cebada.
Es el único que menciona al niño.
Y esto despierta una serie de preguntas.
¿Quién preparó ese almuerzo?
¿La madre?
¿El propio niño?
¿Quién pensó que pasaría el día fuera y necesitaría llevar comida?
La cebada era el pan del pueblo simple. No de la miseria absoluta, sino de la mesa cotidiana de los trabajadores. Y esos peces probablemente eran pequeños peces salados, usados más como acompañamiento que como alimento principal.
Era una vianda común.
Nada extraordinario.
Y quizás sea justamente ahí donde reside lo extraordinario.
El Dios que sigue creando
Nosotros solemos esperar que Dios intervenga suspendiendo las leyes de la naturaleza.
Pero este signo comienza justamente con la naturaleza funcionando perfectamente.
Hubo lluvia.
Hubo tierra.
Hubo siembra.
Hubo cosecha.
Alguien molió la cebada.
Alguien horneó el pan.
Alguien pescó esos peces.
Alguien preparó ese almuerzo.
Y solo después Jesús lo tomó en sus manos.
Juan llama a estos acontecimientos señales.
Y una señal siempre apunta a algo mayor.
Quizás esta apunte justamente al hecho de que Dios no ha desistido de su creación.
Vivimos rodeados de una espiritualidad que parece desear escapar del mundo. Como si la creación fuera solo un lugar provisional del cual el alma necesita huir.
El Evangelio apunta en la dirección contraria.
El Verbo se hizo carne.
Dios entró en la creación.
Y, ante aquella multitud, eligió realizar una señal utilizando exactamente aquello que la propia creación había producido y que manos humanas habían preparado.
El Reino no comienza destruyendo el mundo.
Comienza restaurándolo.
Por eso, quizás la gran lección de este texto no sea solo entregar a Jesús lo poco que tenemos en las manos.
Quizás sea aprender a mirar el cotidiano con otros ojos.
Porque Dios sigue haciendo lo extraordinario a partir de lo ordinario.
Cinco panes de cebada.
Dos peces.
Un niño anónimo.
Una familia que jamás imaginó que el almuerzo preparado esa mañana formaría parte de la historia de la redención.
Quizás sea justamente así que Dios sigue trabajando.
Y quizás nosotros estemos buscando sus milagros en el lugar equivocado.
Hay algunos temas que, a lo largo de los años, se han vuelto prácticamente prohibidos dentro de la iglesia. Uno de ellos es el juicio. Basta que alguien cite “no juzguéis, para que no seáis juzgados”, y parece que toda la conversación termina ahí. Como si Jesús hubiera prohibido cualquier forma de discernimiento, cualquier forma de corrección, cualquier forma de disciplina.
El problema es que la iglesia terminó absorbiendo mucho más de la cultura a su alrededor de lo que imagina. Empezamos a llamar amor a lo que la Escritura jamás llamó. Un amor que nunca confronta, nunca corrige, nunca llama al arrepentimiento. Un amor que solo acoge. Pero ese no es el amor bíblico. El amor de Dios jamás es irresponsable. Es paciente, misericordioso y lleno de gracia. Pero justamente por amar, también corrige.
Por eso la pregunta no es si la iglesia puede juzgar. La pregunta es otra: ¿a quién debe juzgar la iglesia?
Pablo responde de manera sorprendente. “¿Pues qué me importa juzgar a los que están fuera?” Y, antes de que alguien saque una conclusión precipitada, él mismo explica. Cuando escribió para no asociarse con personas libertinas, avaras, idólatras, maldicientes, borrachas o ladronas, no estaba hablando de los que pertenecen al mundo. Porque, si fuera así, dice él, “sería necesario salir del mundo”.
Esta observación cambia completamente la discusión.
El problema nunca fue convivir con pecadores. Si ese fuera el problema, Jesús jamás se habría sentado a la mesa con publicanos y prostitutas. La iglesia no fue enviada para huir del mundo, sino para anunciar a Cristo al mundo.
Entonces, ¿de quién está hablando Pablo?
De aquel que se dice hermano.
De aquel que desea ser reconocido como miembro del cuerpo de Cristo, participa de la comunión de la iglesia, pero decidió permanecer en rebeldía contra Cristo sin ningún arrepentimiento.
La diferencia no está en la gravedad del pecado. Está en la verdad de la comunión.
Porque el perdido normalmente sabe que está perdido.
El autoengañado cree que encontró a Cristo mientras sigue caminando en la dirección opuesta.
Es justamente ese autoengaño que la iglesia no puede confirmar.
Pero para entender esto necesitamos retroceder un poco.
En Mateo 18, Jesús presenta el camino de la disciplina. Si tu hermano peca contra vos, andá a hablar con él. Solo. Si te escucha, ganaste a tu hermano. Si no te escucha, llevá testigos. Si aun así no escucha, decíselo a la iglesia. Solo después de haber recorrido todo este camino es que Jesús dice que lo traten como gentil y publicano.
Notá que, desde el principio, el objetivo nunca fue expulsar a alguien.
El objetivo siempre fue ganar al hermano.
La disciplina es el último recurso cuando todos los intentos de restauración han fracasado.
A primera vista, parece un problema personal. Un hermano pecó contra otro hermano. Pero solo a primera vista.
Porque el Nuevo Testamento va a revelar que ningún pecado dentro de la iglesia es solo un problema entre dos personas.
Cuando Saulo perseguía a los cristianos, Jesús no preguntó: “¿Por qué perseguís a mi iglesia?”
Preguntó: “Saulo, Saulo, ¿por qué me perseguís?”
La agresión contra el cuerpo fue tratada como una agresión contra la propia cabeza.
Más tarde, el propio Pablo desarrollará esta verdad. La iglesia es el cuerpo de Cristo. Si un miembro sufre, todos sufren. Si un miembro enferma, todo el cuerpo enferma. “¿Quién se debilita, que yo también no me debilite?” Y a los corintios les escribe como quien siente “dolores de parto” por esos hermanos.
Entonces la disciplina deja de ser un conflicto entre dos personas.
Pasa a ser una cuestión del propio cuerpo de Cristo.
Cuando un miembro enferma, el resto del cuerpo no puede fingir que nada pasó. Tampoco puede amputarlo por conveniencia. El cuerpo moviliza todo lo que posee para restaurarlo.
Es exactamente eso lo que ocurre en 1 Corintios 5.
La iglesia estaba orgullosa de una tolerancia que Pablo considera incompatible con el evangelio. Un hombre vivía públicamente en pecado, se negaba al arrepentimiento, y la iglesia seguía tratando aquello como si fuera solo una expresión de la gracia.
Pablo reacciona.
No porque ese hombre estuviera más allá de la gracia.
Sino porque la iglesia estaba usando la gracia para confirmar una mentira.
Entonces él ordena que ese hombre sea apartado de la comunión.
Este quizás sea uno de los textos más duros del Nuevo Testamento.
Pero solo hasta que leemos el motivo.
El objetivo no es destruirlo.
No es preservar la imagen de la iglesia.
No es demostrar superioridad moral.
Es para que despierte.
Es para que deje de vivir en el peor estado espiritual posible: creerse unido a Cristo mientras rechaza, deliberadamente, el señorío de Cristo.
La disciplina no rompe la comunión.
Solo hace visible una ruptura que ya ocurrió en el corazón.
Pero la historia no termina ahí.
Años después, escribiendo nuevamente a los corintios, Pablo manda hacer el movimiento inverso. Ahora es tiempo de consolar. Es tiempo de confirmar el amor. Es tiempo de recibir nuevamente a ese hermano, para que no sea consumido por excesiva tristeza.
Independientemente de si se trata exactamente de la misma persona o de otro caso, el principio permanece idéntico.
El mismo apóstol que mandó apartar ahora manda restaurar.
Porque el objetivo nunca fue perder a alguien.
Siempre fue recuperarlo.
Es por eso que Hebreos afirma que Dios corrige a quien ama.
No corrige porque dejó de amar.
Corrige justamente porque ama.
Quizás el mayor error de la iglesia contemporánea sea separar estas dos cosas.
Hay iglesias que hablan tanto de gracia que abandonaron la disciplina.
Hay iglesias que hablan tanto de disciplina que olvidaron la gracia.
El evangelio no permite ninguno de estos extremos.
La iglesia no disciplina porque se considera mejor.
Disciplina porque entiende que un miembro enfermo compromete todo el cuerpo.
Y restaura porque entiende que ese mismo miembro sigue siendo objeto del amor de Cristo.
Al fin y al cabo, la marca del cristiano nunca fue la perfección.
Tampoco es el conocimiento bíblico, los dones espirituales o la reputación.
La marca del cristiano es el arrepentimiento.
Mientras existe arrepentimiento, existe comunión.
Cuando desaparece, la iglesia ama lo suficiente para corregir.
Y, cuando reaparece, ama lo suficiente para restaurar.
Es así como Cristo trata a su cuerpo. Y es así como el cuerpo de Cristo debe aprender a cuidarse a sí mismo.
Tal vez nunca te detuviste a pensar, pero ¿dónde es que Dios pasa ocho horas por día?
Obvio que sabemos que Dios está fuera del tiempo y el espacio. Ambas cosas son obras suyas, por lo tanto, no está sujeto a esas contingencias. Sin embargo, cada vez que Dios necesita interactuar con el ser humano, lo hace dentro del tiempo y del espacio para y en el cual el hombre fue creado.
Con esto, la pregunta toma un carácter más objetivo. Al fin y al cabo, si seres angelicales tienen sus manifestaciones dentro de este ámbito (como en el libro de Salmos 34:7 – de “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”) o cuando Dios desciende al monte en medio del fuego (Éxodo 19:18) o cuando Dios llena el templo con su presencia en un escenario histórico, geográfico, político real (Isaías 6) por citar algunos ejemplos.
Vale entonces la pregunta, ¿Dónde pasa Dios ocho horas por día? Tal vez algunos responderían “en la iglesia” (suponiendo que la iglesia es un lugar físico, por ejemplo). Otros dirían “en la iglesia” (suponiendo que la iglesia es una cosa mística del más allá que no toca lo cotidiano). Otros, dirían “en todos los lugares”. Otros, rozando el panteísmo o manifestándolo plenamente: “en todas las cosas”.
Pero la pregunta sigue siendo válida. Si miramos la vida de Jesús, la respuesta es sorprendente.
Jesús trabajó más de lo que predicó
Existe una diferencia brutal en el tiempo que Jesús trabajó (algo así como 20 y tantos años) y lo que predicó (alrededor de tres años). Redondeando: el 90% de su vida la dedicó al aprendizaje y a la vida profesional mientras que poco más del 9% lo invirtió en el ministerio.
Acompañó a su padrastro aprendiendo el oficio de él, la manera de tratar con las personas, la forma de analizar los materiales, cómo trabajar ese material para satisfacer al cliente. Debe haber pasado por fases buenas y malas. Plazos, calidad, esfuerzo, cansancio.
¿Por qué Dios decidió manifestar a su hijo de esta forma?
La división que inventamos
Sin darnos cuenta, aprendimos a dividir la vida en dos territorios: lo sacro y lo profano.
La “iglesia” (que para muchos significa la construcción física y no las personas como en la Biblia), pero – como venía diciendo – la “iglesia” se volvió un lugar sagrado. Sería el lugar de contacto entre lo terrenal y lo divino. Un pedazo de terreno santo en el que se camina diferente, se habla diferente, se piensa diferente de lo que “en el mundo”. Y eso con mayor énfasis los domingos a la noche durante 90 minutos en un ritual que se repite hasta el cansancio.
Es verdad que en la vieja alianza (o en el viejo testamento si querés) había una separación rígida bien establecida. En lugar de las relaciones orgiásticas que los pueblos practicaban, la propuesta que Dios entregó al pueblo hebreo cuando lo eligió, incluía una separación de lo santo con lo sagrado que se ve claramente en la zarza ardiendo, en el velo de Moisés, en la institución del sacerdocio, en la tienda de la revelación durante el desierto, en el templo de Salomón con toda su gloria y en el segundo templo con todo aquel esplendor terrenal que Herodes el Grande le dio.
En el nuevo pacto. En la exacta consumación del sacrificio sacerdotal perfecto, el velo del templo se rasgó. Mateo 27:51ss lo describe de forma espléndida, con unos detalles difíciles de aceptar o creer pero completamente compatibles con lo que estaba sucediendo: un nuevo reino (ocupando exactamente el mismo tiempo y espacio del reino anterior – Romanos 5:21ss) acababa de ser inaugurado y – a diferencia del pensamiento popular – la redención de la creación completa había comenzado (no solo del alma de algunos seres humanos).
Entonces, como decía, este nuevo pacto, o alianza, o testamento, o era, es gradualmente percibido por los primeros discípulos y va tomando forma y extendiéndose. Esto lleva, obligatoriamente, a tener que leer e interpretar de nuevo un montón de cosas, pero lo que queda claro es que aquello planeado, prometido y esperado en el antiguo testamento se cristalizaba ahora en el nuevo. ¿Y qué vemos en las cartas de los apóstoles y del autor del libro a los hebreos y de los discípulos de los apóstoles? Todos ellos en sus cartas, tratan de la vida común porque es allí donde la fe se vuelve concreta.
El trabajo revela quién realmente somos
Tal vez Dios pase tantas horas con nosotros en el trabajo porque es allí donde las máscaras duran menos.
Por un momento imaginate en esos 90 minutos de culto comunitario localizado repetitivo. No hay sorpresas, por lo tanto, no hay renovación de pensamiento. Tampoco hay mucho lugar para la impaciencia, o la mentira, o el orgullo. Si te conozco solo del domingo a la noche, los dos vamos a llevar la impresión de que somos casi santos (no en el sentido de llamados escogidos, sino el de personas de conducta y pensamiento intachable).
Ahora, dejame acompañarte al trabajo algunos días. Sin que sepas que soy pastor evangélico o tu hermano de fe. Solo un colega nuevo de trabajo. O al revés, vos me acompañás a mi trabajo. Vos que entraste a trabajar en el mismo ambiente laboral que yo el lunes pasado.
Es allí donde vamos a conocer y dar a conocer la paciencia, el orgullo, la ambición, la mentira, la justicia, la generosidad, el perdón. La oficina, el taller, el aula o la fábrica funcionan como laboratorio de la verdadera santificación.
No hay más distinción entre un lugar sagrado y otro profano. Lo que hay es el Reino de Dios (o el Reino de los Cielos, depende de cuál evangelista te guste) avanzando y las puertas del hades siendo derribadas por el movimiento de los hijos de Dios.
El trabajo nunca fue una maldición
El Pecado hizo que el trabajo fuera pesado, no que el trabajo sea una invención del Pecado. (Aviso para los navegantes, la distinción de usus-loquendi entre “pecado” – con minúscula – y “Pecado” se debe a distinguir el primero como las decisiones personales contra la voluntad de Dios mientras que el segundo es el reino del pecado inaugurado con la caída del hombre – Rom.5:12..)
El trabajo nunca fue castigo; fue plan original. Desde el principio, Dios puso al hombre en el jardín para “cultivarlo y cuidarlo” (Gn 2:15) y le dio propósito para dominar y llenar la tierra (Gn 1:28). Los dos relatos de la creación contienen esta misma idea.
Lo que se convirtió en castigo fue la frustración y el dolor que entraron con la caída: “con sufrimiento sacarás… tu pan… con el sudor de tu rostro” (Gn.3:17-19), y hasta los dolores de parto apuntan a esta realidad de la tribulación (Gn. 3:16). Por eso la creación gime “con dolores de parto” (Rm 8:19-22) mientras el propio Dios no desiste de ella: su restauración continúa hasta la consumación de la “nueva tierra”, cuando todo es hecho nuevo (Ap. 21:1-5). Así, el reino aquí y ahora, es continuación del plan original, y también en la manifestación final habrá servicio en el mundo renovado – no castigo (Ap 21:3-4; 22:3-5).
Antes de la caída, entonces, ya existían cultivo, cuidado, creatividad, organización, responsabilidad. El mandato cultural viene antes del pecado. El cansancio es consecuencia de la caída; el trabajo no.
Y simplificando el último párrafo grande (pero sin el cual estaría dejando en oscuro sobre la visión bíblica): Trabajar forma parte de la imagen de Dios. Creamos porque fuimos creados por un Creador.
Dios sigue trabajando
Jesús dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Jn 5:17). Esa frase no es una broma.
Entendemos que la Biblia es la única regla de fe y práctica. Y también entendemos que es una auto-revelación progresiva de Dios en las vestiduras de experiencia humana. Por lo tanto, si Jesús (manifestación máxima de la palabra de Dios) está diciendo que las cosas son de una manera, podemos descansar que es exactamente de esa manera y de ninguna otra por más parecida que sea.
Dios no descansó de la creación porque perdió el interés en ella. Él sigue sosteniendo, gobernando, reconciliando y conduciendo la historia. El trabajo digno es el reflejo de ese Dios que permanece activo.
Una última mirada sobre la eternidad
En párrafos anteriores te pinché un poco con la idea de que la eternidad es un tiempo/espacio de servicio. Lo dejé en remojo porque tal vez ya era mucho con aquello de que el trabajo no es un castigo divino. Vení conmigo ahora a echar un vistazo por el otro extremo de la historia.
Tal vez nuestra imaginación sobre el cielo (como morada de Dios y de donde desciende la Jerusalén celestial) sea demasiado pequeña.
No es difícil encontrar las caricaturas limitantes de nubes, angelitos con alas, arpas, sonrisas tipo propaganda de gelatina o margarina… en fin.
La Biblia cierra su relato con una ciudad, no con un jardín vacío. Hay cultura, reyes trayendo su gloria, servicio, creatividad, gobierno y plenitud. No trabajaremos para sobrevivir, sino porque la creación finalmente será lo que siempre debió haber sido. El trabajo deja de ser supervivencia para volver a ser alegría.
Finalmente
Tal vez la pregunta nunca haya sido cómo servir a Dios en el trabajo.
Muchas veces se escuchan historias pseudo-gloriosas de personas que roban a sus patrones usando las horas de trabajo para una acción evangelista proselitista.
Otros han entendido que “Llevar a Cristo a la oficina” es cargar un crucifijo o leer la Biblia en público. Y otras cosas similares a estas.
Es muy probable que no se trate de cómo Servir a Dios en el trabajo, sino de descubrir que Él ya está trabajando allí mucho antes de que lleguemos y es muy probable que la única Biblia que las personas lean alguna vez en la vida, sea solo esas ocho horas que pasan junto con nosotros en el trabajo.
¿Cómo sería una empresa donde Jesús trabajara ocho horas por día?
Y, siendo aún más incómodo: ¿Será que ya trabaja en la tuya?
Es común en nuestra cultura que, con la proximidad de las fiestas navideñas, nuestras mentes individuales se centren en pensar en reuniones familiares, regalos, reuniones, comidas …
Recuerdo cuando era pequeño la agradable sensación de leve ansiedad que me producían los días previos a la celebración navideña. Ver los regalos que nuestros padres compraron y colocaron al pie del árbol que habíamos cortado de un pinar no muy lejos con mi papá. Salíamos en algún vehículo que pudiera conseguir, íbamos a algún lugar donde había muchos pinos, elegíamos un gajo grande bonito y la cortábamos. Luego lo llevamos a casa y lo metimos en la casa para luego ponerle los adornos. El olor a pino impregnaba toda la casa.
Este rito (que se repitió durante unos años cuando era pequeño) marcaba la llegada de un momento muy especial. Era obvio que sabíamos de memoria el significado de la Navidad. Estábamos claramente conscientes de que estábamos celebrando la encarnación del Dios de la eternidad en un ser humano limitado, pero los recuerdos no son teológicos sino emocionales. Nada, en todo el año, podía competir con la Navidad. Ni siquiera el Día de los Reyes (celebrado en Uruguay – formado sobre los pilares de educación y gobierno laicos y liberales – el 6 de enero) donde también se recibían regalos; ni el cambio de año; ni el cumpleaños en sí. Nada, era tan deseado como la Navidad. Incluso con la llegada de la comercialización y la mercantilización de las fiestas navideñas, nada compitió con ese sentimiento de calidez, esperanza, seguridad, conexión, intimidad, libertad, estabilidad y tantas otras cosas que nos trajo la celebración navideña.
La cena de Navidad en sí (que fue, después de todo, la culminación de todos estos días de espera) fue una fiesta en sí misma. Recuerdo que mi madre se ocupaba de comprar algunas cosas especiales meses antes. Quienes viven en lugares donde las estaciones están bien definidas saben que hay algunas cosas que cambian radicalmente de precio y disponibilidad a lo largo de los meses o, en el caso de primavera a verano, en unas pocas semanas. Aquellas cosas que serían parte de la cena, eran guardadas y reservadas para esa única cena. No siempre fue una gran cena, ya que los años 70 y 80 no fueron particularmente adinerados, pero sabíamos que podíamos esperar algo diferente.
Pasaron los años y si alguien me pregunta hoy por alguna comida o algún adorno específico colocado en el árbol, o si recuerdo un regalo de una manera específica, lamentablemente no lo recuerdo. Hice el ejercicio de tratar de recordar algunos de estos detalles mientras escribía este texto, pero no puedo recordar ninguno de ellos.
Pero recuerdo la felicidad. Recuerdo las caras iluminadas. Recuerdo la alegría de mis hermanas, las sonrisas de mis padres. Recuerdo … todo lo bueno.
Lenta y sigilosamente, la amargura de la vida, las rabias, las rabias, los odios se fueron acumulando. En algún momento, el propio Rey fue olvidado y abandonado por completo y la fiesta nunca volvió a ser la misma.
Mi deseo, desde el fondo de mi corazón, es que esta Navidad, mi querido lector, se tome un momento para ver qué está en su poder para evitar que el Rey de la fiesta sea olvidado. De lo contrario, incluso con el nombre de «navidad», solo estaremos celebrando su exilio del lugar del que nunca podría haber sido exiliado: nuestra propia existencia.
Aviso para los navegantes: este es un trabajo ficticio escrito durante la pandemia de COVID19. Todavía estamos en aislamiento social y, quizás, vamos para un lockdown.
Esteban d. dortta – Maio 15 2020
¡Finalmente vencimos!
Después de meses de lucha, confinamiento y al costo de varias vidas, logramos superar el virus que afectó terriblemente a la humanidad durante más de un año. Parece mentira que podamos caminar libremente de nuevo por las calles, respirar aire fresco, tomar un café en la panadería, reunirnos con amigos nuevamente.
Gradualmente, la sociedad se está recuperando de su letargo forzado que se le impuso para sobrevivir. Es cierto que se han perdido muchos trabajos y muchos de ellos para siempre. Pero también es cierto que algunas cosas que solíamos hacer de una manera comenzamos a hacerlo de otra.
Lejos está el tiempo de miedo y temor que este virus nos ha causado. Junto con el miedo, la ansiedad, la incertidumbre, la inquietud de no saber cuál de los nuestros en qué rincón del mundo iba a contraer el virus han pasado.
El falso sentimiento de seguridad que brinda la rutina, plácidamente comenzó a apoderarse de nuestros corazones. Así como el cálido sol de una mañana de otoño calienta nuestras espaldas, poco a poco nos estamos calentando y olvidando el terror del aislamiento. Detrás está la calamitosa dependencia de verdaderos amigos, familiares, Dios. Al final, ¿quién, realmente, necesita alguno de ellos ahora que estamos bien?
No más frases de aliento o calidez, no más consejos sobre cómo amar a tu prójimo en una situación de coexistencia forzada, no más oraciones en la comunidad o expresiones de anhelo. Quien necesita mi esfuerzo y dedicación, quien realmente merece toda mi atención es la profesión, el trabajo, … el dinero. Después de todo, ¿quién vive sin él?
De a poco vamos mintiendo y engañando unos a otros diciendo que aprendimos muchas cosas durante la pandemia. Pero, ¿qué aprendemos realmente si, tan pronto como podemos, hacemos las mismas cosas que antes?
¿En qué hoy, a mediados de 2021, somos mejores de lo que éramos a fines de 2019? ¿Nos hemos vuelto más honestos en nuestro negocio? ¿Tenemos más piedad para los demás? ¿Somos más amorosos con nuestros hijos? ¿Le damos a nuestro cónyuge más tiempo? ¿Dejamos tiempo libre solo para estar solos y pensar?
¡No, obviamente no! ¡Esto es para los débiles! Para los tontos que no entienden que lo que realmente importa es correr día tras día. Esto es solo para aquellos que están interesados en cosas que parecían ser importantes por un tiempo, pero lo que realmente importa es estar fuera de mí: las cosas que no tengo, los amores que no tuve, los viajes que no hice otras cosas similares a estas
Pero no puedo decir eso, «es mal vistol». Por eso mentimos y decimos que hemos aprendido, que somos diferentes, que la sociedad es mejor. Y es por esta misma razón que miento que estoy mintiendo y hablo conmigo mismo y repito hasta que el convencimiento de que «salimos mejor de lo que entramos, ¡Ganamos!
El 19 / junio de 2019 escribí el poema que coloqué en la foto arriba para la próxima reunión que tendríamos del grupo «Iglesia: Comunidad terapéutica».
¿Por qué miras con desprecio las heridas de mi corazón?
¿No sabes, por casualidad, que son el resultado de mi decisión?
Con tus palabras dices que me amas y con tu mirada que me odias.
Oh, deshonra esta súplica que necesitando yo tus palabras me obliga a aceptar sin cualquier filtro esta tu fria y cruel visión.
Arrogante, impasible, orgulloso y acusador con una voz suave y elegante, me dices que soy pecador.
Enumeras mis pecados como si fueras un esquilador. ¿No te advirtieron que se trata de amor?
Corro, me canso, me omito, me limito, me callo, me revuelvo buscando su aceptación
Cosa de locos esta vida, ¿no se trata más del amor?
Por supuesto, no soy poeta. Un estudiante de segundo año en la escuela primaria puede ver esto en las pocas líneas generales, pero fue una forma que descubrí podia dejar ir algunos sentimientos que se acumularon en mi corazón a lo largo de los años. Si estas líneas te hacen sentir cierta angustia, ya han cumplido su propósito.
Antes de eso, el 23 de diciembre de 2018 a las 6:30 p.m. sufrí un aneurisma aórtico de disección. Completamente asintomático, simplemente se manifestó de la noche a la mañana. El día siguiente a las 9:30 am estaba ingresando a la sala de operaciones del Hospital Regional para una intervención de emergencia. Solo pude pararme y con cierta dificultad y ayuda después del 26 de diciembre. Pasaron tres largos meses fuera del trabajo por completo y tres más con licencia parcial. Fue solo en octubre que me dieron de alta del cirujano de forma ambulatorial y todavía estoy en tratamiento con el cardiólogo, el nefrólogo y el neuro.
El día del alta hospitalaria en enero de 2019, el médico que me dio de alta nos dijo a mi hija y a mí que la rápida recuperación se debió en gran parte a la excelente condición física. Nos reímos a carcajadas con Rebeca ya que, aparte de caminatas regulares, ciclismo los fines de semana y piscinas esporádicas, me consideraba un sedentario empedernido.
Además, como alrededor de los 30 tuvieron que extraer mi apéndice , reforcé con mi primera esposa el hábito de evitar la sal, las grasas, etc. Después de los 40, ya en el segundo casamiento, también habíamos eliminado el azúcar y luego la harina casi por completo.
Después de pasar los últimos veinte años de mi vida desarrollando software para el cuidado de la salud, sabía que podía ayudar con algo de información. Incluso porque me interesaba descubrir la causa. Al final, si había algún problema hereditario (mi abuela materna murió repentinamente y siempre se decía que era un paro cardíaco, por ejemplo), era mi responsabilidad plantear esto y transmitir a las siguientes generaciones cómo tratarlo.
Entonces, con la información que pude recopilar, hice un genograma orientado a la salud y lo llevé a los médicos en cada visita. No soy profesional, pero las causas de un aneurisma pueden reducirse a tres: hipertensión arterial, trastornos hereditarios y defectos cardiovasculares congénitos (las lesiones causadas por traumatismos no se aplican porque nunca me había sometido a un procedimiento quirúrgico cardíaco).
Hablando con el cirujano, me indicó que el gran villano de nuestro tiempo es el estrés. En otras palabras, es el estrés el que termina potenciando uno o dos de estos factores y literalmente rompiendo todo.
Hasta hoy (principios de 2020) no hemos podido atribuir la razón de mi disección del aneurisma aórtico a una sola causa, pero es obvio que la carga emocional de la autocrítica ha contado. El estrés acumulado de años esperando la aprobación de algunos seres humanos específicos de gran relevancia personal resultó ser simplemente demasiado para mi cuerpo.
Algunas líneas del poema las revisaria. Especialmente la que dice «Son el resultado de mi decisión» desde que supe en el último mes que me era imposible decidir de otra manera.
Cómo morir por nada
No te aceptes a ti mismo como un ser humano ordinario. Exige perfección de ti.
No elijas a tus amigos. Sé mejor que Jesús que eligió a sus discípulos.
Deja que las autoridades terrenales (colocadas por Dios) tomen el lugar de Dios
Preocúpate por la opinión de los demás.
Compórtate como si no estuvieras envejeciendo.
Lucas 14:26
Si alguien quiere seguirme y ama a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso a su propia vida más que a mí, no puede ser mi discípulo.
Mateo 10:37
Quien ama a su padre o madre más que a mí no es digno de mí; y quien ama a un hijo o hija más que a mí no es digno de mí.
Marco es un buen amigo y hermano de una iglesia local que solemos frecuentar.
Él también pasó por una operación de pecho abierto y una mañana cualquiera me dijo: «Sé dónde están mis alambrecitos». Listo: me quedé fijado con aquello. No quería saber dónde estaban mis alambrecitos. Déjalos quietos dentro. Ni me recuerdes de ellos.
Para quien no sabe, cuando su pecho es abierto él necesita ser sujeto con alambres. Su responsabilidad es quedarse de reposo absoluto hasta que los alambrecitos hagan el servicio de ellos que es sólo mantener el hueso en el lugar hasta que él se suelde correcta y completamente. Pienso – en mi desconocimiento – que después de eso podrían ser retirados por no ser más necesarios ya que cumplieron su misión …. pero eso no me parece que sería una opción viable.
Hay dias que te despiertas y no hay sensación de que haya ocurrido un cambio tan grande en tu pecho. Ahi te quedas quieto, como que queriendo recordar cómo era la vida antes de la intervención. En algún momento te tienes que mover porque al final de cuentas tiene que salir de la cama, y ahí te acuerdas que tu pecho está allí en el lugar por los alambrecitos.
Hace algunos años-en 2001 más precisamente-cuando tuve que predicar por primera vez después de mi ex y yo habíamos perdido a Natán en los días de su nacimiento, recuerdo que me centré en la muerte de Jesús en la cruz y divagué por la idea de cómo Dios padre debe haberse sentido cuando ocurrió la muerte de su Hijo unigénito. Si no hubiera muerte de un justo, no habría posibilidad de retirar del diablo el poder sobre la muerte ya que ella es el pago justo por el pecado. Si la muerte fuera sólo una simulación, no habría posibilidad de romper ese lazo pues sería una mentira – que es un pecado – haciendo de todo el rescate una gran payasada. La muerte de Jesús, el Cristo, debía ser completamente real. Así, el sufrimiento del Padre debe haber sido también terrible al final de cuentas, omnipresente de la manera que es, no podría esconderse muy lejos del hijo mientras decía «por qué me abandoneste?»
Años se pasaron y mis alambrecitos me hacen reflexionar en los clavos que fijaron a Jesús en la cruz. Más que los clavos, lo que fijó a Cristo allí fue la propia decisión de sufrir en nuestro lugar. Entonces más que en los clavos pienso en la mutación del perfecto divino para el completo humano y cómo eso cambió no sólo nuestra historia, sino también la historia de lo divino.
Me parece que poco paramos para pensar que la mutación sufrida por Cristo ocurre en tiempo específico (Ef.1: 10 y Gá.4: 4) y las consecuencias de ello son por la eternidad. Es decir, Jesús después de la glorificación no vuelve a su estado inicial, sino que sigue siendo el hombre perfecto. Por eso es el primogénito de la resurrección. Como él es, nosotros seremos (1Jo.3: 2, Fil.3: 21). Él vino a nosotros, pero vamos a él y gracias a él. Cuando vuelva, será perfectamente reconocible (Lc.21: 27, Ap. 1: 7)
Entonces no se trata más que de decir que Jesús es Dios encarnado pero también de fijar que las consecuencias de ello se extienden por la semi-eternidad que comenzó en el acto de la encarnación. Y con encarnación no me refiero al nacimiento, sino a la misma fecundación.
Mis alambrecitos me acompañarán a la tumba. En caso de ser cremado, ellos se derretiran y fundiran con el material orgánico y otra parte se volverá volátil. Pero si es enterrado, cuando me pongan en la urna, allí estarán mis alambrecitos como un recordatorio constante de haber pasado por el fondo del ojo de la aguja.
¿Cómo será con Jesús? ¿Recuerda cómo era antes de los clavos? Y si recuerda, cómo lo hace? Siendo que es victorioso, ¿hay posibilidad de que sienta nostalgia sobre el estado anterior? Sé que voy lejos con estas preguntas pero creo que son válidas para tal vez de alguna manera hacerle entender -querido lector- que el sacrificio completo fue realizado por Cristo y no sirve de nada intentar conquistar cualquier cosa eterna por las obras. También no es posible torcer el brazo del creador como si de una pulseada se tratase, ya que lo hizo todo y de forma completa. Si no fuera una obra completa, ¿para qué hacerla?
Bueno, sea como sea, mis alambrecitos me recuerdan los clavos de Él.
¿Alguna vez has visto una de esas películas donde se encuentran amigos de liceo o la universidad? Por lo general, da lugar a una comedia, por supuesto. Casi nadie trae otra cosa a no ser risas sobre sí mismo.
En situaciones ideales, se espera que la persona sea o esté mejor ahora que hace 20 años y, por supuesto, hay cosas que están fuera del control de la persona (una enfermedad, un accidente, un proyecto que no funcionó debido a condiciones externas) y otras que solo dependían de ser descubiertas nuevamente.
Tómate tus cinco minutos y retrocede en el tiempo. Relájate y recuerda cómo eras hace cinco, diez, quince, veinte años. ¿Que ha cambiado? ¿Qué ha cambiado (para bien o para mal) el resultado de tus esfuerzos? ¿Puedes reclamar ser el responsable por las cosas que han cambiado en ti? ¿Fuiste un sujeto pasivo o activo en movimiento o permanencia?
Imagínate en otra situación. Imagina contarle a alguien sobre tu trayectoria hasta ayer. ¿Como sería? «¿Esto y aquello es mejor por esta y aquella razón»? ¿»Fulano(a) me ayudó mucho en este sentido»? ¿O está más lleno de líneas como «No podría hacer esto o aquello porque un hombre me detuvo»? o quizás «¿El sistema (mundo, demonio, iglesia, sociedad, club) me impidió hacer esto y aquello que era mi sueño»?
Gálatas y 2 Pedro
Hay dos pasajes que me gustan mucho: Gal.5: 22-26 y 2 Pedro 1: 1-9
En el primero, Pablo dice que el fruto del Espíritu es «amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio». Este texto es maravilloso porque estas cosas ponen de manifiesto la vida del Espíritu en nosotros. Obviamente, sé que los legalistas de turno generalmente leen y dicen «debemos tener amor, debemos tener gozo, debemos …» y no pueden ver que es un fruto (uno) del Espíritu en la vida del creyente. Si dejamos a un perro bien alimentado y libre a nuestro lado, es feliz. No hay razón para ser infeliz si tiene las tres cosas que más le gustan: comida, calor y su tutor. Él manifestará su alegría espontáneamente y nos hará saber sin lugar a dudas que es feliz. Así también, si el Espíritu del Señor se deja libre en nosotros, naturalmente produce «amor, alegría … autocontrol». No hay forma de que el Espíritu Santo produzca otra cosa. Sin embargo, el legalista, porque no sabe nada sobre la libertad, traducirá «debemos» en lugar de «el fruto es …»
Pero tenemos 2 Pedro 1: 5. Aquí Pedro comienza con un verbo que causa repulsión en ciertos cristianos: «Poniendo toda diligencia … añadid«. Causa asco porque, en su opinión, todo sucede solo por la obra de Dios y nada de lo que se hace dentro de la vida del cristiano puede, de ninguna manera, depender del mismo cristiano. Entonces, así como el legalista lee mal a Gálatas, el libre lee mal 1 Pedro.
Para el apóstol Pedro (aquel de la declaración de fe, del Monte de la Transfiguración, del Pan y el Pescado, de Getsemaní, de la Negación, de la Cruz, de la Resurrección) hay un lugar enorme para el compromiso de ser cristiano. Sí, el ser cristiano, porque el texto lo ve como una consecuencia de lo que el creador ya ha hecho: «Por esta misma razón»
Para Pedro, la vida de ser cristiano es una sucesión de pequeños destinos similares a la ruta de un autobús circular. Como si fueran capas, comienza diciendo que agreguemos virtud a la fe. Obviamente, esta fe no es el resultado del esfuerzo personal. En esto está de acuerdo con Pablo (Efesios 2: 8,9) y con Jesús mismo, el Cristo (Juan 6: 28-29) en que la fe es el fruto de la intervención de Dios en la vida del hombre. Sin el Cristo resucitado en la cruz, no habría posibilidad de esta fe (Juan 12:32; 44-46; 6:44). Sin fe, nada en la vida cristiana es posible. Sin fe, las personas pueden emular atributos cristianos, pero eso es todo. A la persona le puede gustar algún credo cristiano, la Biblia, las alabanzas, la predicación, la iglesia local, las acciones que promueve, pero no puede haber vida sin esta fe. Sin entrar en este asunto, pero solo para proporcionar más combustible, la fe no es la ausencia de dudas, sino la plena certeza de que Dios no es Dios por hacer o probar algo para demostrar su existencia.
Un poco de análisis y una tarea
Bueno, sigamos adelante. «Esfuérzate por agregar virtud a tu fe». Un sinónimo muy agradable y simple de virtud es dignidad.
Luego viene la prueba de cómo va tu vida: ¿es ella digna? ¿Es digna del llamado cristiano? ¿Es digna en la privacidad? ¿Es digna con los demás? ¿Es digna para ti, en tu intimidad? ¿Es digna para aquellos que no creen?
Pero justo ahí también está la cuestión del tiempo. A diferencia de la fe que puede (casi siempre tiene, por cierto) un momento preciso en el tiempo en que surge, la virtud (o dignidad) no tiene una fecha precisa en el momento en que surge y usted dice «fue el 29 de febrero de 1900 y alguna cosa que me hice una persona digna ”. Obviamente, puede haber fechas como esta, cuando tienes una epifanía y descubres que había algo en tu vida que no valía la pena o que no era muy virtuoso, y desde entonces comenzaste a construir. Pero quiero decir que la virtud se construye poco a poco. Es uno de esos atributos que se ve no de inmediato, sino a lo largo de los años y, según Pedro, requiere compromiso. No ocurre automáticamente (aunque es natural al ser cristiano) pero requiere dedicación, celo, deseo, cuidado, oído atento, paciencia, entrega.
Lo mismo puede decirse del resto. Y esa es tu tarea.
Por lo tanto, lo que aparece a continuación es un análisis de la secuencia y de los sinónimos falsos.
Hay una secuencia Pedro pone la lista en un cierto orden. Ten en cuenta que este orden es diferente de lo que haríamos. Por ejemplo, ¿no enumerarías el amor antes de la hermandad (amor fraternal)? ¿O el conocimiento antes que la virtud? ¿O piedad antes de la perseverancia?
Por supuesto, si has sido adoctrinado en la vida cristiana, puede ser que tu espíritu crítico haya sido cercenado. Pero si fuiste discipulado, se te enseñó a hacer preguntas, a ser un interrogador, un investigador, un navegante de las profundidades del texto bíblico y un apreciador de la superficie y la simplicidad de algunas joyas bíblicas.
De todos modos, los invito a pasar tiempo pensando en el orden de esta lista. Se honesto, ¿harías esta lista en ese orden? Por qué No voy a dar más detalles sobre esto, ya que el camino ya se ha indicado y quiero llegar a la vida abandonada de inmediato.
Quizás el mismo texto pueda ayudarte en otra versión que no sea común para ti. Por ejemplo, «Nueva Traducción Viviente»:
5 En vista de todo esto, esfuércense al máximo por responder a las promesas de Dios complementando su fe con una abundante provisión de excelencia moral; la excelencia moral, con conocimiento; 6 el conocimiento, con control propio; el control propio, con perseverancia; la perseverancia, con sumisión a Dios; 7 la sumisión a Dios, con afecto fraternal, y el afecto fraternal, con amor por todos.
2 Pedro 1:5-7
El abandono de la propia casa
Ya sea porque la persona es legalista o porque es libre, corre el peligro de abandonarse a sí mismo. Quizás él mismo no se da cuenta de esto. Día tras día y poco a poco, sin darse cuenta, abandona el puesto.
Para que una casa bien construida se derrumbe, solo se necesitan dos cosas: descuido y tiempo. Una simple gotera en el techo termina la carpintería, pero antes de que nos demos cuenta, el agua ya se ha infiltrado y terminó con un muro. Podemos decir lo mismo sobre las hormigas, la falta de limpieza, etc.
Pedro dice que «si estas cualidades existen y están creciendo en tu vida, te impedirán, en el pleno conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, ser inoperante e improductivo» (1 Pedro 1: 8)
En el mundo evangélico, ser inoperante significa dejar ir a la congregación y ser improductivo y no evangelizar. Pero eso no le hace mucha justicia al texto. Pedro ni siquiera menciona estas cosas. Pedro no lo lleva al nivel institucional, sino al personal cuando dice esto en el siguiente versículo: «Sin embargo, si alguien no los tiene, son ciegos, solo ven lo que está cerca, olvidando la limpieza de sus viejos pecados» (1Pedro 1: 9)
Volviendo al ejercicio al principio, comparas tu vida con la tuya hace cinco, diez, veinte años y dices: «Uau, ese tipo no creció» o también «¡Epa!, se dejó; se abandonó a sí mismo». ¿Dónde está su crecimiento? «Y» Uau, qué triste, sigo siendo el mismo tonto que hace dos décadas «
Lejos de fortalecer los sentimientos de culpa (la culpa y la ira son consejeros terribles) lo que estoy buscando aquí es el autoanálisis. Estar en las filas cristianas no es como subir a un carro de montaña rusa y ser llevado aquí y allá de una manera puramente pasiva. Tampoco es formar parte de ninguna institución cristiana, aunque la ejecución de lo que está en tu corazón puede llevarte a pertenecer a una institución para hacer posible Su sueño. Mucho menos es tener todos los problemas resueltos y vivir en plena paz y armonía con todos.
Estar en las filas cristianas es un llamado constante al servicio y la muerte personal. Dos cosas que el ser humano natural detesta fervientemente. No es una guerra contra el pecado que está en el otro (aunque el pecado como sistema necesita ser denunciado), sino contra lo que en mí no es como Cristo. Es una lucha no contra la injusticia social (aunque un corazón cristiano debe sangrar y protestar activamente contra ella), sino contra la injusticia que yo mismo provoco en el ámbito personal, familiar, social y corporativo. No es una lucha contra la pandilla de políticos que erode las finanzas de la gente común (aunque debemos utilizar todos los medios a nuestro alcance para exigir más transparencia y alternancia política en el poder), sino contra lo que en mí no respeta las cosas de los demás y solo busca ganancia propia
Pedro dice que quien no tiene estas cosas es ciego. No del todo, pero una persona con visión corta. No solo deja de ver el cumplimiento del llamado que ha recibido, sino que tampoco puede ver (recordar) la limpieza de sus pecados anteriores. En la línea de tiempo, él está en un valle. No hay memoria ni esperanza. Todo es picos muy altos e inalcanzables. Sombras Frío Desorientación En tal condición, lo más seguro para el peregrino parece ser quedar callado, arrinconado, cada vez más encogido en un último acto de preservación.
Pedro enseña que la forma de madurar en la vida cristiana es a través del cultivo sistemático de la virtud, el conocimiento, el autocontrol, la perseverancia, la piedad, la fraternidad y el amor. Solo si estas cualidades están presentes (y no como algo estático sino dinámico: «están creciendo en su vida») se les impedirá ser inoperantes e improductivos.
Última perla
Finalmente, hay una pequeña gema en el versículo 11: «para que se te proporcione una riqueza cuando entres en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» Obviamente, en opinión de Pedro, el Reino es escatológico; es decir, se cumple y se manifiesta solo al final de la historia (personal o global) y esto no contradice el hecho de que el Reino se está construyendo aquí y ahora con cristianos responsables.
Para Pedro, la vida cristiana recoge en el Reino eterno lo que sembró aquí en esta vida. A diferencia de la visión profana de la Edad Media en la que los pobres se consolaron superficialmente con la idea de que ser pobre era bueno porque iba a ser recompensado en el futuro postmortem mientras no explicaba cómo podría existir una iglesia institucionalizada extremadamente rica, el enfoque aquí es desarrollo personal y sus eternos desarrollos.
Ser pobre no es ser humilde o una garantía de ser una mejor persona que una persona acomodada. Ser rico no es sinónimo de orgullo o fatalidad. Si paras para analizar, veras que estás de acuerdo conmigo en que estas cosas son externas.
La lista de cosas que Pedro menciona es de naturaleza íntima. Tiene que ver con cómo el ejército obtiene sus suministros en el camino antes de llegar a su lugar de descanso final. Tiene que ver con obtener más y más recursos espirituales cada día para la época que vendrá.
Realmente no nos gusta hablar de eso. En general, nos gusta pensar que la vida eterna comienza solo después de la muerte y que nada de lo que hacemos aquí afecta la vida allí. Pero la Biblia enseña algo más. Y lo hace en repetidas ocasiones. Como ejemplo, recuerde 1.Cor.3: 1-15, Santiago 2: 18-22, Heb. 6 6
Si quieres entrar en el Reino eterno ricamente, entonces continúa agregando a tu fe virtud, a la virtud conocimiento, al conocimiento autocontrol, al autocontrol perseverancia, a la perseverancia piedad, a la piedad fraternidad y a la fraternidad amor.
La salvación no es por obras y está garantizada. Note que Pedro en ninguna parte dice algo como «Si no hacen esto, arderán en el fuego eterno». No. Él dice: «cuando entras en el Reino». La entrada al reino depende de la fe recibida que apunta a la muerte de Cristo en la cruz. Una cosa ganada por gracia no puede ser anulada por las obras y si lo fuera, no podría ser restaurada ya que sería una ofensa no solo para Cristo, sino para todo lo que representa su muerte en la cruz. (Hebreos 6: 4-6)
Construye tu casa de nuevo. Tómate el tiempo para tu vida personal. No te abandones a ti mismo. Se pagó un alto precio por ello.